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Carlos Fuentes. Por Eduardo García Rojas

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En la calle me tropiezo con alguien.

Dice: “¿No te has enterado? Ha muerto Carlos Fuentes.”

Y el corazón me late más de prisa y exteriorizo tanto mi conmoción repentina que quien habla de Fuentes ruega que no me lo tome así pero es que yo solo puedo recordar al amigo… Y el tipo de la mala noticia que debe ver la luz de la sinrazón asomar a mis ojos pregunta “¿pero tú lo conocías?”

Y yo, apoyándome en un muro para no desmoronarme solo puedo asentir aunque dejo de subir y bajar la cabeza al escuchar “¿Y qué recuerdos tienes del autor de La región más transparente?”

Porque asocio entonces que mi Fuentes no es el Fuentes al que se refiere el individuo y sale la risa aliviada mientras los goterones de sudor resbalan por mi frente y le contesto –con una idea en la cabeza que no es otra que la de tomarme un refresco y si se trata de una Pepsi mucho mejor porque no soy un yonqui de la Coke– que poco he leído de Carlos Fuentes, el escritor mexicano, salvo los artículos que de tanto en tanto publicaba en El País y la novela Gringo viejo tras ver la película protagonizada por Gregory Peck y porque tanto en el filme como en la novela el personaje se inspira en Ambrose Bierce, un narrador norteamericano por el que siento devoción y que jarto de todo y de todos desapareció en México cuando México se encontraba en plena revolución.

Ya sosegado y cuando llego a casa, me planteo que va siendo hora de leer a Carlos Fuentes y que como pasa siempre que se nos va un escritor de los considerados grandes pero que he evitado porque a veces uno evita cosas no sabe muy bien por qué, comenzará a reeditarse su obra una vez que los elogios en radio, prensa y televisión vayan desapareciendo como desaparecerá el Euro en esta Europa fabricada por mercaderes.

Medito ahora, mientras escribo estas líneas, lo raro que resulta que reconozca al escritor fallecido por sus fotos y apariciones en la pequeña pantalla y no por su obra… Obra que, pese a que recibiera el Cervantes y el Príncipe de Asturias entre otras distinciones mayúsculas, nunca me llamó demasiado la atención. Y no porque le haga el vacío a las letras que se escriben en México, donde sigo en la medida que puedo el trabajo de formidables escritores, sino porque tuve la mala fortuna de llegar al señor Fuentes primero por sus apariciones en los medios que a través del universo que compuso a través de su literatura.

Carlos Fuentes, el escritor, tenía planta de caballero y si se lo estudia atentamente en algunas fotografías debía ser un señor que se cuidaba bastante. El bigote de Fuentes es además una seña de identidad de Carlos Fuentes aunque yo prefiera el primitivo e indómito rostro de El Indio Fernández, que a veces llevaba bigote y otras no.

Les contaba que llego a casa. Y que enciendo la televisión y que veo los informativos donde en apenas unos pocos segundos se da constancia de la gran pérdida que supone para las letras su muerte y continuo comiéndome la cabeza, y me animo a leer los libros que caigan en mis manos del autor de La muerte de Artemio Cruz mientras me pregunto si este domingo, en el Rastro, me encontraré de sopetón con alguno de ellos como si su fantasma me llevara de la mano para conducirme a un puesto donde alguien, que dentro de nada podré ser yo mismo, liquida su biblioteca para hacerse con unos euros antes de que la moneda única desaparezca como el señor Fuentes y el día menos pensado quien les escribe y el amigo al que confundí con Fuentes porque demonios se llama igua: Carlos Fuentes.

Entiendan entonces mi alegría.

No porque el escritor haya muerto y dejado un poco más huérfana la literatura en español, sino porque si mi amigo sigue vivo y si yo me alegro de que esté vivo es que yo también estoy vivo.

Carlos Fuentes, el escritor, visitó alguna vez las islas. Y si la memoria no me falla se alojó en algún lugar del sur.

Un periodista me llamó entonces para que le sugiriera alguna pregunta.

Mi pregunta resultó inevitable: ¿por qué México es un refugio para algunos escritores y cineastas de más allá del Río Grande? Pregúntale por Bierce, por Sam Peckinpah, pero no te olvides, por favor, de Malcolm Lowry y de…

El periodista le formuló la pregunta. Y la pregunta, me contó al día siguiente el periodista le gustó al señor Fuentes.

No recuerdo lo que le respondió, pero quiere pensar que fue que todos vivimos bajo el mismo volcán.

Saludos, masticando el gusano que flotaba en la botella de mezcal, desde este lado del ordenador.

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