FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Más allá de lo religioso | Francisco Pomares

No voy a decir ni pío porque Miguel Concepción pida la intercesión de Francisco en el ascenso del Tenerife. Supongo que el presidente del Tenerife tendrá sus motivos para encomendarse al Altísimo –él, que fue hombre de muy altos vuelos– y hacerse perdonar los pasados pecados. Y además, si el viaje se lo paga él o su sociedad anónima deportiva con el beneplácito de los 10.000 abonados, como que lo que haga Concepción para festejar el centenario del Club, es asunto suyo y de sus socios. Pero no debería juzgarse con el mismo generoso rasero el viaje vaticano de los tres próceres de la izquierda.

Vale que en este mundo líquido de ahora se estén confundiendo la referencias, los símbolos y los licuados (el de zanahoria por el de berzas, a ser posible). Y vale que desde que Obama y la señora Merkel se jubilaron, la izquierda española ande muy huérfana de liderazgos y prestigios a los que encomendarse. Y hasta vale también que tampoco es para fusilar a nadie sólo por querer hacerse la foto con el Sumo Pontífice. Pero sí creo que procede una mínima reflexión sobre la presencia de nuestras fuerzas vivas en esta papal visita. Y conste que lo de José Miguel Fraga lo veo: nunca ha ocultado ni negado su fervor católico. Podría decirse de él que es cristiano viejo y (en eso) no engaña a nadie: ha sabido perpetuarse en Adeje como alcalde socialista sin renunciar a sus tallas, imágenes y capilleos, y lo suyo es un paseo de acercamiento al cielo, sin alharacas ni declaraciones.

Si tiró de su propia cartera, no tengo nada que objetar. Yo soy un viejo ateo no beligerante: fui educado en las creencias de mis padres, estudié con los escolapios y debo ser el único hombre adulto de este país que no tiene nada de nada que reprochar ni perdonarle a los curas. Pero a los catorce -más o menos- empezó todo eso de la trascendencia a chirriarme y acabe por caerme del guindo sin sufrimiento alguno. Según el catecismo que yo estudie, la fe es una gracia divina, y no voy a objetar nada a que Dios decidiera dejarme sin ella. Conozco a mucha gente a la que creer les ha ayudado a ser mejores, o a pasar malos tragos con resignación. Ni me meto en lo que cada cual siente, ni mucho menos juzgo la utilidad práctica de la Iglesia: de hecho, soy un ateo bastante confuso, porque marco la X diocesana en mi declaración de la renta. Creo que hacen su trabajo solidario mejor que muchas gubernamentales oenegés oximorón, aprecio el trabajo de Caritas como ejemplar e imprescindible, y aplaudo íntimamente que sean ellos quienes respondan de atender el patrimonio religioso, porque si fuera un asunto de las administraciones, seguro que hace unos cuantos siglos no quedarían ni las piedras de los conventos. En fin, que asumo que soy raro también en esto, quizá porque detesto la fácil demagogia con la que desde el poder se destruye y descalifica lo que no se puede controlar.

Me he confesado aquí, ejem, porque me parece pertinente dejar claro que no soy en absoluto antirreligioso o anticatólico. Pero sí creo en la separación del Estado y la Iglesia, en la inconveniencia de que los alcaldes presidan procesiones (si quieren ir que vayan como cualquier otro creyente o turista), y –sobre todo- defiendo la absoluta urgencia de evitar más ridículos. Los argumentos de Torres explicando que la visita al Papa es “histórica” porque Francisco “es una personalidad que va más allá de lo religioso” se me antojan ridículos, mediocres y si me apuran, hasta despectivos con el oficio del anfitrión vaticano. Una torpeza de Torres para justificar su presencia de marciano en un escenario de indios y vaqueros. En fin, que cada cual haga almoneda de sus argumentos, si eso le complace: pero lo que yo quiero es saber quién le ha pagado a los próceres el viaje a Roma. Si hemos sido todos, disiento de este gasto absolutamente innecesario e inapropiado. Y si ha sido el Club, me opongo a que nuestros políticos acepten regalos de empresas a las que luego financian con el dinero de todos.

Lo de ayer fue un dislate, un yolandeo para –además- no salir siquiera guapos en la foto. Y es que –puestos ya a señalar casposidades– la foto de familia del acto resultaba ayer más propia de un sarao preconstitucional de los cófrades del Santísimo Cristo, que de un besamanos de la Canarias de hoy: de los invitados, el único con falda era el obispo Bernardo. Muy igualitario no les quedó este viaje.

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