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Bram Stoker nunca muere. Por Eduardo García Rojas

 

 

 

En una de las tres ediciones de Drácula que conservo (Brugera, Molino y Plaza y Janés) se encuentra la pequeña corteza de un árbol que un viejo y querido amigo me trajo del jardín de la casa en la que Bram Stoker, su escritor, nació.

La casa se encuentra en Dublín, Irlanda, y desde que tengo esta pequeña corteza no dejo de cambiarla ocasionalmente entre las páginas del libro quizá porque el espectro de Stoker me anima a que juegue con ella porque, quiero pensar, esa corteza igual estaba en ese mismo árbol cuando el escritor vivía.

Son pocos los títulos que he vuelto a repasar transcurrido el tiempo, y quizá el volumen más agradecido en mis raras relecturas sea, precisamente, Drácula.

El pasado sábado 14 de abril, mientras los nostálgicos celebraban otro aniversario de la proclamación de la II República en España y el centenario del hundimento del Titanic, pocos pero suficientes rendimos honores a Bram Stoker, un escritor por el que el responsable de este blog siente devoción y que falleció tal día como hoy, pero un 20 de abril de 1912.

La primera vez que leí Drácula fue en un libro de ediciones Molino. Se trataba de una versión abreviada aunque respetaba la estructura en la que está ordenada la novela. Es decir: cartas, diarios, facturas, albaranes, telegramas a través de los cuales los protagonistas que luchan contra el vampiro van desgranando la historia del insólito conde transilvano desde su oscuro castillo en los montes Cárpatos (Rumanía), su terrorífico viaje en barco y arribo a las costas británicas en las que intenta imponer la dictadura de los no muertos comenzando con dos amigas recatadas, educadas bajo una estricta disciplina.

Cuando aquel ejemplar de Drácula llegó a mis manos, yo ya me había iniciado en los terrores cósmicos lovecraftianos y en el de otros escritores de su círculo. Los relatos de H. P. Lovecraft, sin embargo, nunca me produjeron inquietud sino un atractivo viaje a otros territorios poblados por entidades aparentemente dormidas que eran despertadas por insensatas invocaciones del libro prohibido: el Necronomicón.

No he vuelto a leer a Lovecraft desde mi tierna adolescencia. Lo intenté no hace mucho con Las montañas de la locura pero tuve que dejarlo apenas iniciado porque no sentía las mismas emociones que me sedujeron en aquella época, hoy ya tan lejana de mi vida. De hecho, su lectura me resultó demasiado espesa y de pronto descubrí un lenguaje ampuloso y una demora amarga y tediosa para llegar al horror, ominoso e indescriptible, con el que el escritor de Providence solía cerrar sus historias.

Conservo aún los libros de Lovecraft, pero he llegado a la conclusión que lo mejor es dejarlos intocables en ese puesto privilegiado que ocupan en mi biblioteca. Y es que si hay escritores que fueron fundamentales para una época de tu vida, también es cierto que el paso del tiempo no suele actualizarlos en las derrotas cotidianas en las que se convierte tu existencia cuando te das cuenta que no te queda más remedio que hacerte mayor.

Con Drácula, sin embargo, no me ha ocurrido esto.

Con Drácula y con otras novelas y cuentos (pienso en La casa del juez) de Bram Stoker.

Hay algo que permanece inquietantemente vivo entre sus apretadas páginas. Quizá sea que se trata de una obra irrepetible y única pese a las muchas imitaciones que aparecieron y aparecen después de haber sido publicada. Nuevas versiones que por mucho que intenten ofrecer audaces vueltas de tuercas al inmortal conde no superan una novela que ya es un clásico.

Drácula fue además, y he aquí para mí su mayor mérito, la primera novela de miedo con la que pasé miedo de verdad.

No sé si han sentido alguna vez miedo leyendo una novela de miedo pero es una de las emociones más deliciosas que como lector he tenido a lo largo de mi vida como lector.

Tenía que dejar el libro, mirar debajo de la cama, permanecer un buen rato con todos los sentidos alerta mientras miraba de reojo la ventana con la certeza de que iba a ver como se materializana el vampiro. Vampiro que me pedía que lo invitara a entrar.

No sé que hubiera dicho entonces.

Digamos que hoy sí lo tengo claro.

El caso es que una vez me había relajado continuaba leyendo la novela como un yonqui para seguir pasando miedo.

Leí la versión completa de Drácula cuando llegó a mis manos el libro editado por Plaza y Janés. En portada: las letras de Drácula en relieve y pintadas en sangre…

Había pasado bastante tiempo desde su primera lectura y era un tipo con ganas de comerse el mundo cuyas lecturas fantásticas había dejado en un segundo plano. Recuerdo que no tenía demasiadas esperanzas cuando inicié la tarea de releerlo… Tonta equivocación. Drácula volvió abducirme. Así que mientras el vampiro comienza a parasitar la felicidad de aquel grupo de amigos solo esperaba en la llegada del doctor Van Helsing para que pusiera nombre y apellido al responsable de todo aquel mal usando para ello métodos expeditivos y de una crudeza que aún me pone los pelos de punta.

La escena del cementerio, donde aguardan a que Lucy Westenra regrese a su tumba, tras saciar su apetito de sangre con un bebe, es de una fuerza que todavía hace flaquear mi corazón. En especial cuando Van Helsing obliga a que sea el prometido de Wenstera quien tiene que cortarle la cabeza y llenar su boca de ajos.

“Hay que combatir al mal con el mal”, dice Van Helsing, personaje al que siempre vi como Peter Cushing y nunca como Anthony Hopkins.

La tercera vez que leí Drácula fue en la colección Libro Amigo de Bruguera. En la portada aparecía Bela Lugosi y no Christopher Lee.

Había visto recientemente en cine la versión de Francis Ford Coppola, de la que salí, y aún salgo, muy disgustado cuando la veo.

Su Drácula no tiene nada que ver con el de Stoker. De hecho, creo que su Drácula es un antecedente de ese romanticismo para adolescentes en el que ha terminado por teñirse a los vampiros y a su rey.

La relectura de la novela contribuyó a que entendiera que tenía razón.

Drácula es la encarnación del mal. Y el mal no tiene nada de romántico para quienes lo sufren. En todo caso, sugiere Stoker, un despiadado atractivo que hace que el lamento de los lobos suene a música en la noche…

También, cómo no, a la promesa de una vida eterna sin vida.

Bram Stoker es autor de otras dos extraordinarias novelas de terror victorianas: La joya de las siete estrellas y La guarida del gusano blanco. También de irregulares relatos góticos como La dama del sudario pero, sobre todo, de extraordinarios cuentos que invitan a no dormir.

Antes citaba La casa del juez, pero también recuerdo El entierro de las ratas o el horripilante Las almas gemelas, entre otros tantos.

Saludos, Bram Stoker vive eternamente, desde este lado del ordenador.

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