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La tele que nos espera
Recuerdo cuando comenzaron a aparecer lo que en aquel momento se denominaban “televisiones privadas” -hoy alguna celebra aniversario-. Con la ilusión que alberga un niño el día de Reyes, deseaba fervientemente que estas aportaran a la sociedad contenidos de calidad que nos hicieran más cultos, más plurales, mejor informados etc., Eran momentos en los que habíamos pasado del blanco y negro al color, de la tecla en el televisor al mando a distancia, de estar sentado en la silla de formica al sofá de skay. Eran momentos felices de apertura hacia el exterior, de recibir otras influencias, otras formas de vivir, de ser, de existir -aunque sólo fuesen a través de la pequeña pantalla- que hasta el momento nos habían estado vedadas por la dictadura de Panchito.
Pronto nos dimos cuenta - por lo menos algunos- que los tiros no iban por ahí, que habíamos errado en la puntería, que lo que pretendía ser una mira telescópica de gran alcance se convertiría con el paso de los días en el punto de mira desenfocado de una mala escopeta de feria. La bisoñez del principio no nos permitió caer en la cuenta que el arco iris que se abría ante nuestros ojos más tenía que ver con el color de las plumas adheridas al espléndido trasero de las mamachichos, que con la tan ansiada programación de calidad e independencia que muchos añorábamos.
De aquellos barros, estos lodos, con el tiempo y la evolución natural de aquella televisión importada de la factoría berlusconiana -fiel reflejo del personaje que la tutela-, hemos pasado a la ralea de contenidos transgresores, que devalúan, perjudican, empobrecen, etc., la mente, tanto del que está a un lado como al otro de la caja tonta.
Como setas han ido surgiendo supuestos programas y personajillos de todo pelaje, perfectamente captados y creados por esta rancia factoría, de la que se llegan a avergonzar hasta los propios integrantes. Del culo y la teta inicial, hemos pasado al pedo, caca, mierda y pis. Amparados en que la supuesta audiencia es la que manda -hablaremos otro día de esta poco rigurosa forma de medir adeptos- van cada día dando una vuelta a la rosca de la tuerca de la podredumbre esperpéntica.
Del sujeto pasivo tallado y formado no me preocupo ni lo defiendo, pero sí de la mente del menor fácilmente permeable a este tipo de basura contaminante, que no respeta franja horaria alguna. De esos niños de los que esperamos que el día de mañana estén mejor formados, mejor informados, más educados que lo que estuvieron sus ancestros; sí me preocupo y mucho. Si ansiamos una sociedad más equilibrada, más justa, mejor repartida, no podemos permitir que esta pandemia de vulgares personajes tengan la menor posibilidad de contaminar la belleza de la inocente mente de un menor.
Nuestros hijos deben estar mejor protegidos, mejor aislados de lo que algunos pretenden vender como parte de la sociedad o suciedad. Aquí no vale todo, el paraguas de la libertad de expresión no ampara los más bajos instintos de las personas. No podemos darle carta de normalidad a lo que no lo es. Hay líneas rojas que no deben cruzarse, amparándose en audiencias, en preferencias o en la puta que los parió. Estos personajillos no pueden ser referencia o ídolos a imitar para nuestros hijos, que aún no son capaces de distinguir la paja del trigo. El estado y los padres tienen la obligación de protegerlos.
Desde aquí insto a sus señorías, miembros y miembras de los gobiernos central y autonómicos a que pierdan el acojone a este tipo de medios audiovisuales y hagan efectiva la primacía que tiene el derecho que los menores tienen a crecer en libertad y diversidad; pero de calidad. Zapatero, educar para la ciudadanía es también poner a cada uno en su sitio. Insto también a los generadores de este tipo de contenidos a que, a base de trabajo, dedicación, profesionalidad, creatividad e imaginación, cambien el tercio y hagan una reflexión seria acerca de a dónde queremos ir y de qué forma. El éxito y la audiencia no justifican nada.