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OPINIÓN | El padre, el hijo y el espíritu crítico (relato) | Agustín Gajate Barahona

Foto: autor.

A Benigno no le nació el espíritu crítico ni en las aulas ni en la calle, sino en la cocina, junto a su madre y sin que ella casi se diera cuenta, de manera totalmente involuntaria. De chico apenas comía dos bocados y con el segundo se pasaba una eternidad masticando taciturno, hasta que una vecina  recomendó a la madre que le diera una cerveza para niños, sin alcohol y que se llamaba Maltina, justo una hora antes de las comidas.

Aquel santo remedio le abrió el apetito y desde entonces se pasaba merodeando por la cocina preguntando cuándo podía sentarse en la mesa y empezar a comer. Como todo niño cercano a cumplir su primera década de vida, su única actividad en aquellos tiempos sin televisión ni juguetes, ya que se jugaba en la calle con la imaginación y a veces también con palos, piedras y pañuelos, era importunar a los adultos.

Para que no la retrasara en sus tareas domésticas, la madre comenzó a pedir a Benigno que la ayudara en la cocina, encargándole pequeños trabajos a cambio de probar lo que se cocinaba antes que al resto de la familia. Eso contribuyó a formar en el niño un paladar exquisito, capaz de distinguir todo tipo de sabores y a proponer añadir un poco más de sal o de alguna especia para reforzar el gusto e, incluso opinar sobre dar un poco más cocción al guiso de carne o respecto al punto del arroz.

Los domingos, después de misa, era costumbre en la familia almorzar paella, pero aquel día a la madre no le había dado tiempo a preparar el sofrito ni a hacer el caldo, por lo que llegó a la cocina apurada teniendo que empezar de cero, por lo que invitó a Benigno a que participara en todo el proceso de elaboración y cocinado, propuesta que el niño aceptó con entusiasmo.

Mientras hacía todo lo que su madre le ordenaba, él no paraba de preguntar sobre los ingredientes y su preparación y ella trataba de responderle con sinceridad y con todo el conocimiento de que disponía, procurando que no se acercara ni al fuego ni que utilizara cuchillos. La colaboración resultó fructífera y ambos consiguieron que la paella estuviera en la mesa pocos minutos después de lo que era habitual y con reconocimiento al buen hacer del nuevo ‘pinche’ de la familia.

Lo que había comenzado como una excepción se convirtió en tradición y, desde entonces, todos los domingos madre e hijo preparaban juntos la paella e incluso, unos meses más tarde, el hijo pidió a la madre hacer de cocinero y que ella fuera su ‘pinche’, un reto que ella le dijo que aceptaría encantada en cuanto creciera lo suficiente como para poder manejarse con soltura con sartenes, cazos, cazuelas y las herramientas necesarias por encima del nivel de los fogones y del poyo, ya que apenas levantaba un palmo de esa altura.

Pasaron los años y Benigno creció lo suficiente para cocinar él solo, tanto cuando era necesario como cuando le apetecía, liberando a la madre de la comida de los domingos y de algunos festivos, así como también a diario, cuando tenía vacaciones escolares. Un día de verano, su madre llegó al hogar con un montón de recipientes de plástico de fabricación asiática pero de patente norteamericana (lo que los hacía más novedosos y caros) junto a un libro de recetas de tapa dura, formato grande, ilustrado a todo color y lujosamente encuadernado. Había estado en una reunión de mujeres amas de casa y los había comprado para almacenar mejor la comida sobrante en la nevera y para transportar los alimentos manera individualizada a la oficina donde trabajaba el padre de familia o al colegio de los niños. Aquel libro de recetas era el premio que le correspondía por haberse llevado una colección completa de aquellos ‘mágicos’ recipientes.

Benigno le tenía especial cariño a los libros. No le costaba aprender lo que ponían los que le obligaban a leer en el colegio y disfrutaba con las novelas de Verne, Stevenson, Saint-Exupéry, Scott o Salgari, que le transportaban a lejanos lugares del planeta y a momentos históricos del pasado o le daban acceso a espacios imaginarios que parecían imposibles de llegar a conocer de otro modo. Por eso ‘robó el recetario a su madre mientras ésta se dedicaba a colocar y distribuir los nuevos recipientes por los armarios de la cocina y comenzó a hojearlo.

Contenía medio centenar de recetas, cada una de un país diferente y cuando llegó al capítulo de España se encontró con su tan querida paella. Esperaba que aquella lujosa edición le revelara algún extraño secreto de su plato preferido, un toque sutil o una especia desconocida que lo convirtiera en algo aún más maravilloso de lo que ya era para él. Y, en efecto, allí estaba el milagro, entre los ingredientes: no llevaba aceite de oliva como ellos utilizaban, ni media cabeza de ajos cortados en láminas y dorados por ese aceite tibio como si se tratara de turistas bañándose en las cálidas aguas del Mediterráneo. En su lugar había que hacer el sofrito con mantequilla y echar sólo un escuálido diente de ajo. La sorpresa fue mayúscula y Benigno acudió a su madre:

-“¡Maaah…! El libro que te dieron pone que la paella no lleva aceite de oliva, sino mantequilla, y sólo un diente de ajo, en vez de media cabeza.

– ¡Pues el libro está equivocado! -sentenció la madre sin prestarle la más mínima atención a su hijo, tratando de cuadrar el rompecabezas en el que se había convertido su cocina con los nuevos recipientes.

– ¿Tú me dejarías hacela tal y como dice la receta del libro? -preguntó Benigno.

– ¡Haz lo que quieras! -respondió desinteresada su madre como si hablara con su marido, que habría entendido por el tono que aquella propuesta resultaba inadmisible. Aún así, por si quedara alguna duda, apostilló- Pero no va a quedar bien.

A Benigno le entró la duda, pero tenía cierta inquietud empírica rayando lo científico, o más bien era un cabezota como decía su padre, y para convencerse tenía que comprobar quién tenía razón en aquella desigual batalla entre su obsoleta madre, anquilosada en las labores cotidianas de una familia acomodada a lo incómodo de la escasez y la estrechez, y nada menos que ¡un libro de recetas!

El domingo siguiente decidió hacer la paella siguiendo las instrucciones del libro con toda su ilusión y la esperanza de que, una vez servida en los platos y probada, fuera un éxito y una fuente de elogios familiares por lo acertado de los cambios en los ingredientes. Sin embargo, a medida que la iba elaborando y probando no le gustaba el sabor de lo que debía degustar en vez de disgustar. Pensó que podía echar algo más para mejorarlo, pero todas las combinaciones que pasaban por su cerebro no hacían más que empeorar lo que ya se estaba cocinando. Al final, decidió ser coherente con la receta y llevarla hasta sus últimas consecuencias y asumir la responsabilidad del error, aunque se le pasó por la mente dejarla quemar, pero esa sería una salida más deshonrosa todavía.

Cuando puso la paellera todavía cubierta con papel de estraza sobre la mesa para empezar a servir el arroz ya sabía lo que le esperaba en unos minutos:

– Sabe raro -dijo la hermana más pequeña.

– ¡No me gusta! ¿Qué le has echado? -preguntó el padre.

– ¡Es diferente! -trató de apaciguar los ánimos la madre que, en cuanto la olió, sabía con certeza absoluta lo que había sucedido.

– La hice con los ingredientes del libro de recetas que le dieron a mamá -se excusó cabizbajo Benigno.

– Pues, por favor, ¡no vuelvas a hacerla como dice el libro, sino como siempre se ha hecho en esta casa! -decretó con firmeza el padre, que ordenó a continuación mirando a los más pequeños- Vamos a comerla todos porque no se puede tirar la comida con la cantidad de hambre que hay en el mundo. ¡Eso sería una indecencia! -Exclamó por último horrorizado.

El resto del almuerzo se hizo en silencio, aunque los más pequeños no dejaron de hacerle muecas de reprobación a Benigno, que aguantó el tipo como pudo y además tuvo que repetir para que no quedara ni un grano de arroz en la paellera, siguiendo el ejemplo de sus padres, que se sirvieron los primeros una segunda ronda y que aprovecharon la situación para inculcarle a sus hijos que hay que estar juntos a las duras y a las maduras, y apoyarse sin reproches, aunque con gesto serio, en los fracasos, más que alegrarse por los éxitos, y que en eso consistía ser una familia.

La lección que aprendió Benigno en aquella ocasión es que no se pude tener fe ciega en nada ni en nadie, que hay que observar y analizar cada nueva propuesta o idea y valorar si es mejor que lo que había antes, no sólo desde el punto de vista material, sino, sobre todo, de los sentimientos humanos, propios y ajenos. Asimiló que a veces las oportunidades no consisten en subirse a una guagua en marcha donde todos parece que quieren ir pero que sólo conduce uno o, en el peor de los casos, no hay nadie al volante; sino que las auténticas oportunidades aparecen al mantenerse firme sobre el terreno sólido de las convicciones y de los afectos de las personas que quieres y te quieren.

Pero lo peor de aquel horrible día no serían las burlas de sus hermanos al respecto cada vez que tenían oportunidad de recordar el fiasco, sino haber comprobado en carne propia que sus amados libros podían equivocarse o adaptar su contenido en favor de determinados criterios o intereses y que la última palabra pertenecía al lector sólo si tenía espíritu crítico, porque, si no era así, esa última palabra la dictaminaba el patrocinador, el propietario de la empresa editora, el pagador del encargo o la propia imprenta.

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