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OPINIÓN | Rubén López García, un sabio modesto y sobrio | Salvador García Llanos

Rubén era el último de los hermanos López García vivos. Su biografía es la de un sabio, la de un hombre de ciencia, por tanto cabal y juicioso, que cada verano venía a su Puerto de la Cruz natal para disfrutar, entre otras cosas, leyendo en la plaza del Charco frente a la ñamera que cantara como nadie María Rosa Alonso.

Era licenciado en Ciencias Biológicas (1963) y doctor en Ciencias por la Universidad Complutense de Madrid (1967). Profesor de investigación desde 1989. Ejerció como profesor ayudante de Fisiología Vegetal de la misma universidad y también como ‘Vissiting Associated Profesor’ en la Universidad Rockefeller de Nueva York (USA), becario en el Instituto Superior de Sanidad de Roma (Italia) y en la Universidad Agrícola de Wageningen (Holanda). Hizo cursos de especialización en la Fundación Gulbenkian de Oeiras (Portugal) y en el Instituto Pasteur de París (Francia). Fue director de cursos de doctorado en Barcelona y Madrid. Fue también vicepresidente de la Asociación de Personal Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).Jefe de laboratorio de Genética Bacteriana, donde trabajó en el denominado Streptococcus pneumoniae (neumococo) y sus bacteriófagos, en particular, en la organización estructural y el papel de las enzima líticas y de los bacteriófagos en la virulencia de neumococo y el genética de la cápsula de este importante patógeno humano.

Publicó casi doscientos trabajos científicos en revistas nacionales y extranjeras y es coautor de más de ciento sesenta comunicaciones en numerosos congresos. Coeditor de tres libros y director de seis tesis doctorales. Conferenciante en Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y otros países. Fue colaborador de los eminentes Severo Ochoa y Santiago Grisolía. Miembro de más de cincuenta tribunales de doctorado en universidades españolas y de otros países.

Fue el primer editor-coordinador de la revista Microbiología, editada por la Sociedad Española y vocal de la Sociedad Española de Quimioterapia, desde su fundación en 1987 hasta 2006. Fue en enero de este año cuando se jubiló. Aunque ya se sabe que los hombres de ciencia no se jubilan nunca.

Sus amigos portuenses recuerdan las visitas que hacían a su domicilio durante la enfermedad que padeció en los años cincuenta del pasado siglo. Y cuando le despidieron (Martín Bravo, Peri González y Manolo Torres) antes de marchar a Madrid. Pero siempre volvía en agosto, a disfrutar de la quietud de la urbanización La Paz y del ambiente de la plaza y del refugio pesquero, como cualquier otro portuense.

En 1984, pregonó las Fiestas de Julio de 1984. Durante sus estancias en el Puerto, aprovechaba para publicar, más de veinte trabajos de divulgación científica en los periódicos Diario de Avisos y El Día. En 1990 le fue entregada la Medalla de Oro del Centro de Iniciativas y Turismo (CIT). Disfrutaba, junto a Conchita Ronda, su esposa, otra científica muy valiosa; y su sobrino, el doctor Nicolás López Rodríguez, en el Lago y paseando por las calles de su antiguo barrio, donde quedaron, por cierto, las esencias de su madridismo, esparcidas a lo largo de su vida en nostálgicas y evocadoras conversaciones. Un socialdemócrata humanista, cuando alguien le saludaba e interrumpía sus lecturas frente a la ñamera, era correspondido con sus doctas y sustantivas apreciaciones.

Un sabio portuense, en fin, modesto y sobrio, fallecido en Madrid el pasado viernes. La ciudad quizás –o sin quizás- no haya reconocido ni sus méritos ni su contribución a la ciencia y la investigación. Es hora de reflexionarlo.

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