FIRMAS

Algunos hombres buenos… y otros, no tanto. Por José Alberto Díaz-Estébanez

-”¿Quieres respuestas?”. -”Quiero la verdad”. -”¡¡Tú no puedes encajar la verdad!!”. (Jack Nicholson a Tom Cruise en “Algunos hombres buenos”).

Siempre me ha maravillado ese magistral diálogo cinematográfico en el que se da una vuelta de tuerca al clásico interrogatorio de peli de abogados en el que por una vez el máximo protagonismo no lo tiene el guaperas letrado, Tom Cruise, sino ese fascinante coronel hijo de puta que tan bien encarna Jack Nicholson (el actor que mejor se interpreta a sí mismo, una y otra vez, sea cual sea la película que protagonice).

Algunos hombres buenos… y otros, no tanto

No sé si ustedes recuerdan bien la trama de esta película, que ya tiene unos añitos. Pero que haya vuelto a mi memoria no tanto fruto de mi debilidad cinéfila (que también) como por ese furibundo arrebato entre sinceridad y arrogancia del coronel en el que acaba justificando no sólo su reprobable acción (“¿ordenó usted un Código Rojo?”), sino sobre todo la manipulación de la verdad, o más bien su ocultación, simplemente porque tiene un deber que cumplir y se cree por encima del bien y del mal para decidir (por su propio bien, según cree firmemente en su altanera locura) no sólo qué hay que hacer y sino qué se debe saber.

Y esta extraña y contagiosa patología es la que parece haberse extendido de forma alarmante sobre la mayoría de los líderes políticos, no sólo en España sino en el Mundo. El pragmatismo político se ha convertido, aún más con la crisis, en una concatenación de mentiras para justificar acciones que se creen necesarias pero imposibles de explicar. Mientras se está en la oposición, leña al mono que es de goma: por definición, el gobierno tiene la culpa de todos los males, y no sólo son torpes, ineptos, injustos y corruptos, sino profundamente mentirosos y equivocados en sus medidas que, por supuesto, yo nunca haría ni tomaría.

Pero llega el momento de virar la tortilla y… ¡Ay, amigo, cómo cambia el cuento! La culpa pasa a ser o bien de la “herencia” (¿cuánto tiempo tiene validez esta excusa?) o bien la “coyuntura” (antes, los factores externos eran meramente circunstanciales, ahora es el momento del “no hay más remedio”). Y entonces hay que decir Diego donde dije digo: subir impuestos, disminuir prestaciones, recortar servicios básicos, o intervenir bancos dejan de ser tabúes intocables para convertirse en necesidades imperiosas. Y lo que llamábamos “recortes brutales” cuando lo hacía el adversario, ahora son “reformas necesarias” porque lo hacemos nosotros.

Ejemplo paradigmático es la denominada “reforma financiera”, o cómo inyectar dinero público en Bancos y Cajas porque su desmoronamiento supondría el definitivo crack económico. Naturalmente para cualquier medianamente informado en materia económica, resulta evidente que no se puede dejar caer un Banco como si fuera una fábrica de tornillos o un kiosko de chuches, porque sus repercusiones son gravísimas (ya se sabe: si debes mil euros, el problema lo tienes tú; pero si debes mil millones, el problemón es de tu acreedor). Pero cómo explicar a una población asfixiada y cabreada, con la tasa de paro mayor de Europa, que a la semana siguiente de anunciar un recorte de 10.000 millones de euros en Sanidad y Educación (adicionales al previo ajuste de 27.000 millones en los Presupuestos Generales, y eso subiendo el IRPF), es imprescindible inyectar unos 7.500 millones sólo para reflotar Bankia. Y para más recochineo, explícales también cómo la fórmula para reflotar financieramente los bancos es otorgarles créditos blandos al 1% de interés, pero no para que hagan fluir el crédito a particulares y empresas, sino para que estos a su vez de lo “re-presten” a los propios Estados en deuda pública a un módico 6%. ¿Y la intervención directa del Banco Central Europeo? Pues… ni está ni se le espera.

Pues claro, la respuesta pasa a ser la misma: la “herencia” y la “coyuntura”. Claro, que el tema de la herencia en el caso concreto de Bankia se hace un poco más difícil: no sólo su cabeza visible era el “tótem” económico del PP, el gran Rodrígo Rato. Sino que además, Bankia es el fruto, fundamentalmente, del gran matrimonio entre Caja Madrid y Bancaja (Caja Valencia): dos macroentidades dominadas y manipuladas (en algunos casos, fruto de intensas batallas cainitas y soterradas de partido) por dirigentes políticos de las dos Comunidades Autónomas señeras del PP, Madrid y Valencia, gobernadas con mano de hierro durante décadas. Así que la excusa de la “herencia” no parece tener mucho recorrido aquí. Siempre nos queda echarle la culpa al que vigila (si no puedes con el delincuente, vete a por el policía que no lo ha cazado). Y no digo que no tenga mucha responsabilidad es inefable Miguel Angel Fernández Ordoñez, gobernador del Banco de España (¡qué tiempos aquellos en los que presumíamos del sistema bancario más sólido de Europa, en la Champions League de la Economía!), pero entonces… ¿por qué lo han sostenido y no se lo han cargado ya?

Pero el colmo de la desfachatez llega con el descubrimiento –ya en negro sobre blanco, de forma oficial y conocido por el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas después del Consejo de Política Fiscal y Financiera- que el famoso “desfase” de los objetivos de déficit público con la que se culpa de todos los males a las Comunidades Autónomas (a pesar de que tres cuartas partes de esa deuda es del Estado), tiene como grandes protagonistas de nuevo a Madrid y Valencia, a los que se suma con esmero Galicia y Castilla-León: todas gobernadas por el PP. Sólo hay dos opciones, por tanto, en su explicación: o son unos auténticos incompetentes o mintieron descaradamente… y me temo que va a ser más lo segundo que lo primero.

Pero claro… ¿quieres la verdad? ¡tú no puedes encajar la verdad! ¿Verdad, Jack?

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