FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Tierras raras, mentiras comunes | Francisco Pomares

Fuerteventura.
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Fuerteventura siempre ha sido un extraordinario depósito de materiales minerales: durante años se especuló con la presencia en la isla de coltán, una roca muy demandada para fabricar baterías cada vez más pequeñas. Hay quien asegura que el Gobierno español investigó la existencia de yacimientos, pero es dudoso: el interés por la minería del Gobierno español desapareció mucho antes de que se disparara la demanda de coltán en el mundo. Sin embargo, sí se llevó a cabo una investigación universitaria, realizada en el marco de proyectos financiados por los Gobiernos de España y de Canarias, capitaneada por los profesores José Mangas, catedrático y miembro del Instituto de Oceanografía y Cambio Global de la ULPGC, y Jorge Méndez, profesor del Departamento de Física de la ULL. No iba sobre el coltán, pero logró demostrar hace tres años la existencia de tierras raras en Fuerteventura.

Las tierras raras –denominación que agrupa a 17 elementos de la tabla periódica, 14 de ellos del grupo de los lantánidos- se encuentran repartidas por todo el planeta, presentes en otros minerales, normalmente en concentraciones tan escasas –alrededor de 100 gramos por tonelada- que hacen económica y ecológicamente inviable su explotación, por la enorme cantidad de material desechado que producirían. En la actualidad el 90 por ciento de la producción mundial está concentrada en una única mina de Mongolia Interior, en China, con vetas que contienen las mayores concentraciones de tierras raras hasta ahora conocidas, de hasta sesenta kilos por tonelada. Desde hace quince años y en el contexto de represalias políticas a Japón y de su guerra comercial con EEUU, China mantiene férreamente el control de las exportaciones, a las que ha impuesto aranceles muy elevados, que han disparado los precios. Las tierras raras encontradas en Fuerteventura parecen ser las segundas con más valor del mundo, con concentraciones muy elevadas, de hasta 8.200 partes por millón. Son más de ocho kilos por tonelada, mucho más de las que se supone pueden existir en las costras de hierro manganeso que se encuentran en las sea mountain cercanas a Canarias, como el monte Tropic, o en las localizadas por investigadores japoneses en lodos submarinos en el Pacífico, que en las mejores catas, se mueven muy por debajo de los cinco kilos por tonelada, frente a los más de ocho de Fuerteventura.

La existencia de minerales susceptibles de contener altas concentraciones de tierras raras supone una excelente noticia: desde el punto de vista científico, amplia enormemente las expectativas de realizar ciencia básica en el archipiélago, desde una perspectiva económica plantea la posibilidad de una futura explotación rentable de materiales minerales de extraordinario valor económico, sin los que es imposible el desarrollo de la economía verde y las tecnologías de la comunicación, y desde un punto de vista político reduce la dependencia occidental de un material estratégico que controla China.

Pero aquí hemos vuelto a hacer lo de siempre: negarnos siquiera a saber si lo que hay tiene el valor que parece. Y esta vez hemos sobrepasado el nivel de ignorancia que acompañó la oposición a la investigación sobre reservas submarinas de petróleo, que capitaneó el propio Gobierno de Paulino Rivero, y que ahora explota Marruecos. Está vez, hemos entrado sin prejuicios en el terreno de la mentira. Porque es cierto que la explotación minera de tierras raras es contaminante, como lo son todas las industrias. La ausencia de escrúpulos de China en materias ambiental se usa como ejemplo de los daños que podría ocasionar la explotación de tierras raras. Es un ejemplo perverso: cualquier industria china, sea de procesado de pescado, fabricación de circuitos o de textiles, es muy contaminante. Pero estamos en Europa, aquí las leyes no permiten actuar como en China.

Aún así, se nos presenta la investigación como muy dañina para el hábitat de la isla. Es falso. Se ha dicho que la investigación librará radioactividad. Es absolutamente falso. Que provocará masivos movimientos de tierras y destruirá el paisaje majorero. Todo eso es mentira: las catas que se denuncian como destructivas se realizan con un taladro con una broca de 8 cm, y el tamaño de una concretera de cemento. Es ridículo plantear que catas de 8 cm perjudicaran el hábitat de la isla o afectaran a su paisaje.

Pero ya no hay vuelta atrás, la falsedad y la estupidez se han puesto en marcha, y Canarias perderá probablemente otra opción de incorporar una actividad industrial a su modelo económico. El Cabildo y todos los ayuntamientos se oponen a la investigación, y los partidos locales se han pasado por el arco de triunfo el acuerdo que esos mismos partidos suscribieron en el Parlamento apostando por la investigación sobre unos materiales sin los que la transición ecológica es completamente imposible. Aquí nos tragamos hasta la última mentira.

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