Sin categorizar

CORTO… Y CAMBIO. Daños colaterales. Por Carmen Ruano

Nos hemos pasado todo el fin de semana viendo, una y otra vez, cómo dos aviones impactaban contra las torres gemelas de Nueva York y la tragedia que se desarrolló a continuación. Pero no teman, no voy a endilgarles un sesudo artículo sobre el terrorismo internacional, sino sobre los daños colaterales que ese atentado tuvo para la vida que se desarrollaba plácidamente para el resto de los mortales. De golpe y porrazo las restricciones para volar fueron de tal calibre que ya no he vuelto a casa, después de un viaje gastronómico por La Rioja, con la mochila llena de embutidos, botellas de vino, orejas de cerdo, queso y cuantas tentaciones gastronómicas se me ponían a tiro de piedra y de cartera. Ya no he vuelto a pelearme con la azafata que intentaba, hasta que le mostré el contenido, que facturara la mochila, que aromatizó el vuelo a Tenerife de tal manera que en cuanto llegamos a casa echamos mano del cuchillo y el chorizo casi pasa a ser historia.

Es cierto que aún podemos traficar con delicias gastronómicas, pero envasadas al vacío, camufladas en la maleta junto a la ropa sucia y los zapatos, la guía y la bolsa de aseo. Mi cuñada, hace una semana, me trajo de Andalucía una botella de aceite que pudo comprar en el aeropuerto a precio de oro y de un tamaño tan minúsculo que pensé ponerme dos gotas tras las orejas, como se hacía antes con los perfumes caros. El vino, ni olerlo. Recuerdo haber abandonado unas bodegas de la Ribera del Duero con lágrimas en los ojos mientras otros turistas, que no necesitaban volar en avión para regresar a casa, cargaban con una caja de botellas para pimplárselas en mejor ocasión y en buena compañía.

Qué tiempos aquellos cuando estudiaba en Madrid y, al regreso de las vacaciones, cuatro amigas, cada una de una comunidad autónoma distinta –aunque por aquella época se llamaban regiones y la democracia aún estaba a la vuelta de la esquina- nos dábamos un festín con el cargamento culinario que nuestras madres habían metido en las bolsas: queso, embutidos, alubias, verduras, gofio, mojos. Si ahora intentara pasar un control con una lata de gofio y dos botes de mojo acabaría en una prisión de alta seguridad acusada de tráfico de estupefacientes en el mejor de los casos; en el peor, sería considerada una terrorista, como si con un bote de mojo rojo pudiera amenazar al piloto y disuadirlo de estamparse contra la torre de Cabo Llanos al grito de ¡ojo, que pica mucho!

cruanovillalba@gmail.com

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario