FIRMAS

Bruno y Amelia. Por Irma Cervino

Pensé que algo había ocurrido cuando vi a Bruno paseando a su perro. En diez años, que eran los que tenía el diminuto animal (me refiero al can), aquella era la primera vez que lo sacaba a la calle. Siempre lo hacía Amelia su mujer. Él se negó a hacerlo desde el mismo día que ella llegó con el cachorrito entre sus brazos y la nombró “paseadora oficial” de Groucho.

 – Vaya, Bruno ¿usted paseando al perro? ¿Le ha pasado algo a Amelia? -le pregunté preocupada porque tal vez la mujer pudiera haber enfermado.

 – No, afortunadamente Amelia está bien. No sé qué me ha pasado. Ha sido un impulso. Estaba sentado viendo la tele y, cuando me levanté a beber agua, sin saber cómo, cogí la correa, se la puse y aquí estoy -me dijo con la cara que ponen los niños cuando les pides que recojan el cuarto.

– Vamos hombre, seguro que le ha querido dar un descanso a su mujer que se lo merece. ¿Sabe qué? Me parece muy bien; ya era hora de que, al menos una tarde, ella descanse -me miró serio y aproveché para agacharme a juguetear con el viejo Groucho que empezó a batir el rabo.

Al levantarme, vi que Bruno se había quedado absorto mirando el camión de la basura que empezaba a tragar, uno a uno, como si fueran chupitos, los cubos grises. De repente, estiró su brazo izquierdo y comenzó a cogerme el pelo, agarrando un pequeño mechón entre sus dedos. ¿Pero, qué hace?”, le pregunté un poco avergonzada por el gesto nada habitual en aquel hombre tan serio. Bruno giró la cabeza y, al darse cuenta de lo que estaba haciendo, le subieron los colores pero continuó acariciándome hasta que se dio un golpe con el otro brazo y lo apartó de mi cabeza.

– Lo siento…yo …no yo … no sé lo que me está pasando. Ayer empecé a notar que no tengo ningún dominio sobre este brazo. Es como si se hubiera vuelto independiente -y lo agarró con fuerza enseñándome la mano- ¿Ves? Mira los dedos.

¡Dios mío!”, exclamé dentro de mi para no asustar al pobre hombre. ¡Llevaba las uñas pintadas! Pero no pude evitar poner cara de asombro y, entonces, Bruno apartó la mirada y reconoció que él también estaba sorprendido. Me confesó que había sido la noche anterior cuando empezó a percatarse de que algo iba mal. Era como si, de repente, el brazo izquierdo ya no fuera el suyo.

Bruno tiró de Groucho, se despidió de mí y se marchó.

   

Groucho era consciente de que algo raro estaba pasando con sus dueños. Llevaba días observando movimientos nada habituales en Bruno pero también en Amelia. Al principio pensó que podría deberse a la edad del matrimonio, ya eran mayores y se les notaba achacosos, pero no era eso lo que le realmente más le preocupaba.

Era normal que a Bruno se le olvidaran las gafas en el baño y se pasara todo un día tratando de recordar dónde las había dejado. También era normal que Amelia no recordará a qué había bajado a la venta de Tina y tuviera que subir de nuevo a casa, abrir la nevera y comprobar que no tenía ni leche ni jamón cocido.

Pero no. No era solo eso.

La noche anterior, cuando Amelia se fue a poner el pijama para irse a dormir, Groucho, que siempre la esperaba a los pies de la cama, pudo ver cómo entre sus dos pechos había empezado a crecer pelo. Cuando ella apartó la sábana para acostarse, pudo comprobar que su olor tampoco era el de siempre. El perro escondió la cabeza entre las patas hasta el día siguiente.

 Al llegar a casa la tarde que Bruno sacó a pasear a Groucho, Amelia fue a recibirles.

 ¿Pero dónde estaban? ¿Has sacado tú al perro? -le preguntó a su marido pero éste no le hizo ningún caso; entró en casa y se fue directamente a la cocina a tomarse una aspirina. Tenía un dolor de cabeza insoportable, como los que se le ponían a Amelia una vez cada semana.

Esa noche, y ya más calmado, Bruno se sentó a leer un libro en su sillón verde. Groucho se recostó a su lado en el suelo. Le gustaban esos ratos de descanso. Podía pasar horas y horas así, escuchando la respiración agitada del anciano y el golpe de las páginas al caer de un lado a otro del libro. Una de las veces que levantó la cabeza para estirar el cuello se llevó una impresión que le dejó sin aliento. A pesar de que Bruno era quien estaba sentado leyendo, el rostro de aquel hombre era el de Amelia. Groucho se levantó de un respingo, miró de arriba a abajo aquel cuerpo que sostenía un libro de poemas de W.B. Yeats y confirmó que era Amelia o un trozo de ella.

En ese momento, una voz que llegaba de la cocina, gritó: ¡a cenar! “Debe ser Amelia”, pensó el perro “o al menos la otra parte de ella”. Las piernas y el cuerpo de Bruno cerraron el libro y se dirigieron hacia la llamada. Tenía hambre. Groucho le siguió detrás con el rabo paralizado. No entendía nada. Al llegar a la cocina Amelia atendía un caldero que estaba al fuego. Revolvió su contenido y se giró para servir la mesa. En ese momento, el minúsculo corazón del diminuto perro empezó a bombear tan alto que anuló el sonido del tic tac del reloj de cocina. El cuerpo de Amelia llevaba la cabeza de Bruno. Groucho miró a uno y a otro pero ninguno daba muestras de estar extañado al mirarse y comprobar que no eran quienes creían que eran. Él tenía su cuerpo, pero un brazo y la cara de Amelia y ella, el pelo en el pecho y la cabeza de su marido.

 Cuando el ritmo cardiaco de su corazón disminuyó, caminó hacia la puerta con las patas temblorosas y regresó a su cojín en una esquina.

Allí permaneció hasta que el matrimonio terminó de cenar. Los pasos de Bruno le avisaron que volvía al salón. Groucho no levantó la cabeza pero pudo ver las zapatillas a cuadros que se acercaban a él y que sostenían un cuerpo que se agachaba para tocarle cariñosamente la cabeza. Pensó que sería Bruno pero no. Era Amelia. Aunque, en realidad, ya no tenía claro quién era quién. Se habían enredado de tal forma que, ahora, las piernas de Amelia también las tenía Bruno.

 

 

Una semana después volví a encontrarme con Groucho. Esta vez iba con Amelia, como era lo habitual. Me acerqué a ella, le saludé y le pregunté por sus clases de cocina que tanto le gustan. Me hizo un gesto con la cabeza y no me dio conversación. Qué extraño, con lo que le encanta hablar a esta mujer, pensé. En fin, cuánto se parece a su marido, mascullé para mi misma. Me despedí de ella, le hice un cariñito al perro y me fui.

Groucho agradeció mis caricias en su cabecita y miró cómo me marchaba. Tenía ganas de decirme que aquella mujer no era Amelia sino Bruno. Y que el señor que se había quedado en casa preparando la cena no era Bruno sino Amelia. Después de tantos años juntos, más de 60, aquel matrimonio había terminado metamorfoseándose el uno en el otro y Groucho era el único que lo sabía.

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