FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | falsedades mediáticas | Salvador García Llanos

El catedrático de Periodismo y director del Máster en Verificación Digital, Fact-Checking y Periodismo de Datos en la Facultad Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo, Ignacio Blanco, anima a todo el mundo, según recoge Ana Romero en un trabajo publicado en Expansión, a hacerse tres preguntas para desactivar falsedades mediáticas:

“Lo primero es ver quién habla e identificar la fuente. Si el mensaje procede de una desconocida o anónima, hay que desconfiar e intentar averiguar quién está detrás”, expone el profesor. Después, debe buscarse quién más recoge la noticia, recurriendo en esa labor de contraste a los medios de referencia. Por último, hay que analizar las emociones y sentimientos que producen esos mensajes”.

Prosigue entonces el análisis y la interpretación de un fenómeno complejo al que hemos dedicado no pocas entregas con tal de desentrañarlo y aportar algo sustantivo que contribuya a su erradicación. Estas apreciaciones de Blanco contribuyen a constatar que la desinformación es un problema cada vez más serio aunque “en los tiempos que corren, el mayor riesgo no es ya caer en una noticia falsa, sino dejar de creer en las auténticas”. En efecto, advierte el catedrático que “se está produciendo una pérdida de credibilidad que conlleva un deterioro de la confianza en las instituciones y otros problemas provocados por el daño reputacional que estas han venido experimentando, lo que hace crecer la desconfianza hacia la información que circula por la esfera pública”.

Entonces, hay que perseverar en la necesidad de luchar contra la desinformación, por lo que se requiere más iniciativas y recursos destinados a campañas de alfabetización mediática. Ya nos hicimos eco del propósito de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) que ha respaldado recientemente un llamamiento hecho hace unos meses por un centenar de catedráticos de Comunicación y Educación de treinta y tres universidadespara que se implanten las competencias mediáticas en los planes de estudio a fin de que escolares y universitarios evalúen críticamente los medios y distingan las informaciones reales de las falsas.

Y es que “las noticias falsas están diseñadas para provocar ira, enfado, miedo o consternación y se valen de ese combustible primario para viralizarse. Alguien dominado por el miedo o la ira actúa irracionalmente y así es más probable que comparta el mensaje sin plantearse si es verdadero o no», razona el profesor Blanco.

Por ello es indispensable robustecer la formación. Un hecho concreto para justificarlo: el informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre la preparación de los estudiantes ante la desinformación. Concretamente, en el estudio Lectores del siglo XXI: desarrollo de habilidades de alfabetización en un mundo digital, se constata que al 54% de los estudiantes españoles no se le ha enseñado en la escuela a reconocer información sesgada. Y la media de la OCDE no es para tirar cohetes, pero sí ocho puntos más baja, en el 46%.

Y cuanta más temprana edad, mejor. Efectivamente, hay que ayudar a los niños a discriminar mejor la veracidad de lo que leen. Lo ideal, escribe Ana Romero, es hacer propuestas sencillas, metodologías basadas en la gamificación y problemas asequibles. Ilustra Ignacio Blanco que deben crearse iniciativas que les diviertan y ayuden a desarrollar el pensamiento crítico: “Pueden ser juegos para identificar la fuente informativa, aplicar softwares para rastrear el origen de una imagen o detectar las emociones inherentes a un mensaje”.

En fin, Jesús Díaz del Campo, docente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) e investigador principal del grupo de Comunicación y Sociedad Digital, cree que la prensa tradicional tiene mucho que decir en este tema. “La batalla es más una oportunidad que un riesgo, pues la sociedad en general, jóvenes incluidos, demanda información de calidad”. Tal vez no es tarde y sea posible hacer más cosas por la veracidad de la información, especialmente efectivas si se unen las fuerzas y los recursos.

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