FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | La formación lingüística de los periodistas (y II) | Salvador García Llanos

(La primera parte fue publicada en la edición de ayer)

Un periodista colombiano de postín, Enrique Santos Montejo, uno de los fundadores del diario El Tiempo, advertía hace algunos años que el periodista estaba obligado a redactar y revisar sus escritos con el fin de asegurarse de que los mismos estuvieran bien logrados y pulidos.

Aludimos antes al espacio de las redes sociales que va mutando y se va agigantando, al compás de avances tecnológicos, hasta límites insospechados. Claro que influyen en nuestro modo de hablar y de escribir. Repasemos algunas valoraciones de autores como Mario Tascón, periodista especializado en el universo digital y los nuevos medios, director de la consultora Prodigioso Volcán y coordinador del manual Escribir en internet. Preside la Fundación del Español Urgente (Fundéu). Autor, además, de un libro recomendable, El derecho a entender, cuyo subtítulo, La comunicación clara, la mejor defensa de la ciudadanía, posiblemente sea una auténtica sentencia en los tiempos convulsos y desmadrados que nos ha tocado vivir.

Asegura Tascón que nos movemos del monólogo al diálogo. Por eso pondera una frase del escritor Vicente Verdú: “Los periodistas durante mucho tiempo pensamos que a la gente le gustaba escuchar y descubrimos que lo que le gustaba era hablar”. Nunca ha habido una oportunidad –volvemos a Tascón- de comunicarse con los lectores como hay en la actualidad.

“Los españoles nos creemos los garantes de este idioma. Pero no es así. El resto de hispanohablantes tienen mucho que decir. Aunque sea por la cantidad de personas que viven en América. Es la principal oportunidad del español para seguir creciendo y evolucionando”, afirma un Manuel Tascón muy juicioso cuando señala que las “redes sociales obligan a los periodistas a un entrenamiento continuo. El ejercicio de titulación en Twitter es constante”.

En una época en la que se han puesto de moda nuevamente los géneros breves, cuando los refranes y los chistes siguen siendo aceptados con estimable éxito -la red Twitter tiene mucha determinación en ello-, el responsable de comunicación online y redes sociales del BBVA, Txema Valenzuela, nos acerca a la importancia del lenguaje escrito en la actualidad con esta breve descripción:

“Ahora nuestra identidad está formada por una foto muy pequeña y todo lo que escribimos. Y eso hace que nos preocupemos muchísimo más por lo que redactamos. Estamos participando en un medio global. Todo lo que decimos puede llegar a todo el mundo”.

De ahí su advertencia sobre la incorrección en el lenguaje en Internet, “que nos acaba arrastrando”, escribe. Emplea como ejemplo los errores del lenguaje deportivo que antes tanto abundaban, “pero ahora el económico se lleva la palma”. Y razona: “Muchas veces los que estamos en el origen de la comunicación (las empresas), cuando emitimos notas de prensa, empezamos escribiendo mal y eso se traslada a los periódicos. A menudo se utilizan expresiones sin sentido y eso cala en la prensa”.

Más radical aún parece María Cappa, licenciada en Periodismo, con prácticas en Onda Cero, RadioTelevisión Española y El Mundo, además de colaborar en la revista Líbero, quien para justificar el buen uso de la lengua como escudo del periodismo para defender la verdad, pone los siguientes ejemplos: los recortes son ‘ajustes’ para los poderosos; el rescate es una ‘linea de crédito’ y los desahucios son ‘ejecuciones hipotecarias’.

Los riesgos del surgimiento de una nueva ortografía para Internet son anticipados por el traductor y presentador de televisión, Xosé Castro. “La Real Academia –afirma- nos sirve hasta que encendemos el ordenador. Tenemos una especie de ortografía técnica aplicada”. Sostiene Castro, tras reparar en el hecho de que en muchos periódicos se utiliza un tipo de letra en su versión digital y otro para la versión impresa, que hay que superar la tentación de “dejarnos llevar por esta coloquialidad de los medios sociales y contribuir a la creación de ciberanalfabetos”. Concluye: “Somos la persona que escribe”.

Dediquemos los próximos minutos al lenguaje inclusivo, generador de no pocas polémicas entre quienes creen que es imparable el proceso de adaptación a la fuerza arrolladora de nueva terminología, abanderada, por cierto, de igualdad o de alguna connotación ideológica; y entre quienes prefieren seguir con el uso común de toda la vida, máxime si está sustentado en alguna resolución académica. Es paradójico, a propósito, que se reclame a las academias y a las instituciones una intervención en el vocabulario o en la lengua, cuando lo general en los últimos tiempos han sido un mal disimulado rechazo hacia hacia cualquier política de imposición normativa.

José Luis Moure, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, quien presidiera durante varios años la Academia Argentina de Letras, autor de numerosos artículos y de ponencias sobre su especialidad, filología de la cronística castellana medieval, asevera que “es una evidencia comprobable que los cambios lingüísticos que se imponen en una sociedad son aquellos que alcanzan difusión en los sectores más vastos de la población, y que usualmente –con las excepciones esperables en todos los procesos humanos- nacen de procesos evolutivos de la propia estructura del idioma; de la búsqueda de una mayor expresividad (sobre todo en el léxico); de la designación de realidades antes inexistentes (el mundo de la técnica es un buen ejemplo); y, en una suerte de corolario de esto último, de las modificaciones sociales compartidas. En lo que atañe a la gramática propiamente dicha, suele prevalecer casi siempre una simplificación del sistema”.

Moure cree que a la hora de moldear o de aceptar la propuesta “inclusivista”, es preciso separar “la preocupación que está en su base –legítima en tanto procura el reconocimiento, defensa o ampliación de derechos de un sector de la sociedad- de los mecanismos, en este caso de intervención en la lengua de quinientos millones de usuarios, a los que se confía la empresa”.

Otro autor relevante, el venezolano David Figueroa Díaz, licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica de Maracaibo, iniciado en el género de opinión desde su juventud, un estudioso del lenguaje oral y escrito, opina que es justo reconocer que “cada día aumenta el interés en muchas personas por adquirir facilidad en el manejo de la gramática y la ortografía, lo cual es plausible, y se evidencia en las frecuentes publicaciones en redes sociales y otros medios, en los que de manera regular surgen inquietudes al respecto”.

Dice que la mayoría de esos contenidos son útiles para aclarar dudas; “pero a veces la intención se desvirtúa pues están plagados de purismo y de otros elementos que, lejos de aclarar, confunden”. Eso sí, advierte Figueroa que el “purismo no es malo. No obstante, si se aplica en exceso, pudiera resultar improductivo”.

La ya citada María Cappa ha dejado escrito que las redes sociales, los medios digitales, la radio, la televisión y, en menor medida, la prensa, “forman parte de ese contexto del que se nutren tanto el adolescente como los amigos o familiares con los que se va a relacionar. Es decir que, en parte, del buen o mal manejo que se haga en los medios de comunicación, y su consecuente influencia en la sociedad, dependerán las habilidades intelectuales de los ciudadanos”.

Si estamos de acuerdo, entonces, en que los periodistas, en concreto, o sea, aquellos que acercan la realidad a los consumidores de información, y los ciudadanos, en general, no manejan el lenguaje, se terminará aceptando como válidos los intentos de manipular la realidad por parte de quienes tienen el poder. Sobre los periodistas recae la responsabilidad de usar el lenguaje con conocimiento y con seguridad, de manera que cuenten la realidad para que los destinatarios de su escritura o de su expresión la entiendan en su verdadera dimensión. Si las palabras o los textos de los periodistas tienen una mayor repercusión social, cabe exigirles por tanto una mayor responsabilidad sobre el uso del lenguaje.

Coincide con ello Javier Lascurain, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, figura destacada en la agencia EFE y alma mater de la Fundéu BBVA, cuando afirma que “cuanto mejor maneje el lenguaje un periodista, mejor se entenderá su mensaje”. Lo dice a sabiendas de que un profesional de la información “no se limita a contar cosas, sino que lo relevante es saber qué cosas se cuentan y para qué”.

Y es que “el periodista es un hablante de calidad”, tal como define la profesora ayudante del Departamento de Lengua Española de la Universidad de Valladolid, Silvia Hurtado González, en un interesantísimo trabajo sobre el tema que nos ocupa, titulado “Los periodistas y la lengua”. Dice Hurtado que “la palabra del periodista no es, desde luego, la palabra mágica o ritual que crea la realidad, pero no debe ocultarla con trampas semánticas cambiando el verdadero nombre de las cosas. No es un uso inocente del lenguaje sino que es un arma política y de dominio social cuyas consecuencias son, a veces, imprevisibles”.

Siguiendo su argumentación, una de las preocupaciones esenciales del periodista, debe ser que las palabras signifiquen lo que quieren decir. “En caso contrario –añade- la lengua no comunica convirtiéndose en un catálogo de lugares comunes, porque basta con repetir las mismas trampas semánticas insistentemente para que éstas acaben por incorporarse a esa galería de tópicos con que se acostumbra a describir la realidad para hacerla más tolerable”.

Luis Antonio de Villena, en un artículo en El Mundo, publicado en mayo del 2000, condensó este pensamiento, o sea, devolver a las palabras su sentido original y normalizado con una poética reivindicación: “¡Palabras, palabras, palabras! Todo está en ellas. Conviene pues limpiarlas y cuidarlas. Para que no se superpongan semánticamente y obren como tósigo o lengua de culebras”.

Pero es el filólogo vallisoletano, escritor y periodista, Tomás Hoyas, quien glosa con brillantez metafórica el uso de la lengua y de las palabras. Dice: “Porque ese bien tan precioso como indispensable que es la lengua, la sustancia primera y última del pensamiento, sabe acomodarse o resurgir: mezclarse híbrida y mestiza, permanecer intocable como un museo indestructible. O hacerse amiga de préstamos a intercambios con la humildad que solo poseen los inmortales. La lengua siempre vive en casa del herrero con cuchillos de palo. Es una herencia tan maravillosamente habitual que solemos dilapidarla sin ningún escrúpulo, casi como los amores de madre, que son ciegos y nunca los echamos de menos. Pero la lengua es amable incluso con quienes resultan sus amistosos enemigos, y nos ha dejado en usufructo el habla, para que cada uno vista el lenguaje con ropajes de adjetivo carmesí o harapos empolvados de desidia y desconocimientos”.

Hasta el léxico periodístico del deporte, como apunta otro profesor vallisoletano, Jesús Castañón Rodríguez, quien nos obsequia con la publicación de algún trabajo personal en su prestigioso sitio digital, idiomaydeporte.com, participa en lo que llama la fiesta de la inteligencia. “Contribuye –precisa- con su cruce de energías creativas a rehacer mundos imaginados y permite a los pueblos transformar la realidad hostil en una posibilidad de disfrutar hasta redescubrirse con ilusión. Y el periodista guía las emociones y pone las palabras en juego para conectar los recintos deportivos con la sociedad. Si lo hace con equilibrio, precisión, claridad e ingenio dentro de las leyes del propio idioma, además alcanza una gran influencia social”.

Terminamos con otro texto de un paisano, Zoilo López Bonilla, licenciado en Bellas Artes, residente en Barcelona, que, reflexivamente, envuelve con idealismo los elementos que hemos manejado en este recorrido con el que hemos pretendido acercarnos a “La formación lingüística de los periodistas”.

“Sobre aquella inmensa y sosegada explanada de silencio, la palabra tomó tranquilamente asiento y allí aguardó pacientemente, durante siglos, hasta que hicieran su aparición la idea y el pensamiento para ponerse inmediatamente bajo su incondicional servicio.

“Sin embargo, la palabra jamás se sentiría responsable absoluta de sus actos; estos siempre fueron propiedad exclusiva de sus únicos dueños: la idea y el pensamiento, respectivamente.

“Desgraciadamente para nosotros, la palabra no gozará jamás de la independencia necesaria que le permita rechazar frontal y formalmente, -de manera totalmente autónoma-, determinadas ideas y pensamientos expresadas a través de ella.

“Es por ello que cuando cualquier ser humano se siente visiblemente vilipendiado por la idea o el pensamiento expresado por alguno de sus congéneres no parece de recibo obligarle a que retire sus supuestas ofensivas palabras porque estas, de ninguna manera, jamás pueden ser culpables de la responsabilidad que sólo atañe al pensamiento y a la idea. A estos ofensores sólo cabe atribuirles aquello que se entiende por haber hecho, simplemente, un mal uso de la palabra”.

Confiamos en que lo dicho no les haya aburrido y sí resultado provechoso.

-> Texto de la intervención leída en la apertura de las VII Jornadas del Español de Canarias (Lengua y medios de comunicación) convocadas por la Academia Canaria de la Lengua y la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad de La Laguna).

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