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PSICOLOGÍA. Mejor humanos que halcones. Por José Oriol Rojas Martín

Ahora que todas las medidas para resolver esta voracidad mercantil llamada «la crisis», se toman contra aquellos que la provocaron,  léase, los trabajadores, los hipotecados, los parados y los pobres, tenemos que hablar de los juegos de poder en las relaciones.

En los años 70, con la eclosión de la informática se empezaron a realizar una serie de investigaciones, que aprovechaban el poder de cálculo de los ordenadores, para realizar simulaciones predictivas del comportamiento de procesos biológicos. Un estudio muy famoso es el de los halcones y las palomas, que muchos años atrás ya habían ideado Von Neumann y Oskar Morgenstern, dos matemáticos interesados por la Teoría de los Juegos.

 En esencia, y simplificando mucho,  consistía en colocar una colonia simulada de halcones y otra de palomas a convivir en un espacio determinado, representado por una cuadrícula, al modo de un tablero de ajedrez. Lo que diferenciaba básicamente a los halcones de las palomas era que los primeros, al ser depredadores, devoraban a todas las palomas que cayeran en cualquiera de las cuatro casillas adyacentes, pero siendo competitiva su naturaleza, también hacían lo mismo con los halcones. Mientras que las palomas nunca atacaban a las palomas ni a los halcones.

Las dos especies iban desarrollándose por el espacio de la cuadrícula ocupando casillas sucesivamente. Se trataba de ver qué ocurría con ellas en el tiempo, dadas unas condiciones determinadas. El resultado, contra todo pronóstico, era que las palomas prosperaban por el total del tablero y el número de halcones se reducía drásticamente. En otros términos, las estrategia cooperativa producía mejores resultados que la competitiva, cuando se trata de convivir en un área determinada, en unas circunstancias determinadas.

Durante mucho tiempo, la influencia de la competición por el poder en las relaciones humanas, apenas ha recibido atención en los estudios sobre el comportamiento o sobre el origen de las patologías. Y a pesar de los estragos que las actitudes autoritarias ocasionan en los que las padecen, a día de hoy, carecemos de un inventario de los trastornos asociados, más allá de lo muy evidente en el acoso profesional y en las víctimas del maltrato doméstico.

Los juegos de poder en la pareja se podrían distribuir en tres situaciones posibles. La primera, cuando dos «halcones», de los devoradores de la voluntad del otro, conviven, el resultado es que tras una dura batalla, uno vence maltrecho y el otro perece en el resentimiento, o bien se retira también herido. En segundo lugar, cuando un halcón comparte con una paloma, el resultado es que la devora y al poco se queda solo, conviviendo con una carcasa carente de voluntad, sometida e inaceptable como compañera. Y por último, cuando dos palomas conviven, el resultado es una alianza colaborativa, sostenible en el tiempo (más o menos).

Presuponer que una relación está exenta de las maniobras destinadas a tomar la dirección y el control, es desatender una de sus partes más importantes y ocultas. Tan ingenuo como pensar que la vida de una pareja se determina exclusivamente por la belleza o por el cariño, por el dinero o por el amor.

De ahí la tesis que ahora vengo a defender: dada la tendencia natural a competir por el poder y la enorme dificultad que supone reconocerlo, es necesario hacer un recuento permanente de su distribución dentro de toda relación, de forma que pueda ser evitado el sometimiento o la entronización de alguno de sus miembros.

Y para ello será necesario estar muy pendiente de las maniobras que se realizan para conseguir el control, algunas de las cuales son las siguientes: victimizarse, obstaculizar las iniciativas de la otra persona, culpabilizarla con cualquier excusa, ridiculizarla y ponerla en evidencia, hacerla merecedora de un castigo, invalidar cualquiera de sus argumentos. Y así, hasta otras mil artimañas encubiertas, destinadas a conseguir su claudicación y sometimiento.

Todas ellas tienen un efecto devastador sobre la autoestima de la persona, pues al culpar, por ejemplo, el que acusa se convierte en juez de un proceso en el que el acusado debe demostrar su inocencia. Una estrategia coactiva que proporciona mucho poder con muy poco esfuerzo, efectiva tanto para lo personal como para las relaciones sociales.

Por esta razón, desde un punto de vista político, culpar y penalizar a los trabajadores, a los hipotecados y a los parados, es una artimaña eficaz para garantizar el poder de algunos, mientras niegan que lo estén haciendo. Destinada a dejar incólumes a los verdaderos responsables de «la crisis», léase «los mercados» y los que afirman que la ley de la oferta y la demanda (la competición y el poder; y no la cooperación) es una ética aceptable en la que vivir.

www.oriolrojas.com

 

 

 

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