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OPINIÓN | Cuando Josephine Baker brilló en el Puerto de la Cruz… | Salvador García Llanos

A mediados del pasado mes de diciembre, Joséphine Baker se convirtió en la sexta mujer en formar parte de los franceses ilustres que reposan en el Panteón de París, en una ceremonia encabezada por el presidente del país, Emmanuel Macron, que alabó su universalismo, símbolo de una Francia que «es grande cuando no tiene miedo».

Nacida en Estados Unidos en 1906, pero convertida por su carrera como bailarina en un emblema del París de los Locos Años 20, Baker es además la primera mujer negra que entra en el Panteón, templo laico y mausoleo dedicado a la memoria de los «hombres ilustres de la patria».

«Poseía una idea particular del ser humano y militaba por la libertad de cada uno. Su causa era el universalismo, la unidad del género humano, la igualdad de todos antes que la identidad de cada cual (…) No era un combate sobre la irreductibilidad de la causa negra, sino el de ser una ciudadana libre, digna», destacó Macron, según la crónica de la agencia Efe.

El presidente pronunció su discurso en presencia de unos dos mil asistentes (mil fuera del edificio y otros mil dentro), entre ellos los hijos adoptivos de la artista y un emocionado Alberto II de Mónaco, cuya madre, Grace Kelly, fue amiga personal y aliada de Baker en los momentos difíciles, como cuando siendo ya famosa en Francia le rechazaron la entrada en hoteles y bares de Estados Unidos.

De hecho, los restos de Baker seguirán reposando en Mónaco, junto a su último marido y uno de sus hijos, por deseo expreso de la familia. Allí fue enterrada en 1975, tras haber pasado los últimos años de su vida bajo el cobijo de la princesa de Mónaco. El Panteón acogerá tan solo un sepulcro simbólico.

Baker se despidió de los escenarios en 1975 tras celebrar los cincuenta años de su primera actuación en Francia, cuando, vestida con un cinturón de plátanos y medio desnuda, se convirtió en la niña bonita de un París que adoraba su risa, su desparpajo y una libertad que se transmitía en bailes nunca antes vistos en el país.

Hoy –relató Efe-, más que sus espectáculos, Francia celebraba a la resistente, la que habló en Washington junto a Martin Luther King en 1963 cuando pronunció su célebre «Tengo un sueño» y la que se declaró dispuesta a morir por Francia, país del que obtuvo la nacionalidad en 1937, mientras Estados Unidos seguía sumido en el segregacionismo.

Debido a las deudas, en 1969 fue expulsada del castillo Milandes, en la Dordoña, donde había llevado a cabo buena parte de su actividad en la Resistencia frente a los nazis, pasando mensajes ocultos en sus partituras y dando dinero a la causa, pese al riesgo de ser arrestada por los alemanes.

Grace Kelly le dio entonces refugio en Mónaco junto a sus doce hijos, adoptados de los cinco continentes, aunque Baker murió en París, días después de la conmoción emocional que supuso para ella volver a subirse al escenario en la ciudad donde más brilló. Hasta tres Papas la habían recibido a lo largo de su existencia.

Josephine Baker también conoció el Puerto de la Cruz, en pleno apogeo de su desarrollo turístico. Fue el sábado 18 de septiembre de 1971, cuando quedó inaugurada la segunda fase de una inmensa obra de acondicionamiento del litoral de Martiánez, la conocida por “Los Alisios”. La prensa de la época, El Día, La Tarde y La Hoja del Lunes registraron el acontecimiento con un auténtico alarde fotográfico, obra de Baeza y Rafael Ramos. Era alcalde Felipe Machado González de Chaves que pronunció las palabras de inauguración después de las que hubiera leído el delegado provincial de Información y Turismo, Delgado Aranda.

Cuando Josephine Baker actuó en el Puerto, ya era conocida como “la mujer de ébano” o “la reina del music-hall”. Entre otras interpretaciones, hizo una de ‘Love story’ que entusiasmó al público asistente al que definitivamente se ganó cuando dijo que había cantado “en el escenario más maravilloso que he tenido en mi vida”. Josephine era amiga de su autor, el genial César Manrique.

“Eterna Josefina” tituló a cuatro columnas en La Tarde el periodista, ex presidente de la Asociación de la Prensa de Tenerife, Andrés Chaves: “Buena voz. Buena presencia. Elegante, Josefina. Risueña. Una cantante que sabe decir la canción. Que sabe recitar las palabras… A Josefina Baker le entregaron un clavel blanco, que significa paz. Y un sobre. Y Josefina abrió el sobre muy despacio. Y sacó una rosa, que es símbolo del amor. Y después de la rosa, un pedazo de papel. Y en el papel, la letra de una melodía maravillosa que Josefina cantó, llena de sentimiento: “Love story”.

La fiesta fue un éxito memorable. Actuaron las rondallas ‘Zebenzui’, con Sebastián Ramos, ‘El Puntero’, y la de la sección femenina de La Orotava, además de Los Sabandeños que combinaron piezas de su repertorio folklórico e hispanoamericano.

“Los Alisios”, con una escultura singular como era ‘La Jibia’, orientada a la diversión infantil, engrosaba lo que sería una gran complejo turístico como fue “Costa Martiánez”. Quedaba aún el lago artificial. Allí estaban los padres de la criatura: César Manrique, Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina. “Una obra de muy altos vuelos –puede leerse en una de las crónicas de El Día- rescatada a la especulación y la chabacanería. Lo que se ha hecho en Martiánez honra a Tenerife porque no es un coto cerrado ni piscinas privadas”.

Y allí, en esa noche de septiembre, estuvo la sin par Josephine Baker.

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