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PSICOLOGÍA. Con las maletas en la mano. Por José Oriol Rojas Martín

Resulta inquietante el reflejo de los pasajeros en los suelos acristalados de los aeropuertos. Parecen negativos de sus protagonistas que transcurrieran achatados a ras del  suelo. Casi espíritus fugitivos con sus propias historias y destinos, hechas para denunciar que  la cualidad íntima y fundamental  de sus amos, es su naturaleza viajera.

Durante años la vocación de cambio de los seres humanos ha sido ocultada en el armario de los dogmas y la disciplina y ha llegado a convertiste en esa especie de bestia temible, que los colegios «pagos»  se han encargado de domesticar. Ser bien educado era ser convencional, conservador, predecible y contumaz.

Educados hemos llegado a convertirnos en seres de alas muy cortas, pies de plomo y un hambre desmesurada por el vuelo. Y de ahí, la fascinación por los aeropuertos, las estaciones de tren y las maletas, pero solo como un vestigio doméstico y aplacado, de nuestras verdaderas inquietudes, que más nos ilusionan y nos dejan satisfechos, como quien destapa el caldero de un guiso extraordinario, para regresar luego a su enjuague cotidiano.

Afortunadamente, ahora la capacidad de cambio y transformación han alcanzado mucha notoriedad en nuestro mundo inestable, llegando a ser cualidades muy valoradas en la empresa y en la vida cotidiana. Donde se nos pide también recuperar esa virtud, para afrontar los nuevos problemas, como los modelos de  pareja, las clases de familia o el uso del tiempo libre

Pero… ¿qué es cambiar? y en todo caso, ¿cómo se hace? De hecho «cambiar», que es parte de la naturaleza humana, ha llegado a convertirse en una proeza titánica por los efectos que la cultura ha ejercido sobre nosotros. Entre otros, los siguientes:

El primero, es que durante muchos años se ha empeñado en hacernos ver objetos estables y permanencia donde siempre ha habido cambio e inestabilidad. Nos ha hecho creer que solo es real  lo que está dado y es estático: los bancos, los edificios, las farolas, lo que permanece y lo que queda. Nos ha impedido ver al perrito de la señora que sale por la puerta, el lazo azul que se deshace en los cabellos de la niña, una mochila naranja que cae al suelo y los sorbos que dan al café dos policías.

Todo lo que está en transformación ha estado oculto y ahora hemos empezado descubrirlo.

En segundo lugar, una guía breve para viajeros inexpertos, debería señalar la necesidad de mantener una relación amistosa con las cosas, y dejar atrás esa obsesión cultural  por la propiedad, o el dominio. No es lo mismo decir, mi mujer, mi trabajo, o estoy cómodo, que decir, la compañera, lo que hago  o estoy cómodo por ahora.  Al fin y al cabo sentirse propietario indefinido de algo es una ficción, que las circunstancias siempre  echan por tierra. Tú mujer te acaba abandonando, y por tanto no era tuya. Te despiden de tú trabajo, luego solo trabajabas allí, y  eso de estar cómodo nunca dura mucho y si dura, te duele y dejas de estarlo.

En general las relaciones de amistad son más sanas que las de propiedad ya que suponen un acuerdo entre las partes, un negociar para que las cosas funcionen y por tanto, cierta provisionalidad. Dicho más claramente, para cambiar, lo primero es considerarse un inquilino o un usufructuario de las cosas, considerar que todo lo demás es el artilugio que hemos inventado para sentirnos seguros y acallar el miedo,  que se ha venido a llamar «apego».

El tercer gran paso para recuperar la virtud del cambio es, por tanto, mejorar nuestra relación con la incertidumbre y con el miedo. Aprender a no estar tan seguro de las cosas, sin sufrir demasiado no es fácil, dado que este es otro de los condicionantes de nuestra cultura, que ha dedicado todos sus esfuerzos a la seguridad y la anestesia, muy distinta de la cultura y el pensamiento de los navegantes normandos o portugueses, que les facultaba  para aventurarse en lo incierto.  Como ellos habrá que recuperar el gusto por la incertidumbre y de paso hacer del miedo un aliado estimulante para los sentidos y no ese veneno paralizante e inapropiado, que se nos hizo creer.

Las cosas importantes deben ser dichas con poesía o con música porque tanto la una como la otra alcanzan directamente al corazón, del pensamiento, así que invito a ponerle música al texto de Luis Eduardo Aute para declamar la tesis última que vengo a defender: «Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento, que el pensamiento es estar siempre de paso, de paso, de paso».

www.oriolrojas.com

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