FIRMAS

El cubo negro. Por Irma Cervino

El día que cumplió la mayoría de edad fue citado en la salita. Al cruzar la puerta, encontró la figura encorvada de su padre frente al retrato del abuelo. Con los años, se hacía más complicado distinguir a uno del otro. El abuelo era el que estaba enmarcado.
– Pasa hijo, pasa -le dijo con voz temblorosa- Tengo algo para ti.

El hombre se agachó por partes y a él le pareció estar viendo al pequeño hombre araña articulado con el que jugaba de pequeño. Con la ayuda de un leve quejido, su padre estiró el brazo debajo del sillón y volvió a levantarse.
– Toma hijo. Esto es para ti -pronunció las palabras como si se le cayeran de la boca por falta de aire.
– Papá ¿qué es esto?
– Quiero que tomes mi relevo.

Aquel día que recibió la hoja de palmera -que había pertenecido primero a su abuelo y después a su padre- Berto se convirtió en el flamante nuevo barrendero del barrio. Han pasado 40 años y, ahora, también él se parece al señor del cuadro y a su pequeño hombre araña. Pero, a pesar de sus achaques, todavía continúa acariciando las calles con su vieja palmera.

Conocí a Berto hace tres años, cuando me mudé al barrio. La primera vez que le vi fue de abajo hacia arriba, porque metió su hoja de palmera entre mis pies y acabé tirada sobre restos de cigarrillos.

– ¡Pero ¿qué hace?! -me gritó.
– Ahora mismo trato de levantarme -le dije más avergonzada que enfadada.
– Debería tener más cuidado, podría haberse roto algo.

¿Quién le había dicho que no me había roto nada? ¡Mi orgullo, contra! Y eso duele bastante. Yo ahí, tirada en el suelo, enredada con una palmera. Menos mal que era temprano y aun no había gente en la calle.
Me levanté, me sacudí toda digna y le di los buenos días.

– ¿A dónde va? -me gritó
– ¿Cómo dice? -le pregunté dolorida
– ¿Se va así, sin mirar si se le ha caído algo?
– Ya miré y lo tengo todo. No se preocupe -y me di la vuelta para proseguir mi camino.
– Yo no estaría tan segura -me dijo- Mire bien.

El barrendero empezaba a cansarme y lo único que quería era irme de allí. Me acerqué a él y comprobé que era casi de mi altura. “Oiga, no se me ha caído nada. Ahí, solo hay colillas y restos de basura, nada de eso es mío”. Di media vuelta, otra vez, y empecé a alejarme.

– Puede que se le haya caído algún pensamiento y, si no lo recoge, lo perderá para siempre -insistió- pero yo ya no volví más atrás y me fui con un dolor en un muslo y el alma tocada.

El día después de aquel incidente, todavía me latía el golpe de la pierna. Esa tarde cuando llegué a casa del trabajo, noté una sensación extraña. No sabía lo que era pero, después de dos horas de intranquilidad, tuve un presentimiento y salí en busca de Berto.

Bajé la calle, subí hasta la esquina, crucé hacia la zapatería y allí, por fin, estaba él, abanicando la calle. Me interpuse en su camino pero, esta vez, pude controlar mi estabilidad.

– ¿Dónde tiene la basura que estaba recogiendo el lunes? -le pregunté agitada.
El hombre me miró aturdido pero enseguida me reconoció.
– ¡Ah!, usted es la que ayer cayó a mis pies- me dijo con cierto toque de sorna- ¿Y para qué quiere ahora esa basura?
– Necesito ver si hay algo que no encuentro. ¡Ayúdeme por favor! -le imploré, tirándole de una manga.
– Mire que se lo dije el otro día pero usted, tan orgullosa, ni caso. Si es que, después de tantos años barriendo la calle, uno sabe lo que pasa. ¿Qué fue lo que se le perdió? -me preguntó con tono paternal.
– No lo tengo muy claro pero creo con el tropiezo se me cayó uno de mis pensamientos. Llevo toda la mañana sin encontrarlo y no sé dónde puede estar.

El barrendero dejó caer la hoja de palmera sobre la acera, se fajó el pantalón y me dijo: sígame. De espaldas parecía más viejo aún. Me llevó hasta un cubo de color negro, levanto la tapa al mismo tiempo que las cejas, y me dijo: “Debe estar ahí dentro”.

-¿Pero y cómo sé yo cuál es? El cubo está lleno -y le miré con la cara arrugada.
– Oiga, mire, yo solo soy barrendero. Recojo lo que se cae. Le recuerdo que ayer le advertí de que podía haber perdido algo cuando se cayó pero usted no me hizo caso. Ahora solo puedo indicarle dónde encontrarlo. Ahí.

 

 

 

El hombre dio media vuelta y me dejó como si fuera una de las colillas del cubo: tirada.

Eché un vistazo en su interior y solo vi restos de cigarros, papeles y hojas secas. Empezaba a desesperarme, así que, después de cerciorarme de que nadie me estaba mirando, metí la cabeza en el cubo apestoso y respiré profundo tratando de recuperar mi pensamiento perdido.

Esa noche, después de lavarme el pelo con seis manos de champú, empecé a pensar que lo primero que haría al día siguiente sería invertir en bolsa y comprar acciones de alguna empresa. Me puse a hacer cuentas y llamé a mi hermana para contarle la idea.
-¿Tú estás loca? -me preguntó afirmando.

Estuvimos hablando diez minutos y durante nueve de ellos no paró de decirme que no entendía porqué se me había metido en la cabeza esa idea. “A ti no te gustan los números ni la economía, ni las finanzas, y mucho menos eso de invertir en bolsa. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?”
Me despedí de ella y colgué el teléfono. Me quedé un rato pensando en lo que me había dicho. Tenía razón. Ni yo misma entendía ese empeño repentino, hasta que el olor al cigarro del vecino que subía por el patio interior me dio la pista. “¡Claro! No es mi pensamiento. Se me ha metido el de otra persona”, dije en voz alta.

Tenía que arreglar aquella situación cuanto antes. No me agradaba la idea de tener algo que no era mío. Salí corriendo en busca de Berto y del cubo. Era de noche y ninguno de los dos estaban ya en la calle. Esperé al día siguiente.

Por fin, a las siete en punto de la mañana encontré al barrendero. Le expliqué lo que me había pasado y le pedí por favor que me dejara ver el cubo negro otra vez. Me llevó hasta él, abrí la tapa y me alongué todo lo que pude sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

¿Pero qué hace? se va a hacer daño. ¡Pare, pare! -me gritó.
Saqué la cabeza y suspiré.
Ya está. Me he deshecho de ese maldito pensamiento que no era mío. Ahí lo dejo por si viene su dueño.
¿Y el suyo? -me preguntó
No lo encuentro y no sé cuál de todos es. Pero ya me da igual. Prefiero quedarme sin él a tener uno que no es mío- Le di las gracias y me despedí.

Cuando iba a doblar la esquina, me di la vuelta y pude ver cómo Berto, ayudado de su inseparable hoja de palmera, revolvía lo que había dentro del cubo. Allí lo dejé y yo proseguí mi camino.
A partir de entonces, comencé una buena relación con él. Me encanta su forma de pensar. A veces creo que, aquel día, cuando lo vi rebuscando en el cubo negro, encontró mi pensamiento.

 

1 Comentario

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  • Qué bueno! …y cuantos sueños y pensamientos tenemos que no son nuestros y nos damos cuenta demasiado tarde…o nunca?