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OPINIÓN. Valencia: la tormenta perfecta. Por José Alberto Díaz-Estábanez

Los recientes incidentes ocurridos en Valencia con las manifestaciones estudiantiles y la respuesta policial parecen llenar la actualidad. Me he esforzado en buscar una primera frase todo lo “políticamente correcta” que he podido, para que no se me vea el plumero antes de tiempo: lo cierto es que son algo más que meros “incidentes” (término que parece restarle importancia a unos hecho que revisten gravedad); que no es casual que se haya producido en Valencia (ojo del huracán hoy en España); que las manifestaciones no son -o al menos, no “solo” son- “estudiantiles” (de los 45 detenidos, sólo 3 son estudiantes del ya famoso instituto Luis Vives); y la “respuesta policial” es todo un eufemismo para lo que a todas luces fue una reacción desproporcionada con la que alguno quiso hacer una demostración de fuerza de cómo habían cambiado las circunstancias respecto al 15M.

Las primeras imágenes, que corrieron como la pólvora por las redes sociales mucho antes que en los medios de comunicación tradicionales, eran demoledoras. Y a ello se sumaron las declaraciones en un tono más que chulesco del responsable policial con sus ya célebres frases sobre el “enemigo”, y no precisamente en los términos en que Gila llamaba por teléfono. Llevamos mucho tiempo preguntándonos cómo era posible el adormecimiento narcotizado de la sociedad ante lo que estaba sucediendo, y cuando vemos síntomas de movimiento (compartiendo o no sus motivos) la respuesta no puede ser exclusivamente la porra. Los propios responsables del Ministerio del Interior y de la Delegación del Gobierno reconocieron rápidamente que había habido “excesos” en esa respuesta policial, y con mi tendencia habitual a confiar más en quien vela por la seguridad que en quien puede atentar contra ella, tengo la experiencia que la medida de sus reacciones –salvo casos excepcionales- no suelen darse por casualidad ni por lo que dicta un mando aislado sobre el terreno, sino por instrucciones políticas.

Como también suele ocurrir, a esas primeras imágenes e informaciones, han seguido algunas otras bastante contradictorias. Sin entrar en los motivos reales o aparentes para que comenzara la protesta (que si la calefacción, que si los recortes, que si el papel higiénico), parece claro que ha habido un intento claro de instrumentalización política de esa protesta. Antes, durante y después. El mero hecho de la utilización del término #PrimaveraValenciana (acuñado y registrado varios días antes de las protestas) me produce auténtico sonrojo, porque supone una referencia directa a la denominada “Primavera Árabe”, y, francamente, por mucha fortuna que haga el término y su utilización en Twitter, la más lejana comparación entre la situación aquí y lo ocurrido en Egipto, en Libia, en Yemen, en Túnez o en Siria es tan estúpida como injusta, no sólo por la situación de las libertades sino por respeto a los miles de muertos que han derramado su sangre en esas revoluciones.

¿Por qué en Valencia? Porque precisamente allí es donde se ha intentado formar la “tormenta perfecta”: este estado de clímax político, económica y social para la gran borrasca. Valencia era, hasta hace pocos meses, una especie de paradigma perfecto que exhibía el PP como ejemplo de gestión, modernidad y grandeza, hasta tratar de tú a tú a los dos grandes gigantes de Madrid y Barcelona. El problema no son los trajes de Camps (episodio chusco, salvado por los pelos judicialmente por el expresidente, pero apenas el flequillo intrascendente de la trama realmente importante: el caso Gürtel).

La tragedia puesta al descubierto es que Valencia se ha convertido en la Grecia española, esa Comunidad que necesita el rescate económico del Estado, donde los casos de corrupción agujerean como un queso Gruyère al Gobierno (el último bochorno es el cese del Director General de Integración y Cooperación por “mamarse” subvenciones a las ONGs, que me recuerda a cuando se descubrió que Luis Roldán se “mamaba” los fondos de los Huérfanos de la Guardia Civil). Pero, sobre todo, donde el despilfarro de los últimos años ha explotado como una bomba lapa en fastos y gastos que hasta anteayer exhibían como nuevos ricos y hoy escandalizan: parques temáticos ruinosos, cajas de ahorro quebradas, grandes premios de Fórmula 1, Copas de América, aeropuertos en los que no aterriza ni un avión, y un largo etcétera que ahora no saben cómo meter a camino.

Todos esos factores, y muchos más, son los que se concitan para que Valencia sufra la tormenta perfecta. Pero, sinceramente, no creo que esta vaya a ser la mecha que prenda una explosión realmente importante. Ni por el motivo (los hay mucho más trascendentes), ni por el tiempo (aún no es el momento adecuado para una gran protesta social). Pero me temo que esta tormenta no ha hecho más que empezar y a alguno le va a coger sin chubasquero.

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