FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Lo que digan otros | Francisco Pomares

Pedro Sánchez no ha querido despejar en qué isla va a situarse la sede del Centro Vulcanológico nacional, y se limitó a insistir en que ya es una buena noticia que las instalaciones se ubiquen en Canarias, como resultado –dijo- del compromiso de su Gobierno de descentralizar las administraciones públicas. A mí me parece bien que el presidente no se sienta obligado a aclarar donde se localizara el centro, si aún no lo tiene claro, y además es verdad que se trata de una decisión que no debiera tomarse atendiendo exclusivamente a cuestiones de carácter sentimental o de solidaridad. Pero lo que no me parece de recibo es que para no adelantar acontecimientos se escude en una decisión que “se tomará de acuerdo con lo que decidan los técnicos”, cuando esa excusa no deja de ser una mera patraña.

En nuestro país hace años que todas (todas) las decisiones políticas se adoptan en base a criterios políticos, de rentabilidad electoral, de interés partidario o para compensar favores o servicios prestados, que nada tienen que ver con el criterio técnico o científico. No ha pasado tanto tiempo desde que escuchamos al propio Sánchez proteger sus decisiones sobre el Covid –algunas objetivamente erróneas, como ha demostrado el paso del tiempo- detrás de equipos técnicos que ni siquiera se reunían, que no elaboraron estudio alguno, integrados por colegas de partido sin perfil científico, amparados en el secreto de sus nombramientos, y que fueron nombrados políticamente a dedo, aupando a personas sin más mérito técnico que ser amigos del propio Sánchez o cargos orgánicos de los partidos que apoyaban al Gobierno.

Para rematarla, Sánchez aseguró ayer en La Palma que “un reglamento evaluará las candidaturas que se ofrezcan a acoger la sede”, otra cancaburrada escasamente sofisticada, porque ni los reglamentos evalúan (lo hacen las comisiones, basándose teóricamente en los criterios establecidos en las convocatorias), y si el reglamento aún no existe y se prepara ‘ad hoc’, como probablemente ocurra, al final sucederá como en esas selecciones de personal o licitaciones públicas amañadas, en las que se establecen los criterios que debe tener quien gane la convocatoria, atendiendo a quien uno quiere que la gane. En este país, los técnicos suelen ser usados como parapeto para proteger decisiones previamente amañadas por los políticos. Y eso es probablemente lo que ocurra de nuevo.

Por algún extraño motivo, lo más sorprendente del asunto, no radica en el derecho del presidente a anunciar su decisión sobre la ubicación del Centro cuando él quiera o le parezca conveniente. Lo más chocante es que después de diez visitas a La Palma, con las ayudas empantanadas, vecinos aun viviendo en hoteles cuando apenas falta un mes para que se cumpla un año de la erupción, en todo ese tiempo y después de tantos viajes, Sánchez no haya comprendido que ubicar el Centro en la Palma no es una cuestión de sentimientos o de solidaridad, es probablemente la mejor opción científica: no existe otra zona del país que haya vivido dos erupciones volcánicas en la misma isla y en la misma zona en el último siglo, y en la que aún hoy se mantenga latente la actividad volcánica. Que no consiste sólo en expulsar lava por el cráter: cuando Sánchez anuncia la puesta en marcha de una red para la vigilancia, medición y control de los gases tóxicos que aún salen del volcán, y anuncia una importante inversión para instalarla, está ofreciendo un argumento técnico inapelable que justifica y explica que La Palma sea hoy la mejor candidata, al margen de cuestiones sentimentales o de solidaridad, que no deben ser determinantes en la decisión, pero también pueden ser valoradas.

La sede canaria del Centro Vulcanológico Nacional debería estar en La Palma. No sólo es lo lógico en estos momentos, es también lo razonable desde el punto de vista de la proximidad al problema, y lo que esperan no sólo los palmeros, también la mayoría de los canarios. Para quienes crean que el nivel del centro sería mayor si coexistiera directamente con los entramados académicos y científicos de Tenerife o Gran Canaria, conviene recordar que la isla cuenta ya hoy con un enorme potencial en investigación astrofísica, con instalaciones de extraordinario nivel, vinculadas a la ULL. Construidas la mayor parte de ellas cuando sólo algunos pocos militares sabían de que iba eso de internet.

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