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EL ESCOBILLÓN. ‘J. Edgar’. Por Eduardo García Rojas

Uno de los personajes más siniestros y quizá por ello atractivos del pasado siglo XX en los Estados Unidos es John Edgar Hoover, director desde su creación del FBI, un extraordinario aparato policial que controló bajo la administración de siete presidentes de distinto color político incapaces de quitárselo de encima por el coste que podría suponer para sus carreras.

Personaje incómodo, y cuya secuela de miedo parece que incluso llega a  nuestros días, Clint Eastwood presenta ahora una interesante y no creo que para nada aburrida película para iniciados en la historia de este gran país y en la que muestra, con todas sus luces y sombras, las contradicciones de este magnífico titiritero que basó su poder en la información. En la información de y sobre otros.

Al margen del acierto o no de los actores protagonistas, aunque a mi juicio Leonardo DiCaprio está demostrando con creces ser uno de los mejores intérpretes de su generación; del pobretón maquillaje con el que se cubre su rostro y el de otros actores para escenificar el paso de los años, y omitir momentos digamos que delicados en la vida de Hoover por su soterrado enfrentamiento con presidentes ante cuya gestión fue claramente hostil, J. Edgar me parece una estupenda película y un estupendo retrato no ya de este maestro de la manipulación y el chantaje sino de un hombre al que según la película de Eastwood, y según el eficaz guión de Dustin Lance Black, no supo vivir con sus contradicciones.

J. Edgar, según Eastwood, resulta así un más que interesante trabajo de instropección de un hombre devorado por sus convicciones, fuertemente anticomunistas y con un sentido del americanismo digamos que enfermizo, así como por no reconocerse como persona. Casi como si su compromiso con su país y con sus ideas fuera más un camuflaje con el que protegerse de sus presuntas debilidades y ocultar su hoy más que discutida ambigüedad sexual.

El filme de Eastwood explota muy bien este tema, así como explota muy bien las relaciones que mantuvo Hoover con las mujeres –en la película protagonizadas por una estricta madre y una devota, leal y profesional secretaria–  así como la estrecha amistad que lo unió a Clyde Tolson (Armie Hammer), su mano derecha.

J. Edgar toca, sin embargo, de refilón los archivos secretos que, presuntamente, guardaba este bulldog de amigos y enemigos y a los que, cuenta la leyenda, recurría cuando su carrera estaba en peligro. No obstante, se incluye una escena en la que el viejo director del FBI se esconde en su despacho para escuchar una grabación de John Fitgerald Kennedy con una de sus amantes y que Hoover/DiCaprio debe de interrumpir cuando le anuncian que el presidente ha sido asesinado en Dallas.

Puede resultar para algunos un inconveniente que Leonardo DiCaprio no se parezca en nada a J. Edgar Hoover pero quizá sea por eso, en que DiCaprio no se parece en nada a Hoover, lo que ha hecho que me parezca creíble su trabajo. Tanto como me pareció creíble Joaquin Phoenix como Johnny Cash en Walk the Line.

Personajes como Hoover han habido a lo largo de la historia y, desgraciadamente, continuarán habiéndolos.

Mientras veía J. Edgar no dejaba de pensar en Fouché o en Beria, aunque son más las diferencias que las semejanzas los que unen a unos con otros.

El más inquietante sigue siendo, a mi juicio, Fouché. El más terrorífico, por monstruoso, Beria. Entre medio, ubicaría a Hoover, un extraordinario propagandista del FBI y de sí mismo como azote contra el mundo del crimen.

Clint Eastwood es en la actualidad uno de los pocos cineastas que le queda al cine norteamericano. Un cine que ha terminado por evitar mirarse así mismo.

Con autores como Eastwood, afortunadamente, aún nos quedan voces críticas que invitan al debate y que es capaz, en este confuso y desinformado siglo XXI, de mostrarnos la humanidad que tuvo que haber detrás de ese gran pedazo de hijo de puta –como lo llegó a calificar otro gran pedazo de hijo de puta como fue Richard Nixon– llamado J. Edgar Hoover.

Saludos, yo también jugué a ser un G-Man, desde este lado del ordenador.

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