Marisol Ayala

El niño de la playa. Por Marisol Ayala

Cuando lo conocí no tenía más de cuatro o cinco años. Le vamos a llamar Rafa. A principio de los noventa su cara, su historia, su drama, ocuparon durante todo un verano páginas y páginas de la prensa local. No eran tiempos de la televisión del suceso porque de haber sido así, el caso de Rafa hubiera tenido repercusión en esos medios. Yo hacía entonces la crónica de sucesos y el periodismo social, tan denostado hoy a pesar de su incuestionable necesidad.

Pasó que un guardia municipal de Gran Canaria durante un ronda nocturna por una zona turística de la isla entró a un bar y se tropezó, sentado en la puerta adormilado, a un niño, a Rafi. El policía municipal que no tenía hijos movió cielo y tierra para tratar de localizar a los padres del chico, dando por hecho que se trataría de una pareja joven que tal vez habían tomado una copa de más y estaban en las cercanías. Nada. Pasaban las horas y no aparecían, al mismo tiempo que el pequeño lloraba de frío y de miedo. Conocí al policía y en este renglón puedo adelantar que se trataba de una persona que imponía por su uniforme y su colosal poderío físico, alto y fuerte, de voz grave. Aunque eran tiempos en los que la buena voluntad estaba permanentemente bajo sospecha el policía viendo como llegaba la madrugada decidió llevarse al pequeño a casa a pasar la noche, darle de cenar, acostarlo y al día siguiente seguir en la búsqueda de sus desalmados papás. Pero la prensa, ¡ay la prensa!, se hizo eco de la noticia y lo que hubiera quedado en una historia humana de generosidad alcanzó otra dimensión. Los jueces de menores al conocer el caso se pronunciaron y dictaron el ingreso del niño en un centro de acogida mientras los padres seguían sin ser localizados hasta que alguien los halló en otra isla haciéndoles ver que habían cometido un delito de abandono algo que tal vez iba a suponer la pérdida de la custodia de su hijo. Finalmente después de un debate social importante y largo en los medios, la justicia decidió que no eran ellos los mejores padres del mundo, que venían precedidos de otros abandonos, entre ellos, haber viajado a otra isla sin importante el paradero de Rafa.

El niño fue solicitado por el policía Local y su esposa en adopción y su petición se tuvo en cuenta. Recuerdo, porque en casa guardo fotos de ese día, que cuando Rafa cumplió años le llevamos a casa una hermosa tarta con vela incluida. Ahí acabó la historia de Rafa o al menos ahí, en casa de sus nuevos padres, acabó para mí el caso del niño. Lo había borrado de mi mente… hasta hace aproximadamente un par de meses.

“Hola…soy Rafi… ¿te acuerdas de mí…?. “Ni idea, ¿de qué…?”, pregunté sorprendida. “Ahora tengo 26 años y fotos en las que tú me tienes en brazos… ¿no te acuerdas?”. No entendía nada y mi curiosidad era grande. Aquel día a través de las redes sociales comunicamos un rato; fue una madrugada. Me reveló su identidad. Se trataba de aquel niño que en su infancia había sido abandonado en un bar de la playa y que hoy, me dijo, vive su vida como quiere, fuera de España. Me emocionó su generosidad, su memoria y su gratitud. Ambos nos dedicamos palabras de cariño, de mucho afecto, de recuerdo a sus padres que ya han muerto. Lástima. Mi joven amigo se sorprendió cuando le conté detalles de los días convulsos de sus cuatro añitos como por ejemplo, la tarta, los regalos de su cumple, las fotos de la celebración, como era su casa, en que barrio vivía… Me dejó sus datos y yo los míos y quedó en llamarme porque le dije que tenía ganas de darle un abrazo, pero de la misma forma que se asomó a mi vida, sigilosamente, se ha ido. Lo llamo y no atiende mi llamada… tal vez esté huyendo de un pasado que no le gusta o de unos recuerdos que le dañan. De sus padres biológicos, me dijo, no supo más.

Etiquetas

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario