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OPINIÓN | El precio del queso canario y la Ley de Cadena | Pablo Zurita

Barato. Unos pocos céntimos en el kilo son la diferencia entre la rentabilidad y el fracaso empresarial. Unos pocos céntimos que no condicionan necesariamente la decisión de compra. Porque una cosa es lo que dice el análisis estadístico de las grandes empresas de distribución y otra la conducta habitual del consumidor en el punto de venta. Porque un individuo comprador no sabe a qué precio tiene a la venta su queso preferido la cadena de supermercados donde NO compra. Una cuestión relevante porque el afán de mantener precios bajos trae consigo graves inconvenientes y aporta discutibles beneficios. Para contener la inflación va bien, el Banco Central Europeo les da las gracias, pero para mantener el tejido productivo local va rematadamente mal.

Conveniencia. Fidelidad por conveniencia. Por interés te quiero Andrés, no porque seas el más barato. El comercio de proximidad es imbatible porque la comodidad no tiene precio. Coger el coche a la gran superficie para ahorrar unos céntimos es la excusa de quien busca más marcas y más variedad, cansado de la limitada oferta de la tienda de cercanía. Una vez allí, empujando el carrito por aquellos pasillos, entre decenas de miles de artículos, qué sé yo si con este me ahorro diez céntimos y con aquel otros treinta. Aunque algún individuo comprador llevara una lista para comparar, que puede ser, el efecto global sobre el resultado de explotación sería absolutamente irrelevante.

Responsabilidad. La negociación es un proceso de interacción humana para tratar de llegar a un acuerdo en el que ambas partes pueden decir que no. Por tanto, la relación comercial entre las grandes cadenas de distribución y las queseras canarias no se puede clasificar como tal. Quizás en unas condiciones de mercado menos convulsas el productor tenga algo más de fuerza pero con la pandemia, con las cámaras en las que no cabe un kilo más, prevalece la desesperación. Y en esos momentos críticos quien tiene la sartén por el mango debe ser cuidadoso y modular su posición de fuerza. Cuando vender al precio que sea, al que sea, ya es un éxito, el comprador asume toda la responsabilidad.

Lógica económica. Los puristas afirmarán que así funciona el mercado, que se regula por sí solo y que si esa fábrica cierra comeremos queso de Irlanda. No sé yo. La globalización acabó en el momento que piden veinte mil euros por traer un contenedor de China como es el caso. El movimiento a lo local, al producto de proximidad, al kilómetro cero, no es una moda de jipis, obedece a una lógica que nunca debimos abandonar. Prácticas como la marca blanca, por interés de parte y como consecuencia de esa posición de fuerza “lo tomas o lo dejas”, solo restan valor al camuflar características diferenciales: ¿quién quiere esconder la textura insuperable del queso majorero o la calidad de la leche de animales que pastan libremente en el Nisdafe, en El Hierro?

Beneficio. La modificación de Ley de Mejora de la Cadena Alimentaria de 2020 obliga a pagar por encima del coste de producción y persigue la banalización de los productos agroalimentarios en el punto de venta, prohíbe esas súper ofertas, para entendernos. Un fracaso porque en un contexto de conducta responsable sobrarían las leyes. “El consumidor no está dispuesto a pagar por un queso lo que vale”, argumentarán los obsesos por lo barato, y puede que tengan razón, ya se encargarán los productores de contar las bondades del queso y de explicar los beneficios que su actividad genera para el conjunto de la sociedad: economía, empleo, tradición, conservación del entorno rural… porque el queso canario tiene un propósito.

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