Trichet, el del Banco Central Europeo; MAFO, el del Banco de España; Rajoy el del PP y no digamos el inefable Díaz Ferrán, de la CEOE; en compañía de una larga legión de enterados, acosan al gobierno de España reclamándole que reforme el mercado laboral.
Eso de “reforma del mercado laboral” no es más que un eufemismo. Lo que pretenden, se resume con toda facilidad. Lo que quieren estos neoliberales es que los trabajadores y las trabajadoras reduzcan todavía más sus magros ingresos y que las empresas puedan prescindir del personal que quieran, y cuando quieran, sin mayor problema. En definitiva, lo mismo que está pasando hasta ahora, pero todavía más fácil, que les cueste todavía menos.
Y siempre es el mismo cuento. Que las empresas son las creadoras de empleo y que hay que protegerlas, porque así se favorece a la sociedad en general.
Todo esto viene de un criterio equivocado. Nuestro sistema se basa en la idea de que la empresa es el bien supremo y que la sociedad debe estar a su servicio. Y que, por ello, las personas que trabajan son desechables, de “usar y tirar”. Cuando te necesito, te cojo, te saco el jugo, me lucro con tu trabajo y, después, al primer signo desfavorable, te arrojo a la calle. Y, además, cuanto más barato me salga, mejor.
Y con esto, además, tienen una excelente arma de disciplina laboral. Porque, claro, cuando alguien se siente explotado, mal pagado, mal tratado, antes de quejarse, se lo pensará mucho, porque sabe que en la siguiente remesa de enviados al paro puede estar su nombre.
Esto lo repetimos una y otra vez cuatro visionarios que poco tenemos que hacer frente a la autoridad que se arrogan los tecnócratas y especialistas altivos que ponen su prestigio al servicio de la empresa explotadora.
Pero, mira tú por donde. Hoy me encuentro que dos especialistas, nada menos que Lourdes Benería, profesora de Economía en la Universidad de Cornell y Carmen Sarasúa, profesora de Historia Económica en la Universidad Autónoma de Barcelona dicen lo mismo que este humilde servidor.
Les sugiero buscar este artículo. “La culpa del paro es de los trabajadores” firmado por estas especialistas en EL PAÍS y, en todo caso, me permito copiar el párrafo final:
“Si las empresas fueran más democráticas, los trabajadores podrían negociar y sugerir cambios sin tener que depender del Estado para proteger su empleo y su salario. Las directivas de organizaciones como la OIT son también un punto de partida para un mundo laboral más justo. Si dejamos de considerar aceptables las desigualdades brutales, si dejamos de aceptar que los salarios reflejan lo que vale nuestro trabajo, si presionamos como ciudadanos para que nuestros gobiernos asuman el objetivo político de un trabajo digno para todos, esta crisis se habrá convertido en oportunidad. En todo caso, estos esfuerzos deberán incluir el objetivo de reconstruir una teoría económica fosilizada”.
Sabias palabras. Oiga. Pues algo de razón tenía yo. Qué alivio.
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ACTUALIDAD, Juan Martín Vega
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