FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Hermosas tonterías | Francisco Pomares

Es frecuente decir tonterías si no paras de hablar todo el día, bien porque sucumbes encantado a la voluntad de ser protagonista, o porque a la que te descuidas te enchufan a traición un micro y tienes que ponerte a largar. Por eso es tan frecuente escuchar a los políticos soltar memeces poco pensadas. Las declaraciones de la ministra Maroto sobre lo estupendo que iba a resultar el volcán para activar el turismo palmero, o las de la consejera canaria del ramo, que un día antes dijo lo mismo, o las del propio presidente Torres, que se descolgó nada más empezar el cristo éste con una colectánea de sentencias sobre la vida interior de la tierra, la hermosura del magma desatado y cosas así de poéticas y profundas, son meras tonterías, sin voluntad alguna de daño. Ellos mismos lo han reconocido pidiendo disculpas o procurando no volver a abrir el pico en la misma sintonía. Entre otras cosas porque el volcán ya ha revelado sus dos caras, como un Jano bifronte. Asombrados con la potencia destructiva de la tierra, nuestros próceres guardan ahora prudente silencio, horrorizados ante la belleza asesina de los ríos de lava. Hablar con ligereza de este desastre es fruto de una visión moderna y embobada de los volcanes y su épica, convertida por muchos de nuestros mandantes en una suerte de parque de atracciones de la naturaleza, una Disneyland telúrica y dramática, en la que se unen el poder titánico del magma, las fumarolas de azufre, las explosiones y los sismos. Algo realmente digno de verse desde lejos, y si no puede alcanzar tu propia casa.

Esa percepción que hoy tienen muchos del volcán como un espectáculo o un acontecimiento es un invento coetáneo del cambio de mentalidades del mundo rural al urbano. Por suerte, desde la destrucción de Garachico por las coladas de la más dañina de las erupciones históricas, la del volcán Trevejo en 1706, la mayoría de las erupciones no han provocado gran número de víctimas ni mucha destrucción. El volcán como causante de daño ha sido sustituido en la imaginería colectiva por el volcán símbolo de la Arcadia pasada, esa Canarias que los poetas y los artistas han podido cantar o pintar como un territorio de volcanes y pasiones, convirtiendo nuestra impresionante colección de cráteres –el del padre Teide el primero- en símbolo patrio de fuerza y grandeza.

Pero para la mentalidad campesina tradicional, la que se enfrentó al hambre y emigró hacia tierras más hospitalarias que la nuestra, el volcán no ha representado nunca más que una maldición que arrasa por completo los lugares donde nace, y esparce la miseria con su lluvia de cenizas y piroclastos y sus gases venenosos. El volcán de los campos no es el volcán de las ciudades: el amontonamiento de desperdicios y coladas en tierra cultivable es sinónimo de cosechas perdidas, animales muertos y una vida mucho más dura.

Toda Canarias cantó alguna vez las endechas de Guillén Peraza, una de nuestras más antiguas composiciones literarias. En ellas se maldice sin disimulo alguno a la isla de La Palma por la muerte del joven castellano, abatido por una pedrada de las tropas del rey Echeyde: “No eres palma, eres retama, /eres ciprés de triste rama, / eres desdicha, desdicha mala. / Tus campos rompan tristes volcanes, / no vean placeres, sino pesares, / cubran tus flores los arenales.” Nadie describiría hoy mejor que el anónimo autor de las endechas el horror surgido de las entrañas de Cumbre Vieja.

Son los hijos nuevos de la ciudad, ajenos a los ciclos de la tierra y olvidados del sacrificio que conlleva sortearlos, quienes disfrutan aún hoy el goce estético de la destrucción. Ellos vuelven después a sus casas, dejando atrás la tierra desolada. Pueden permitirse sus hermosas tonterías.

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