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EL ESCOBILLÓN. Si les digo es porque no les engaño…Por Eduardo García Rojas

A juicio de Lucas, el personal se empezaba a dar cuenta de que aquello del trabajo fijo fue cosa del siglo XX. Un puesto fijo es como un cura casto. Una leyenda. Un día toca hacer una cosa y al siguiente otra distinta. Y los que se van haciendo a la idea de que para el mismo curro hay setecientos y tratan de montárselo por su cuenta, enseguida caen en que hace falta bastante pasta. Y la pasta es carísima. Imposible. Pero con un golpe de suerte, todo solucionado. Un día vendes vehículos y al siguiente farlopa. Hay que saber hacer de todo y no hacer ascos a nada. Ese era el futuro a juicio de Lucas.”

Un plan sencillo, una novela escrita por Scott Smith y llevada al cine por el espídico, aunque en esta cinta exquisitamente contenido, Sam Raimi, narraba la historia de dos hermanos que se encontraban con una maleta repleta de dinero en un avión accidentado.

Mucho tiempo después, y con esa fabulosa idea planeando en mi cabeza, el escritor Carlos Álvarez ha abierto la espita de mi memoria con su excelente novela Si le digo le engaño, solo que para contarme el relato de dos amigos que durante una jornada de pesca en aguas cercanas a la costa grancanaria capturan cincuenta kilos de cocaína pura flotando a la deriva.

Y hasta ahí las siempre odiosas comparaciones.

Porque mientras en la novela y la película planeaba la sombra de la culpa y la codicia, en la historia de Álvarez el discurso resulta demoledoramente cínico y, se me apuran, sugerentemente amoral.

Los dos amigos, más uno que el otro, se aprovechan del ¿afortunado? hallazgo para prosperar en unas carreras que hasta ese día estaban condenadas al paro y a continuar sacando adelante un bareto con apenas encanto.

Éstas y otras reflexiones son las que dan cuerpo a una novela, Si le digo le engaño, que no es negra criminal pero que también lo es.

No, no me explico.

Se trata de un relato que se nota que quiere ir más allá de los límites que impone el género para transformarse en un sorprendente y feroz discurso contra la hipócrita sociedad en la que vivimos sin que apenas te des cuenta.

El verdadero protagonista de esta historia, Yeray, un diseñador de un periódico que tiene los días contados (el periódico), resulta tan cercano y quizá por ello tan atractivo que deja la piel de gallina.

Su estrategia para sacar dinero del oro blanco descubierto y el retrato preciso de los que se convierten en habituales consumidores de su mercancía probablemente se trate de las mejores páginas que he leído este año en torno al dulce veneno de la adicción.

Álvarez emplea para ello un lenguaje llano y salpicado de canarismos que consigue que lea esta historia de perdedor nato harto de su nata condición con una asombrosa sed de saber cómo demonios va a ponerle punto y final.

Y cuando llegas al punto y final, descoloca porque éste carece de falsos moralismos.

Es un final que, como en las mejores fábulas, te obliga a pensar en lo leído y, en este caso, a dibujar una inquietante sonrisa en los labios.

Si le digo le engaño me sabe así a fábula.

Porque más que una novela –que apenas supera el centenar de páginas– es una honda e inteligente reflexión sobre el éxito. El viaje de un tío gris que de la noche a la mañana se transforma en uno de los necios a los que les sobra el dinero.

Sea porque lo han heredado. Sea porque lo han conseguido con maniobras oscuras.

Y entre medio, un lector desarmado que espera que al protagonista no lo pillen los narcos ni la policía. Quieres, o por lo menos esperas, que continúe dando saltos de gigante mientras sube esa escalera que lo separa de ser un necio nato a ser un necio respetado.

Novela sugerente, Si le digo le engaño es un título revulsivo y políticamente incorrecto, que noquea porque continuamente parece que va a ir por ahí para marcharse por allá… Una pequeña y deliciosa bomba de relojería que confirma a ese gran escritor que es Carlos Álvarez. Un tipo, el Álvarez, que en Si le digo le engaño te da dentelladas salvajes. Dentelladas que dejan marcas.

Y todo ello narrado con estilo directo. Usando frases cortas, casi como si quisiera que el lector no se diera cuenta del mensaje que está diseminando en su cabeza.

Un mensaje, entiendo, conmovedoramente realista y por ello tan inteligentemente  desconcertante.

No hay impostura en esta novelita que ha sabido estrujarme lo que me queda de alma, y sí que ha despertado en mi cerebro inquietantes alarmas exigiendo respuestas.

Un título, en definitiva, que pide a gritos su vindicación.

La próxima novela de Carlos Álvarez –que es autor de una pequeña pero extraordinaria novela histórica ambientada en Canarias, La pluma del arcángel (Premio de Novela Benito Pérez Armas) y guionista junto a Antonio J. Betancor de la película Mararía, más que correcta adaptación cinematográfica de la novela de Rafael Arozarena– será Beatriz de Bobadilla, Señora de Gomera y Fierro.

Como lector solo puedo decir que espero expectante su interpretación sobre esta fabulosa mujer que, por celos de una reina, fue, efectivamente, señora de Gomera y Fierro.

Saludos, aún recuerdo aquellos viejos tiempos…, desde este lado del ordenador.

 

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