FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | La quema del haragán | Salvador García Llanos

Esta era la terminología con que se titulaba un tradicional número del programa de las Fiestas de Julio en el Puerto de la Cruz. Mucha gente preguntaba el significado de la palabra haragán. Y con el paso del tiempo se interesaba por el origen de aquella suerte de atracción que era pasto de las llamas al término de la cabalgata anunciadora, allí, en los alrededores del refugio pesquero en la noche del sábado festero.

El vocablo es de origen árabe. Haragán es alguien que no quiere trabajar. De ahí también la palabra holgazán, formada de una fusión con holgar, del latín follicare (soplar), que también nos dio huelga. El haragán siempre pone pretextos para no ir al trabajo.

Quizás algún día sepamos el origen de lo que fue una tradición. ¿Se trataba de simbolizar la liquidación de algún personaje, más o menos público? ¿Era llevarle sin miramientos a los extremos de la hoguera crítica? El significado y los mentores (maestro Ángel Barroso, Farrais padre, Gilberto Hernández y Pepín Castilla, el último superviviente, tendrían las respuestas). Aquello era como la sardina carnavalera pero de menor escala.

Lo confeccionaban en Valle Guerra-Tejina. Un año más voluminoso, otro con perfiles más estéticos (En una ocasión, hubieron de improvisar pues no había tiempo en el taller: cogieron un cabezudo deteriorado e inservible, le hicieron un cuerpo acartonado y lo rellenaron con papeles y algodones que ardería después de ser rociado con una mezcla de vino y alcohol) Lo transportaban en una plataforma que llamaba la atención al paso por la autopista del norte. Hasta ser colocado en el punto de salida de la cabalgata por donde discurría con ayuda mecánica. A remolque, vamos. Y llegando a las inmediaciones del refugio pesquero, en los adoquines de La Marina, allí donde Santo Domingo se une con Mequinez, por donde fluye buna parte de las esencias festeras portuenses, allí las llamas devoraban al haragán.

Los policías locales y los colaboradores de Pepín alejaban a niños y jóvenes del transporte, así como a los más curiosos y a los extranjeros que no entendían nada de nada. El ceremonial, escueto y sin alardes, discurría entre resignación y efímera expectativa, de esa que aguarda alguna explosión o traca final. Las llamas se elevaban al cielo. Ahí acababa la quema del haragán por cuyo significado preguntaron no pocas personas sin que nadie atinara con la respuesta.

Alguien acertó con un proverbio irónico para definir las características de aquella figura: “Si ser un haragán es tan agradable como lograr algo en la vida, ¿por qué salir de la cama?”.

Pero no era aquella una obra de arte. La mandaban a la hoguera, que tampoco era la de las vanidades, configurada en otras coordenadas, unos cuantos años después. Prendía. Punto seguido. Hasta que pasó a mejor vida.

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