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EL UNGÜENTO. Pactos de silencio. Por Guillermo Núñez

Vi hace unos días en TV a una “madre coraje” que había luchado durante veintitrés años contra viento y marea para que se reconociera por la Justicia que el estado de incapacidad permanente de su hijo había sido consecuencia de una negligencia médica con ocasión de una simple operación de cirugía estética a la que se había sometido. Su último recurso, después de haber sido desahuciada de su vivienda y condenada en diversas instancias por su tozudez, fue plantarse en la calle con su marido y su hijo discapacitado bajo la protección de la ciudadanía y de una simple caseta de campaña. Después de casi un año de permanencia en la calle, un médico que había participado como ayudante en la intervención quirúrgica de su hijo, decidió por fin romper el pacto de silencio que asumió en su momento y declarar ante la Justicia la verdad: la discapacidad profunda y permanente de aquel hombre fue consecuencia de un acto irresponsable del anestesista que se ausentó del quirófano en plena operación y provocó con ello ese lamentable y terrible resultado.

Mientras duró su larga lucha por la Justicia, el espíritu de esta mujer estuvo marcado por el ímpetu que es inherente a todos aquellos y aquellas que piensan que las batallas por la libertad y la Justicia no tienen precio, es decir, no pueden ser valoradas en función del dinero, pues lo que se persigue en suma es la preservación de la dignidad de las personas por arriba de cualquier otra consideración. Quizás por esto, una vez restablecida la verdad, nuestra “madre coraje”, después de tantos años de lucha y esfuerzo, estaba abatida y triste por haber aceptado de las compañías aseguradoras una indemnización de un millón de euros como condición para que cesara de futuras reclamaciones frente a la Clínica y a los responsables de la injusticia cometida. El entrevistador trataba de calmar su llanto y le recordaba que ella era una mujer ejemplar, que había demostrado de manera inigualable lo que es capaz de hacer una madre por su hijo cuando el mismo es víctima de una injusticia. Pero ello no era consuelo suficiente. Se arrepentía en lo más profundo de su alma de haber zanjado el asunto aceptando el dinero de la indemnización, permitiendo que los culpables de la injusticia no “pagaran” de verdad por la negligencia cometida.

En la entrevista, se veían imágenes de la “madre coraje” mientras trataba de lograr el reconocimiento de la injusticia cometida. Su cara era la expresión genuina de la que sabe que lucha porque prevalezca la verdad sobre la mentira y la dignidad sobre el sometimiento y la opresión del poder. Pero ahora, en el presente, su cara ya no lucía esa misma expresión de fuerza y empuje ilimitado, capaz de superar cualquier obstáculo que pudiera interponerse en su camino. Sin duda, se le veía triste, apagada y más envejecida. En su camino se había interpuesto Don dinero y no se perdonaba haber sucumbido finalmente a la realidad de que casi todo en esta vida está dominado por ese poderoso caballero.

Pienso en esa interminable sucesión de “pactos de silencio” que a diario se producen en la vida cotidiana a fin de ocultar la verdad y burlar la Justicia. Pienso en los periodistas que no cuentan la verdad o que la cuentan en función del interés de quien les paga; pienso en los profesores universitarios que forman parte de Tribunales de selección de otros profesores y cínicamente votan a favor del que menos méritos tiene porque se deben a las decisiones que por ellos toman sus “maestros”; pienso, en fin, en la cobardía generalizada que se ha instalado en nuestra sociedad a la hora de defender la Justicia. No estaría de más que cada uno hiciera balance de los “pactos de silencio” en los que ha participado, pues tal vez ello sería condición necesaria para empezar a superar la auténtica crisis que nos invade.

Guillermo Núñez

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  • «La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces». El dinero en este caso es un fruto amargo puesto que las circunstancias han puesto precio a su dolor. Le ayudará a remontar el día pero a derrumbarse de noche.