FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | El Señor | Francisco Pomares

Me cuentan que los más viejos del lugar aún recuerdan la erupción de San Juan, que duró 42 días y no produjo víctima alguna. Fue en 1949, y también arrasó parte de Las Manchas, pero respetó el cementerio. Por eso los mayores se refieren a la erupción de Nambroque como la del volcán caballero, porque dejó a los muertos de Las Manchas seguir con su descanso en paz. Hace setenta años, el volcán decidió respetar a los vivos, y también la tranquilidad de los muertos, y la gente se lo agradeció tratándolo con respeto.

A este volcán de ahora, bautizado ya inútilmente con media docena de nombres, se refieren muchos sólo como el señor. “¿Cómo se levantó el señor hoy?”, se pregunta la gente por las mañanas. “Por donde sale hoy el señor?”, se inquieren unos vecinos a otros… Nadie se refiere a este volcán atravesado y caníbal como caballero, porque la destrucción indiscriminada no merece tratamiento. Para las gentes de Las Manchas, cuando el volcán volvió a enterrar en un sarcófago de escoria petrificada a los ya sepultados, algo se quebró. Lo mismo ocurrió con los vecinos de Todoque cuando vieron derrumbarse el campanario de su iglesia, después de un día asombroso en el que las correntías de lava lo evitaron.

Todo se pierde más tarde o más temprano, pero perder los huesos benditos de los tuyos, el lugar dónde te casaste y bautizaste a tus hijos, perder incluso el rastro de lo que la vida deja cuando acaba, perderlo todo –y eso también- ha sido demasiado: el señor es un enterrador de recuerdos y sitios. Sepulta la vida porque la vida se ancla a la memoria y los lugares, a la herencia del pasado y al pasado recorrido. Mirar hacia adelante es mucho más difícil cuando todo lo que queda atrás desaparece engullido para siempre, se cristaliza y hace fósil. Este demonio desbocado, salido de las entrañas de la tierra para devorarlo todo a su paso, no ha provocado sólo una única víctima, envenenada por los gases cuando intentaba limpiar su tejado. Ha convertido la isla entera en víctima de un maléfico sortilegio: cientos de palmeros, muchos de ellos ancianos privados de los frutos de su  esfuerzo, sienten que el volcán les ha quitado la vida porque les ha quitado lo que les ataba a ella. No hay nada hermoso, ni hay nada digno, en ese legado.

Pero es verdad que cuesta entenderlo cuando te enfrentas por primera vez a la magnificencia nocturna de este señor cruel y airado, elevándose -trece semanas después- hasta 500 o 600 metros por encima de la que fue su inicial costura. Derramando fuego por dos o tres agujeros diferentes, bramando como un animal en celo. Cuesta evitar caer en la trampa de la belleza telúrica que adorna su hipnótico poderío, no sucumbir ante el resplandor de ese caudal sufriente que tiñe de rojo los cielos estrellados y nos deja boquiabiertos.

La tele trivializa el daño, contándonos historias impostadas y heroísmos de uniforme, y también domestica con su reiteración agobiante la imagen brutal del poder desatado de la tierra. Pero no puede competir ni por asomo con la visión -congelada por el frío y el pasmo- del cráter desde montaña Tenisca o la plaza de Tajuya. La imagen dantesca del volcán inesperado, alimentando con sus fluidos inagotables los cinco afluentes del Hades: el sagrado río Estigia, donde la diosa Tetis bañó a su hijo Aquiles para hacerlo inmortal; Flegelonte, el curso del fuego; Aqueronte, río de la pena; Cocito, cauce de  los lamentos de los dolientes; y Lete, el río del olvido. ¿Olvido? Nadie que haya visto al volcán escupir fuego, y al fuego atravesar imparable el Valle desde la cumbre al mar abriendo una cicatriz de espanto y destrucción, nadie que haya sentido rugir este volcán maldito, olvidará jamás el pavor, el daño, el dolor y la impotencia de estos días aciagos.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario