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OPINIÓN | Una realidad por pensar | Adán Suárez

Empezar una conversación haciendo comparaciones, suele resultar aburrido y poco atractivo. Muchas veces, cuando hablamos de la Península y de Canarias, damos por entendidos muchos conceptos como la insularidad y el aislamiento del continente, conceptos que sólo nosotros llegamos a entender.

Cuando visitas la Península y te alejas de los grandes focos de las ciudades, llegas a esa tierra baldía y abandonada; puede que las ideas empiecen a cambiar un poco. Por fortuna, en Canarias, nuestros pueblos están a distancias bastante cortas -salvo que te pille esa cola inexplicable en alguna de las autopistas- y podemos recorrer distintas realidades en un intervalo de tiempo muy breve. La Península es tierra de contrastes y grandes extensiones.

Si estás en un pequeño pueblo de una provincia del norte de la Península, tienes que pensar que si sucede algo, el Hospital más cercano está a varias horas de camino, si esperas una ambulancia o a la policía, el tiempo puede ser interminable; que no tienes cobertura de móvil, que la red de internet más cercana está en un pueblo a varios kilómetros, si quieres comprar ropa o medicamentos te tienes que desplazar en coche, que sólo pasa una guagua al día, …, problemas que hace tiempo quedaron en el olvido de la mayoría de los que vivimos aquí.

Cuando te pones a pensar en las condiciones en las que viven esos pocos ciudadanos, intentas llevarlo a nuestra tierra y hacer una comparación. Hay que ser conscientes que intentar extrapolar las formas de vida, es siempre un ejercicio de autocomplacencia, un pensar por pensar que no aporta nada y nos puede engañar en la percepción.

Que, en este sentido, vivimos en un paraíso: es indudable. Que estamos mejor o peor que ellos, me cuesta a día de hoy, poder dar una respuesta rotunda. Ni lo sé, ni pretendo saberlo. Si quiero fijarme en lo que podemos aprender de esas situaciones, esa capacidad de lucha por no dejar morir su pueblo, ese amor a la tierra y a las artes de sector primario, esa adaptación a los inviernos sin luz, sin agua corriente y aislados por la nieve. Esa resistencia innata, que parece que hemos perdido por estas latitudes.

Luchar por lo nuestro y amar nuestras costumbres, no se tiene que caer en el olvido; tanto esos pueblos de la España vacía, como los nuestros, siguen recibiendo visitantes -por no decir curiosos- que buscan esa realidad, esa fusión con el mundo real y olvidar las falsas comodidades de la ciudad.

Nuestro presente y futuro está ligado al sector turístico, pero siempre cediendo y vendiéndose a los intereses de los que ‘mandan’: Hay que ser capaces de encontrar dentro de nuestro entorno, el espacio para vivir, crecer y desarrollar un amor por las tradiciones y sector primario; ese mismo que nos dará de comer en tiempos de crisis, sin pedir nada a cambio y del que nos olvidamos en tiempos de bonanza por unos pocos euros que vienen de fuera.

El turismo es nuestro motor económico, pero año tras año, gobierno tras gobierno, el modelo sigue siendo el mismo y nunca cambia. En cada crisis -y van unas cuantas- siempre prometen un cambio de rumbo y nuevas ideas para crear trabajo. Fíjense un poco en esos pueblos de la España vacía, a lo mejor captan la esencia de su fortaleza: su gente y las ganas de progresar; pero de una manera meditada, racional y consensuada. Sólo planteo una pregunta: si mañana tuviéramos una huelga de transporte en el continente y la entrada de mercancías fuera casi nula ¿cuánto tiempo aguantaríamos sin desabastecimiento? ¿alguno de nuestros políticos se ha planteado que hay que dar de comer a más de dos millones de canarios? Piénsenlo….

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