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OPINIÓN | La decisión* (relato) | Agustín Gajate Barahona

Arcadio había adoptado ya una decisión, aún a sabiendas de que poseía muchas papeletas para equivocarse. La había tomado desde la conciencia y con el corazón, entre muchas dudas y con el conocimiento de que asumía excesivos riesgos. Sin embargo, lo que había inclinado la balanza no fueron los costes o la posibilidad de fracasar, ya que había analizado con precisa minuciosidad todos los posibles errores y finales dramáticos, sino la aventura que iba a vivir mientras transitaba hacia el fracaso o el éxito, que desde ese punto de vista resultaban irrelevantes.

El camino por recorrer desde la decisión hacia al futuro resultaba tan atractivo y emocionante que quería experimentarlo en sus propias carnes, aunque todo acabara mal para él. Esa justificación es la que nunca pudo entender Jacobo Manuel, uno de sus más queridos y admirados amigos, pero tampoco se la pudo explicar, porque en cuanto intuyó que ya lo había decidido le comunicó que no quería saber nada de lo que hiciera desde ese momento en adelante y dejó de dirigirle la palabra.

Arcadio se disgustó, pero comprendió a su amigo y le hizo saber que su amistad permanecería inalterada hasta que volvieran a encontrarse de nuevo, si llegara el caso. Sabía que Jacobo Manuel había tenido una experiencia propia terrible en una situación similar, porque él mismo se la había contado, además de contemplar impasible cómo le sucedía lo mismo a otros amigos, y eso le seguía torturando por dentro

Sin embargo, aquel relato había subyugado al desencantado y estoico Arcadio, que quería experimentar algo parecido, aunque concluyera de manera perversa y desagradable. Al fin y al cabo, su amigo seguía vivo y podía contarlo, aunque le siga doliendo cada vez que lo recuerda y por eso probablemente no podía soportar que se repitiera algo similar en fraternal carne ajena y con parecidos resultados.

Pero Arcadio pensaba que allí donde su amigo había fracasado él podía triunfar, que tenía posibilidades, al menos las mismas que cuando se lanzaba una moneda al aire, que no todo tenía porqué desarrollarse de igual manera y acabar en drama. Además, estaba advertido y alerta, no le pillaría de improviso cuando recibiera el primer golpe e incluso creía que podía esquivarlo. Aún así sabía que podía volver a ocurrir, que podía repetirse la misma o parecida sucesión de acontecimientos, pero necesitaba recibir el escarmiento en su propia piel o disfrutar del placer de las caricias, besos y abrazos de quien alcanza la meta que se propone, que no era otra que participar en aquella aventura, con independencia de como acabara.

Eso era lo que lo motivaba, disfrutar del día a día hasta el momento en el que las cosas comenzaran a torcerse y luego buscar salidas de emergencia para escapar de la catástrofe minimizando los daños personales. Nadie te garantiza nada en estos tiempos y solo prolongar la emoción de vivir algo así constituye el mayor de los logros. No sentía mariposas en el estómago, sino un bullicioso nido de vencejos comunes africanos sólo de pensarlo, aunque en en ocasiones se preguntaba si lo que tenía dentro no eran murciélagos vampiros chupasangres, por el revuelo que armaban en su aparato digestivo.

Lo único seguro en la vida era la muerte y siempre es un final esperado. Y cuando no se muere del todo, si a uno le pasa algo así, queda muerto en vida, como muchas personas, jóvenes y mayores, con los que se cruza a diario. Aunque, en ocasiones, se encuentra con un zombi que sonríe y entonces percibe que efectivamente esa persona está cerebralmente muerta, pero ha tenido la vida que deseaba.

Su amigo Jacobo Manuel había tenido una vida de película, repleta de emociones, de amoríos y de peligros en diferentes continentes del planeta. En varias ocasiones estuvo a punto de morir, pero sobrevivió y siguió luchando por lo que creía y aún hoy lo sigue haciendo desde la retaguardia, no desde el mismo frente de batalla como entonces, sino aconsejando a quienes se rebelan contra las injusticias totalitarias sobre cómo deben hacerlo. A menudo se enfada cuando no le hacen caso, cuando no respetan sus consejos o dejan de seguir la estrategia trazada, pero cuando más se enfurece es cuando se pasan al bando contrario y Arcadio estaba convencido de que lo había incluido dentro de ese grupo y por eso no quería hablarle, porque entendía que las acciones que iba a emprender significaban de alguna manera pactar con un colectivo que había pasado de ser su aliado a convertirse, en base a su experiencia personal, en enemigo irreconciliable.

Pero lo que iba a hacer Arcadio no consistía en pasarse al enemigo, sino en infiltrarse y rescatar de ese entorno a una persona muy concreta y especial que consideraba valiosa para tratar de incorporar a la causa. Lo que ocurría es que para Jacobo Manuel intentar algo así era una absoluta pérdida de tiempo, un esfuerzo tan infructuoso como innecesario que podía dejar averías irreparables y secuelas irreversibles en su amigo, hasta vaciarlo de nuevas inquietudes y de todo el talento y capacidades que creía que atesoraba.

Los demás amigos de Arcadio también se preocuparon por lo que iba a hacer y le pidieron prudencia, cautela, que reflexionara y rectificara, porque muchas amenazas acechaban detrás de aquel intento, que había dejado malheridas y abandonadas a su suerte a muchas personas valiosas, algunas de las cuales pudieron ser rescatadas con mucho trabajo y cuidadas con mucha dedicación por sus seres más queridos o por abnegados voluntarios y profesionales cualificados, a pesar de lo cual nunca llegaron a recuperarse del todo, ni física ni mentalmente.

No todos los consejos fueron negativos. Algunas voces que lo apreciaban lo animaron a iniciar la aventura, porque sólo se vive una vez y Arcadio había tenido hasta entonces una vida bastante plana como sufrido trabajador y nefasto cabeza de familia, todo lo contrario de su amigo Jacobo Manuel. Dentro de ese contexto, su única vía de escape había sido la literatura y algunos viajes esporádicos, pero sentía un impulso interior destinado a cambiar su vida, a vivir nuevas experiencias y a ser protagonista de una historia que podía acabar en tragedia o, en el mejor de los casos, con su propia vida, pero después de pocos o muchos excitantes años.

En cualquier caso, la decisión estaba tomada y Arcadio comenzó los múltiples trámites burocráticos absurdos necesarios para desarrollar la idea que su cabeza y su corazón albergaban. Aquellos permisos y certificados que solicitaba constituían una serie de barreras administrativas creadas por una élite clasista, racista y xenófoba para poner todas las trabas aleatorias y arbitrarias posibles a las personas que fueran diferentes y tuvieran la ilusión de emprender desde abajo un proyecto de vida distinto al que le habían asignado por posición social y que, por supuesto, no siguiera engordando sus opulentos bolsillos, sino que estuviera destinado a encontrar un camino propio hacia la felicidad, al margen de las rutas establecidas hacia el consumo obsesivo e irracional como fuente de placer efímero. Mientras las mercancías podían atravesar el mundo sin dificultades ni barreras, las personas no podían hacer lo mismo dentro de la actual civilización humana.

Algunos de sus amigos más pesimistas pensaban que Arcadio estaba buscando algo imposible, una especie de pegaso unicornio dorado con crines de colores arcoíris, lo que no dejaba de ser un objeto de juguetería totalmente prescindible fruto de la imaginación de un diseñador, pero del todo irreal. También opinaban que la vida de Arcadio había sido normal, como la de ellos, y que debía quedarse como estaba y no buscar complicaciones, que ya había tenido bastante fortuna en la vida con la salud y el amor y tampoco padecía apuros económicos, por lo que, de cuando en cuando, podía darse algún pequeño capricho.

Sin embargo, Arcadio no lo sentía así: creía firmemente que existía otro tipo de felicidad, diferente de la experimentada por él hasta ahora, de la cotidiana y asumible por la mediocre colectividad a la que pertenecía. Además, estaba convencido de que encontrarla era posible, pero tenía que cruzar la elevada y ancha frontera de la incomprensión para tratar de abrazarla y no sólo para verla de lejos o de cerca, sino también respirarla, escucharla, acariciarla con sus propias manos e incluso besarla con sus labios, degustarla con su lengua y paladearla con toda su boca. Disfrutarla, en definitiva, con los cinco sentidos.

El descabellado plan de Arcadio no difería mucho del de tantos otros que fracasaron, pero intuía que había muchos que habían triunfado, seguramente menos que los anteriores, y que esa realidad se mantenía silenciada y oculta, primero por ellos mismos y después por las administraciones públicas, por temor a una avalancha de peticiones que colapsaría el sistema. Tenía la sospecha de que en este caso sucedía como con la delincuencia, que sólo un pequeño porcentaje de la población la comete, pero su incidencia mediática es tan desproporcionada que la sociedad se asusta, desconfía y ve peligros por todas partes. Y no es que no existan los peligros, que existen, pero al igual que los accidentes o las enfermedades graves imprevistas forman parte de la lotería diaria de la fatalidad: puedes tomar todas las precauciones posibles, pero si te toca no tienes escapatoria. Y esa clase de lotería no se busca: te persigue.

Lo primero que hizo Arcadio fue pedir un visado de salida de su país Cruda Postverdad, un extraño territorio disgregado e invertebrado que tan pronto pertenecía a un continente como a otro. Parecía navegar entre dos fuerzas opuestas: la geología y la geopolítica, de manera que según la perspectiva de quien lo observara se adscribía a un continente u otro, aunque en ocasiones se producían mezclas surrealistas, especialmente en el ámbito científico. Llegaba hasta tal punto el enfrentamiento entre ambas fuerzas, sustentadas en el ámbito humano sobre intereses antagónicos no exentos de intenciones imperialistas, que procedían a situar este territorio hasta en otro mar, en vez de las profundas aguas oceánicas que lo rodeaban, alejado de las costas de sus gestores coloniales pasados, presentes y futuros

No tenía Arcadio la certeza de conseguir el visado, pero en espera del correspondiente certificado oficial siguió realizando trámites. Compró billetes para viajar en un moderno avión con bajas emisiones de CO2, arrendado con opción a compra por la compañía aérea en venta de un pirata de altos vuelos, para trasladarse hacia el archipiélago de Felicidad. Aterrizaría en el aeropuerto de la isla Ilusión y luego iría recorriendo tan rápido como pudiera las otras islas mayores: Amor, Pasión y Sensualidad, para acabar recalando en Dulce Placer y tratar por último de alcanzar, si el tiempo, la climatología y las circunstancias lo permitían, la tan afamada y poco explorada isla de Sexo Salvaje. Mucha gente decía que había estado allí, pero la mayoría la confundían por encontrarse bajo los efectos del alcohol u otras sustancias que alteraban su percepción, por lo que muy pocos la conocían realmente en profundidad y la habían disfrutado de todo su atractivo y esplendor. Por donde no pensaba pasar era por Sexo Tántrico, porque era una isla muy alargada y que llevaba mucho tiempo recorrer para poder apreciar con plenitud todas sus maravillas, y no disponía de tantos días ni de paciencia para ello.

Su objetivo era encontrar en ese archipiélago a una figura mítica que forma parte de ancestrales leyendas y que es objeto de deseo museístico internacional: una auténtica Princesa de Chichinabo, un ser utópico y mágico del que se hablan maravillas y que se cree que existe pero nunca se ha encontrado o quienes lo han encontrado han guardado el secreto y se lo han llevado con ellos a la tumba o al crematorio incinerador.

Algunos amigos escaldados le recomendaron que no fuera a ese archipiélago, sino que eligiera unas vacaciones en ‘resorts todo incluido’ de las islas Pornografía o Sexo Pagado, pero Arcadio rehusó la propuesta porque le parecían lugares muy artificiales con un trasfondo oscuro, como Las Vegas, a los que no quería acercarse y donde no encontraría las emociones que buscaba sino tan sólo placebos y sucedáneos alternativos sin sentimientos para consumo propio e individual, no para compartir.

En espera de la concesión de su visado y con la incertidumbre de ser capaz de encontrar a una auténtica Princesa de Chichinabo, Arcadio siguió iniciando todos los procedimientos que le pedían para concretar su proyecto y se enfrascó en una lucha burocrática titánica, tanto con la administración de su país como con la del archipiélago de Felicidad, con el objetivo de regresar sano y salvo a Cruda Postverdad acompañado por la Princesa, a la que esperaba seducir con sus cantos de sireno desafinado y su baile de cadera dislocada, aunque lo que en realidad podría ocurrir es que éstos la provocaran tantas risas y carcajadas que la dejaran indefensa para así podría capturarla sin resistencia y llevarla alegre y convencida borracha de cerveza y ron hasta su destino final junto a él, donde pretendía que fueran felices y comieran de vez en cuando alguna perdiz en escabeche de bote o congelada, cuando estuvieran disponibles en un supermercado barato y pudiera adquirirlas mediante sustanciosa oferta de descuento o por fecha de caducidad próxima a la de consumo preferente recomendado.

Todavía no ha salido de su país, pero las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas y otros sondeos metroscópicos de empresas privadas le dan a Arcadio tan sólo un dos por ciento de posibilidades de éxito como máximo y las casas de apuestas pagan cinco a uno que consiga traer a la Princesa a Cruda Postverdad, diez a uno que ésta lo aguante más de un año si lo acompaña y mil a uno que esa relación dure más de una década, pero ninguna consigue que nadie juegue un euro a favor de Arcadio.

En caso de que alguno de estos pronósticos se confirme, las predicciones meteorológicas apuntan a intensas y persistentes lluvias y granizadas de ‘¡Te lo dije!’ a su regreso y de ahí en adelante de por vida, aunque al cierre de la edición de este texto, este redactor ha constatado de fuentes cercanas a su persona, entre quienes se encuentran vecinos, amigos y familiares, que Arcadio lo va a seguir intentando hasta que le fallen las fuerzas o lo consiga.

* Para todos los que aún creen en amores, ideas y proyectos imposibles.

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