FIRMAS

OPINIÓN | El canario en la mina | El barrio malo | Nilo García

Quiero compartirlo en redes

He descubierto, no sin cierto pesar, que el alcalde de Santa Cruz de Tenerife y yo tenemos gustos muy diferentes. Por más que lo intento, no le veo la gracia al “monumento a Franco”, que a él parece gustarle tanto. Qué quiere que le diga, a mí me parece una estatua fea y deprimente. Me hace recordar una época en blanco y negro, de niños descalzos, miradas extraviadas y mujeres en casa con la pata quebrada.

Pero no tema, amable lector o lectora, no voy a darle la matraca con la memoria histórica o el catálogo de vestigios franquistas. El empecinamiento del señor Bermúdez por mantener la estatua no tiene nada que ver con una diferencia de trato a Santa Cruz ni con quién tiene razón al aplicar no sé qué norma. Ya lo dijo un tipo llamado Ockham: la explicación más simple es la más probable. Y la explicación más simple es que existe una afinidad personal del señor Bermúdez por la simbología franquista.

Porque, vamos a ver, el argumento del valor artístico no se sostiene. No por que nos pueda gustar más o menos (para gustos, colores), sino porque es un monumento “político”, que fue contratado por un político (Gobernador Civil) con un fin político (homenajear al general Franco, a la sazón dictador en ejercicio). Es decir, que el valor artístico que cada uno le quiera dar siempre será un subproducto de su intención política, incluso desconociendo la historia del monumento.

El valor histórico también me parece dudoso, pero, por no discutir, se podría poner la estatua en un museo. Lo digo por devolver a su estado original, anterior a 1966, esa esquina de la Rambla con la avenida de Anaga. Y porque, en pleno siglo XXI, a lo mejor no hay necesidad ninguna (como decía mi abuela) de seguir homenajeando públicamente al antiguo dictador. Eso no es “reescribir la Historia”, solo es dejar de rendirle tributo público a ese señor. Sin acritud.

Mi humilde sugerencia, señor Bermúdez, es que haga de tripas corazón, deje de marear la perdiz con triquiñuelas burocráticas, y envíe una grúa con un par de operarios municipales a desmontar la estatua. No tiene que pedirle permiso a nadie. Una vez que la tenga cargada en el camión, las posibilidades son infinitas: puede enviarla a un almacén a la espera de tiempos peores; puede fondearla en la mar océana desde la punta del muelle; puede cederla a la Fundación Juan de Ávalos, con sede en Mérida (que, dicho sea de paso, la denomina “monumento conmemorativo a la paz”); o puede subastarla al mejor postor.

Incluso le doy otra idea, por si le cuesta renunciar a su filia, que me parece francamente buena (perdón por la inmodestia): puede urbanizar una parcela de titularidad municipal, ponerles nombres franquistas a las calles, e instalar el monumento en cualquier esquina. Como el famoso “banco malo”, pero en barrio. El nombre de ese “barrio malo”, o bueno para usted, ya es cosa suya.

Publicidad

Consejería Bienestar Social

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

La Gente del Medio

Publicidad

Página Web Corporativa

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Objetivo La Luna (Programa Radio)

Publicidad

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

Compras

El Mundo que conocimos (Radio)

Donaccion (Programa de Televisión)

Sentir Canario Radio

Webserie Laguneros (Youtube)

Webserie Laguneros Emprendedores

Prensa Digital

Publicidad

Homenaje al Grupo XDC

Publicidad