Salvador García

OPINIÓN. Aguantar y tolerar. Por Salvador García Llanos

Nada impidió al Partido Popular tomar la calle en varias ocasiones en la legislatura anterior. Ni manifestarse junto a cardenales, obispos, religiosos y partidarios de determinados y respetables conceptos y modelos de vida. Hasta el presidente de esa formación política, entonces cabeza visible de la oposición, se ufanó de motivar, movilizar y llenar vías y plazas para que el derechío mediático se explayara bien transmitiendo en directo bien inflando al día siguiente las cifras de asistencia o participación. Fueron felices entonces.

¿Y ahora? ¿Esperaban la dirección y las filas conservadoras que la gente no reaccionara o se mostrara indolente con sus medidas gubernamentales? Ya estarán comprobando que hasta las organizaciones obreras católicas empiezan a rebelarse contra la mismísima reforma laboral, esa que ha hecho sonreír sólo a los empresarios, hasta el punto de que monseñor Rouco ha desplegado la desautorización de algún documento en el que, fíjense ustedes qué pecado, se anima “a defender el trabajo con derechos”. O será por esto otro: animan a “participar en las iniciativas y movilizaciones que se convoquen por parte de las organizaciones eclesiales, sociales y sindicales”.

O sea, que hasta los menos sospechosos recelan, discrepan y desean exteriorizar su malestar. Normal. La crisis financiera mundial que desde mayo de 2008 se lleva por delante todo lo que trinque, gobiernos y políticos incluidos, está siendo muy costosa y el partido gubernamental, que era consciente de su alcance, sabe que ahora tiene que aguantar. Tiene el colchón de su generosa mayoría parlamentaria y autonómica, el apoyo de los poderes fácticos concurrentes y el no menos significativo respaldo -qué bonito es gobernar con los medios a favor- de un amplio espectro de comunicación que no se conforma con jalear las bondades -hasta ahora, escasas- sino que atribuye sin reservas las culpas y responsabilidades de cualquier desnaturalización del malestar social a quienes, aún lamiéndose las heridas de sus serios reveses electorales, acreditan querer hacer una oposición responsable, constructiva y leal, tal como se ha visto en política antiterrorista, exterior o de defensa, sin dejar de citar el apoyo proclamado para defender en los foros correspondientes la flexibilización en el cumplimiento de reducción del déficit público o la mismísima anunciada enmienda a la totalidad a la reforma laboral; sí, sí: esa misma que no gusta al catolicismo trabajador, ya ven.

Aguantar y tolerar que afeen su conducta y sus decisiones del pasado. ¿O es que ya no nos acordamos del voto en contra de los populares de aquella durísima batería de medidas que en mayo de hace dos años impidió que España fuera intervenida como ya lo habían sido Grecia, Irlanda y Portugal? Paradójicamente, entonces, los grupos parlamentarios nacionalistas antepusieron el interés de España y el reajuste fue aprobado por los pelos. La democracia es eso: aguantar y tolerar. Y aportar soluciones -¿no era este término uno de los eslóganes de campaña?-, que para eso se recibe el mandato de las urnas. Incluidos, los votos prestados.

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