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PSICOLOGÍA. La soledad es una enfermedad. Por José Oriol

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Hace mucho tiempo que lo intuimos pero nunca nos hemos atrevido a reconocerlo.

En algún lugar alguien dijo: «vivimos igual que soñamos, solos» asumiendo que en los sueños la experiencia de soledad replicaba a la de la vida cotidiana, como si esa soledad que experimentamos íntimamente fuera una realidad objetiva indiscutible. Una especie de soledad epistemológica asociada al hecho de ser conscientes.

Lo cual no deja de ser más que un modo de ver las cosas. La experiencia de soledad es la consecuencia del peso de una cultura dedicada en cuerpo y alma a la promoción del individualismo. Desde la revolución industrial hasta ahora ha habido una presión constante sobre las personas para la maquinización de su existencia, en el sentido de engranajes que deben encajar con los demás engranajes para la producción de unos bienes. Razón por la que las cadenas de montaje expresan perfectamente la noción de producción en cadena que sigue vigente hoy en día, aunque de forma sutil, en casi todos los sectores de producción.

Engranar, que es la obsesión de nuestro tiempo, es la situación por la cual dos piezas individuales se comunican para dar continuidad a una acción iniciada en algún lugar y acabarla en otro lado. Esa es la noción fabril que tenemos para explicar las relaciones profesionales, las personales y para diseñar los sistemas educativos.

El modo en el que los individuos se aíslan para engranar es constituirse en unidades discretas que solo tienen contacto con partes determinadas de la estructura de otras unidades discretas. Nada que ver con la clase de solidaridad orgánica vigente entre el corazón y pulmón, que les permite funcionar como una sola cosa a pesar de ser bien distintos. Podría decirse que la soledad es el pilar del capitalismo.

Al igual que la mosca enfrentada a la realidad incomprensible del cristal, tratamos de alcanzar el bienestar y la felicidad por la vía del engranar en el individualismo y por más infranqueable que nos resulta, más nos empecinamos en atravesarlo. Incluso llegamos a considerarlo la causa del problema. Tendemos a pensar que si por esta vía no conseguimos la felicidad es por la culpa de los demás, que se empeñan en hacernos la vida imposible.

Curiosamente, rechazamos a los demás  para atribuirles nuestro bienestar, pero los necesitamos para hacerlos responsables de nuestros fracasos. Lo que no hace sino demostrar nuestras necesidades y la carencia de una existencia al margen de los demás. Y eso porque somos de deudores del colectivo en todo cuanto somos, en cómo vivimos y en lo que nos espera.

Como lo demuestran los estudios de los niños criados en condiciones especiales. Por ejemplo, los “niños-lobos”,  que criados sin contacto con personas nunca lograron ajustarse a un modo de vida humano, por más que se las intentó educar, como se documenta en el estudio de las dos niñas indostanas llamadas Kamala y Amala, las “niñas-lobo” de Midnapore (India), Y por otro lado,  el conocido síndrome de hospitalismo infantil, que sufren los niños criados en instituciones, que a pesar de tener cubiertas todas sus necesidades básicas, nunca llegan a tener un desarrollo intelectual normal, como consecuencia de las deficiencias afectivas que sufren.

En definitiva, todo indica que la naturaleza intima del ser humano, y esta es la tesis que vengo a defender,  es la solidaridad,  ya que estamos diseñados biológicamente para vivir en el interior de un grupo y todo cuanto somos y el modo en que nos sentimos ahora es consecuencia directa de la calidad de la relación que mantenemos con los demás. Y tanto es así que cuando no lo hacemos enfermamos, y enfermamos de soledad.

Los síntomas son, intolerancia a los defectos de los demás, deseo constante de reclusión y aislamiento, pérdida de memoria y vocabulario, perdida de autocontrol, tristeza, observación constante de los cambios corporales y emocionales, prevención de los sobresaltos y cambios bruscos, incontinencia. En definitiva de todas aquellas capacidades que se desarrollan y mantienen en la interacción social.

En consecuencia la única solución posible contra la soledad no puede ser otra que la clase de  solidaridad orgánica existente entre una madre y su bebé. Única relación realmente original

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