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BABILONIA EN GUAGUA. San Elvis del Presley de todos los Santos

«Me siento solo». Elvis Presley, después de su último concierto 26 junio 1977, Indianápolis.

En estos días azules del plácido mes de agosto, recordamos en nuestro magnífico blogoferoz que hace ya 34 años que Elvis Presley dejó la vida pública para siempre. Unos dicen que murió aquel 16 de agosto de 1977 y otros, nuestros amigos de la nave del misterio, que sigue por alguna de las islas del archipiélago de Hawaii retirado de una vida tan poco agradecida. Nota complementaria conspiranóica: posiblemente con Michael Jackson su yerno,  últimamente blanco de todas las sospechas. Bueno, blanco, no literal sino quirúrgico y como figura literaria. Aclaramos: el segundo, no el primero.

Resulta curioso como la lucha por salir de aquel turbio pueblo sureño americano, fue lo que le dio la chispa de genialidad que perdió cuando se apoltronó en su puesto. ¿Se hizo Elvis funcionario del rock? No lo sabemos. Aunque visto lo visto, si no fue  funcionario igual pudo ser nombrado personal de confianza o alguno de esos puestos similares y generadores de amplias panzas y camisas desbotonadas de marca que dejan marca en la panza marsupialesca.

El ascenso a la fama y gloria de Elvis Presley comenzó en un cuarto de grabaciones de la Sun Records en el año 1954 y acabó en 1958, en el cuarto de baño de algún aeropuerto norteamericano, momentos antes de que el padre estado (o “tito” Sam) lo llamara a su regazo para someterlo a un retiro espiritual de depuración comportamental y degustación de un dulce alienamiento social en forma de disciplina castrense.

En tal caso la vida de Elvis Presley, al igual que la de la gran mayoría de los humanos es la consecución de la fábula del nacimiento de una estrella y el ocaso de un pelele. Un pelele voluntario al vicio de turno: al capital, a las drogas, a las faldas o pantalones según sea el caso y/o género, al sedentarismo, al pasotismo como bandera (no ondeante al viento porque el mástil pesa un fleje) y a la indolencia. Entregando, como no podría ser de otra manera, su existencia al mecenas de turno. Este mecenas, en cualquiera de sus formas: desde un manager venido a menos, hasta uno impersonal como pudiera ser el Estado, es el encargado de libar nuestro néctar más preciado hasta sucumbir a un estado catatónico donde todo lo aceptamos. Aceptamos incluso hasta perder nuestra libertad, nuestro primer y último estado natural, a cambio de la tranquilidad o el consabido: “no me comas la oreja”, “aquí vamos escapando” o “deja ver, yo estoy tranquilito”.

Bueno pues de tanto hablar de Elvis, me está entrando hambre musical y ya puestos voy a pinchar una moneda de 5 duros en la gramola (Nota para alumnos de la ESO: lo anterior no tiene traducción, y aunque la tuviera hay que imaginarse un… bah!.. un rollo, pinten círculos de colores con espirales).
Yo voy a elegir… a ver… Money Honey, con todos ustedes: Elvis Presley (gritos entre el respetable):

“You know, the landlord rang
my front door bell.
I let it ring for a long, long spell.
I went to the window….”

Buenos días, y por si no volvemos a vernos: Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

Gustavo Reneses

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