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OPINIÓN | Almudena tiene nombre… de muralla | Salvador García Llanos

Hicimos lo que tantos: ver la película, estrenada en 1990, y un par de días después empezar a leer la novela, Las edades de Lulú, original de Almudena Grandes y llevada al cine por Bigas Luna. Allí descubrimos a la escritora, atrevida, que fue lo primero que dijimos cuando una amiga nos pidió el parecer. Debimos decir valiente pero aún faltaban muchas cosas por describir.

Su obra posterior fue mucho más que atrevimiento. Es todo un compromiso que sus detractores no le perdonaron ni siquiera el día que dijo adiós. Pero allá ellos: Almudena no porfió la comprensión de quienes se resisten a admitir algún tipo de revés o de derrota. Mantuvo enhiesto el estandarte de los vencidos, consciente de que ya no había victorias que saborear; si acaso el indesmayable prurito de la dignidad.

Escucharla en la SER, de donde emergía una voz recia, masculinizada, equivalía a prestar atención si o sí, ávidos de la idea, del pensamiento que nunca fue rancio o de la palabra con la que rematar alguna construcción, siempre original pese al apremio radiofónico. Leerla en El País, puntualmente, era un ejercicio de reposo activo, de reflexión que removía la búsqueda de valores intelectuales, históricos e imaginativos.

La prosa de la autora era atrayente allí donde situara la acción y combinara los elementos descriptivos. “La alegría me había hecho fuerte, porque (…) me había enseñado que no existe trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría”, escribió en El corazón helado, una de sus novelas más apreciadas.

Fue una escritora valiente, en buena medida audaz, que cautivó la atención de miles de lectores que parecieron haberse puesto de acuerdo para aguardar con expectación su siguiente novela, sencillamente porque la lectura de la última no les había dejado indiferentes. Habrá una obra póstuma, por cierto. Ya es esperada.

Parafraseando uno de sus títulos, Almudena tiene nombre de muralla. Ya saben que la imagen de la Virgen, patrona de la ciudad de Madrid, allá por el siglo VIII fue ocultada para evitar que cayera en manos de los árabes. Tras la Reconquista, fue encontrada en la muralla de la ciudadela, o almudena.

La de Almudena Grandes fue una muralla siempre firme para afrontar y dar sentido literario a sus ideas y a sus convicciones. “La cultura española –editorializaba ayer El País- echará de menos el empuje moral de una narradora dispuesta a sumergirse en la pluralidad ingobernable de las peripecias de una sociedad compleja”.

En esa inabarcable muralla no solo tiene sentido que “creer es un verbo especial, el más ancho y el más estrecho de todos los verbos”, sino que “el silencio pesa tal vez en quien calla más que la incertidumbre en quien no”.

La seguiremos leyendo. Y viendo la muralla.

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