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OPINIÓN | Egipto: competidor, pero un poco menos | Momo Marrero

Templo de Karkak | Foto: Momo Marrero

Con motivo de la celebración del LXVIII Congreso FIJET organizado por la Federación Internacional de Periodistas y Escritores de Turismo hace apenas unos días, tuve la oportunidad de volver al que sin duda es uno de los países más hermosos e interesantes que se pueden visitar y uno de mis destinos favoritos, Egipto.

Coincidimos en el evento más de 250 profesionales de 34 países para debatir sobre periodismo turístico y las actuales circunstancias del sector. Cabe reseñar que era la primera edición que se organizaba tras la pandemia y el destino era un marco de ensueño para tan señalada celebración. Poder ver y conversar al fin con tantos compañeros y compañeras hacía de este congreso además una cita realmente especial, esperada y deseada.

La organización nos brindó un recorrido por algunos de los más bellos enclaves del país y nos acercó a la riqueza histórica y arquitectónica de un territorio lleno de contrastes y de exquisiteces cromáticas, visuales, olfativas y gustativas.

La primera parte de la estancia transcurrió en la caótica pero apasionante capital del país, El Cairo. Una ciudad de más de veinte millones de habitantes en su área metropolitana, que es atravesada por El Nilo, mayor río del continente africano (el segundo del mundo después del Amazonas) con sus más de 6600 kilómetros. El Cairo es una ciudad excitante, llena de vida, de historia y de contrastes, en la que conviven en aparente armonía barrios de extrema pobreza con megaestructuras arquitectónicas millonarias de reciente construcción. Si bien juzgar a El Cairo por estas disparidades no sería justo, pues forma parte de su propia cultura, su identidad y su idiosincrasia, incluso de su historia y tradición políticas. Una hermosa y multitudinaria ciudad que genera pasiones encontradas, tantas como su incalculable belleza, por lo que para visitarla deberíamos dejar de lado nuestros prejuicios y disfrutar libremente a través de nuestros sentidos; eso sí, armándonos de paciencia y planificando tiempos extra para los traslados, considerando el caos circulatorio.

Las visitas programadas nos llevaron al decadente pero fascinante Museo de las Antigüedades Egipcias, con innumerables tesoros que dicen mucho sobre la grandeza de una civilización. Visita obligada a pesar de que no pudimos ver una de sus joyas más preciadas, el tesoro y la momia de Tutankamón. Cursamos visita también al Museo Nacional de la Civilización Egipcia que fue inaugurado en 2017, aunque oficialmente estrenado en abril de 2021 con el magnífico y publicitado desfile de las momias reales, el llamado Desfile dorado de los faraones, y que forma parte de las nuevas e impactantes infraestructuras culturales y turísticas del país, planificadas para su relanzamiento. Créanme, es absolutamente impactante, tanto por sus dimensiones (casi medio millón de metros cuadrados), como por la magnitud de su contenido expositivo (una colección de más de 500.000 piezas), su historia y la propia belleza de su conjunto. Un lugar cautivador de visita obligada en el que se pueden admirar cronológicamente las momias de faraones del antiguo Egipto (18 reyes y 4 reinas), entre las que destaco a mi idolatrada Hatshepsut. Pero una estancia en El Cairo no es tal si no se visita la necrópolis de Giza, un conjunto magnífico de estructuras arquitectónicas de base piramidal que nos transporta a mil aventuras y nos confirma la magnificencia de esta civilización. Cada vez que visito las tumbas de los faraones Keops, Kefrén y Micerino me reafirmo en la pasión que siento por la cultura faraónica y por este país.

Nuestro siguiente destino fue un crucero por El Nilo partiendo de Asuán y con destino Luxor. En sus distintas paradas pudimos visitar el obelisco inacabado, que nos transporta 3500 años atrás y nos muestra el buen hacer y la capacidad de los antiguos artesanos para construir un obelisco de más de 40 metros y 1200 toneladas de peso, que tuvo que detener su construcción por una fractura en la piedra. También nos acercamos al templo de Filae (no era su ubicación original, pues se trasladó cuidadosamente a esta isla debido a la construcción de la presa de Asuán), uno de mis preferidos, situado en la isla de Agilkia siguiendo el curso del Nilo. Aguas abajo, descubrí Kom Ombo, que se erige majestuosamente a la ribera del río. Y a nuestra llegada a Luxor, tras varios días de plácida navegación, visitamos los majestuosos Colosos de Memnón, construidos en un solo bloque de piedra y que se levantan 18 metros como antesala del complejo funerario de Amenhotep III.

Continuamos nuestra ruta hacia el Valle de los Reyes, una necrópolis magnífica que demuestra la importancia que esta antigua civilización otorgaba al tránsito de la vida a la muerte. De las 63 tumbas horadadas en su ladera caliza se pueden visitar solamente 3 sin recargos, aunque con cargo extra es muy recomendable la visita a la tumba de Tutankamón y Seti I, la mejor conservada y un auténtico espectáculo de extrema belleza pictórica. Posteriormente nos acercamos al singular Templo de Hatshepsut, que se levanta majestuoso y elegante en el valle de Deir el-Bahari, que destaca por su singular disposición en tres terrazas comunicadas entre sí por una rampa ascendente.

Finalizamos nuestro periplo admirando dos de los más hermosos templos: el templo de Luxor, que se levanta espléndido a orillas del Nilo en la que fuera la antigua capital de Egipto, la reconocida Tebas, y que aún conserva la grandeza de su edificación, presidida por un gran obelisco (su gemelo está situado en la plaza de la Concordia de París); y el templo de Karnak, situado a tres kilómetros de distancia, pero unido al anterior por la Avenida de las Esfinges. De él cabe destacar la sala hipóstila, que cuenta con 134 columnas ciclópeas bellamente labradas con jeroglíficos. Muy recomendables los espectáculos nocturnos en ambos templos que compiten con la magia y la belleza de los ofrecidos en las pirámides de Giza o en el templo de la isla Philae.

Pero no puedo terminar este artículo sin hacer una valoración objetiva sobre las debilidades del destino, que lo hacen un poco menos competitivo. Siendo el país un destino único, sería preciso armonizar sus ostentosas construcciones con un estándar de calidad acorde con su belleza, así como mejorar buena parte de los múltiples factores que inciden en la experiencia del cliente y en la cadena de valor de un destino turístico. Su oferta alojativa dista muchísimo de la española o de la turca, lo que les lleva a competir en franca desventaja, siendo éste un gran hándicap que deberán afrontar más temprano que tarde. Lo mismo sucede con los cruceros del Nilo, con naves que se comercializan como 5* y que difícilmente serían calificadas por encima de 3* en los destinos competidores. La mayoría de los elementos que conforman la experiencia en el destino no son las adecuadas, desde la desorganización en la entrada a museos y templos, pasando por las colas interminables, en algunos casos bajo un sol abrasador. Afortunadamente todas estas variables se pueden afrontar y mejorar en un corto espacio de tiempo, lo que permitirá al destino competir en igualdad de condiciones y superar los pírricos 13 millones de visitantes registrados en 2019, según datos de la Organización Mundial del Turismo.