FIRMAS

OPINIÓN | Besos en una escala menor | Guillermo Ariza

No por tanto oírlo se intuye, se adivina, se aproxima uno al drama.

Muy cerca andan aquellos años en los que desayunábamos sangre. Rojo tangencial, cierto y lejano. Algunos, muchos, acabamos abarloándonos a la sinrazón, a la tragedia. No nos rozaba la barbarie, el miedo Lorquiano…

Hoy ha cambiado el terror su rostro. No necesita gatillos ni espoletas. Sólo busca alimentarse del miedo ajeno, del que no le pertenece y provoca. Aquel que desprecia realimentándose en su infamia. Matando o haciendo morir a diario a tantas mujeres amarradas a la más absoluta tristeza, a una cárcel perpetua.

Pavor constante, abrumador, martirizante, privativo de la víctima. Y así, viven muriendo a diario. Miedo nacido de una confianza falsa, de una fe total y vana,  de una médula vecina y podrida.

De esta forma  se muestran las bestias, minando a quien dicen querer. Para arrimarlas a sus complejos machos, para sujetarlas como a los atunes de mi Tierra. Para asfixiarlos en vida y a continuación, cercenar su voluntad y encadenarlas al peor de los infiernos.

Necesitan Ellas, a la fuerza, espantar el drama conviviendo con la Bestia. Círculo vicioso y dantesco.

Y de repente…

Aparece una maroma en la orilla. Soga ignorante pero evangélica. La que une la verdad a la voluntad perdida. La que a pesar de todo, trae a Tierra a quien todo había botado por no sé qué borda.

Cuerda, maroma, soga, cabo que las descose de la roca más tenebrosa.

Las más, mueren de a poco en singladuras sin puerto. Sin amarras, sin norayes que les permitan buscar otros mares.

Un día amanece distinto, más claro, con viento del norte. Las menos, son capaces de cortar amarras, de saltar al vacío, de largar  trapo, de ser lo más parecido al desconsuelo del llanto. Solas, tristes, temerosas,  el paradigma de la incertidumbre.

Pocas llegan a buen Puerto. Que hay una soga invisible que las devuelve  a Tierra, a ese infierno disfrazado en sentimiento ínfimo y prestado. Al dominio del macho femenino, a lo más repugnante que se me alcanza. A los que necesitan la violencia para sentir lo que jamás serán…

Gracias a Dios algunas vuelven.

Llegan lamiéndose las heridas, llorando a contratiempo, asustadas como los galgos, esperando un zarpazo que no llegará nunca.

Sé de qué hablo…

Mi Mar se cruzó con una Princesa llena de lágrimas. Sirena que me enseñó la feminidad del hombre.

Navegamos juntos desde entonces. Su tranquilidad es mi dicha, su puesta de Sol mi Norte.

Pero, faltan Faros para dar la Luz a tanto sufrimiento visto.

En sus Sueños he encontrado la complicidad de la aventura, la belleza de lo nimio.

La verdad absoluta.

Enlace a un vídeo de una canción muy inspiradora «Nunca más vestida de negro»

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