La gran paradoja
Tenemos casas más grandes, pero familias más pequeñas; más comodidades pero menos tiempo. Tenemos más títulos, pero menos sentido común; más conocimientos, pero menos juicio; más medicinas, pero menos salud. Hemos ido a La Luna y hemos vuelto, pero nos cuesta cruzar la calle para conocer a los nuevos vecinos.
Hemos construido ordenadores que almacenan más información y producir más ejemplares que nunca, pero gozamos de menos comunicación. Nos hemos excedido en cantidad, quedándonos cortos en calidad. Es la era de la comida rápida y la digestión lenta; de los hombres altos pero de carácter enano; de los grandes beneficios pero las relaciones superficiales. Es la era en que hay mucho en el escaparate, pero nada en la habitación.
Esta es la paradoja de nuestra era según el actual Dalai Lama. En un mundo cada vez más globalizado, la tendencia al mimetismo es de unas proporciones a la velocidad de la luz. Los peores valores de las sociedades de referencia, como pueden ser los Estados Unidos de América, se toman como ejemplo por los países en vías de desarrollo. También, en países sin una ética global asentada. Creer, por ejemplo, en la escala de los ganadores y los perdedores según las posesiones que administren es una locura de los que pasan el tiempo sin vivir.
Vivir o morir dependiendo del dinero del que disfrutes es una disparatada idea contra la que hay que combatir. Barack Obama está perdiendo puntos en el ‘ranking’ de popularidad por acometer una reforma sanitaria que atienda a los más desfavorecidos. Dudo que me equivoque si digo que se dejará la vida en el empeño. Está luchando contra una arraigada forma de sobrevivir que elige la guerra antes que la diplomacia. Es decir, la muerte antes que la palabra. Y únicamente lo hace por una finalidad concreta: el dinero. Esto puede resultar una obviedad, pero hay cosas que aunque se sepan, se tienen que decir, que reflexionar.
En nuestra sociedad hay muchos valores que cambiar y muchos a los que aferrarse. Pero, para bien o para mal, los valores en la vida no se imponen; se eligen de manera unipersonal. Lo que sí es cierto es que se transmiten de un lugar a otro, generación tras generación. Los tres negocios más rentables hoy en día son la fabricación de armas, el tráfico de drogas y el dinero que genera el negocio del sexo. ¿No se debería iniciar una ola mundial que cambiara algo de todo esto? En ocasiones, como comentaba hace un instante, se pasa el tiempo sin vivir. Me deprime quien es incapaz de reflexionar mínimamente sobre cómo transcurre la existencia a su alrededor. Vamos, el que va a lo suyo.
Por el contrario, me apasionan las mentes maravillosas, aquellas que desde su lugar, cualquiera que sea este, procura un devenir mejor. Lejos de hacer fortuna. Muy lejos de caer en la tentación de corromper su alma. A esos entre todos deberíamos de encumbrarlos en lugar de apisonarlos por ir en contra de un sistema perverso. Y aquí mismo, en Canarias, ocurre mucho de esto.
Hoy los líderes de nuestra sociedad son los que más ganan o los que más tienen: el escaparate al que se refería el Dalai Lama. Pero la cabeza, la habitación, está vacía. No conocemos humanistas a seguir, únicamente parece que perseguimos la fortuna de ídolos de barro puestos en el pedestal por la fortuna que generan. Simplemente, hoy me ha dado por intentar poner de manifiesto que vamos por mal camino y que no hay voces lo suficientemente respetadas para poner de manifiesto el más mínimo cambio.
Podemos no hacer absolutamente nada al respecto. Es lícito. Pero al menos miremos hacia los lados o hacia nuestra propia casa y démonos cuenta que estamos siguiendo una inercia bastante necia e imprecisa. Sin ninguna intención de mejorar en absoluto. Con este escrito, un tanto metafísico, intento aprovechar un tiempo de crisis para sopesar en la balanza si nuestra egoísta y estúpida manera de vivir no ha sido la verdadera causa de que ahora estemos como estamos: perdidos. Amén.
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