FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Euforia y optimismo | Francisco Pomares

Dicen que fueron más los españoles que salieron este año de vacaciones por España, de los que jamás nunca antes lo hicieron, en toda la historia del país. Es como si millones de compatriotas hubieran sentido la necesidad colectiva y simultánea de gastarse los ahorros en vengarse de la pandemia y resarcirse del confinamiento. La mayoría de todos ellos ya han regresado del paréntesis veraniego, y se incorporan (o van a hacerlo en los próximos días) a sus trabajos y obligaciones, en estado de temporal alegría y contento.

Supongo que es eso lo que explica la tendencia a la euforia y optimismo que parece haber invadido el país, de Norte a Sur, Canarias incluida.

Empezando por los gobiernos, que también vuelven de vacaciones: Sánchez estuvo en La Mareta mojándose los carcañales y pillando moreno de maquina, y ayer ofreció una rueda de prensa -no sé si es la octava o la novena desde aquella primera de la ‘nueva normalidad’- declarando la pandemia por fin oficialmente vencida. Sánchez nos obsequió con su visión de que estamos mucho mejor que hace un año, e incluso apuntó el éxito que supone que en unos meses (o sea, un pelín tarde, cuando ya estén vacunados todos los españoles que hayan querido vacunarse) contaremos con vacuna propia, inventada y creada y producida en la patria y olé. Con un poco de suerte podemos exportarla a Burkina Fasso antes de que las patentes se liberalicen, algo que probablemente ocurrirá cuándo ya no quede por vacunar nadie que viva en un país donde el Estado pague las vacunas.

El optimismo compulsivo es un viejo vicio de la política: Sánchez no es más optimista que Biden cuando el nuevo Potus califica de éxito histórico la salida USA de Afganistán. O mas que nuestro viejo conocido el presidente Torres, convencido de que el maná europeo va primero a salvar la economía de Canarias y luego a trasformarnos en una suerte de remedo criollo de Silicon Valley con chiringuitos y carne fiesta.

No hay nada que venda mejor en la vida que el alegre y sano optimismo, pero para los que no somos optimistas compulsivos, esta es una época rara. Todos estos que vuelven del veraneo, muchos de ellos a seguir sin dar golpe, andan convencidos de que cuando acabe esta gripe asesina, los perros los vamos a atar con chorizo palmero. Los hay que no nos damos motivo para esas alegrías. Porque a ver… ¿Qué motivos hay para la euforia? España anda con una deuda pública de un billón doscientos mil millones, y un déficit estructural de nuestras cuentas cercano al cinco por ciento, que van a seguir pagando nuestros nietos. El Gobierno anunciará hoy que España vuelve a repetir en agosto el ‘milagro’ del pasado julio, situándose a la cabeza de los países de la eurozona donde más baja el desempleo. Es cierto, pero también lo es que en España seguimos encabezando el ranking dé los países con más paro de la UE, solo superados por Grecia. La recuperación turística permitirá mantener la buena tendencia (en Canarias se especula con una ocupación en el tercer cuatrimestre superior al 70 por ciento) pero ni locos acabaremos el año con más de cinco millones de turistas… Y además en diciembre se van a acabar sí o sí los Ertes. Las empresas van a despedir a miles de sus empleados. En el primer cuatrimestre, volveremos a tener turbulencias graves en el empleo, en un país que arrastra un paro estructural absolutamente exótico en el primer mundo.

Y luego esta la brecha social, agigantada por la triple crisis -económica, social y política- y su nuevo catálogo de desastres: pobreza, desigualdad, emigración, calentamiento global, ISIS, descreimiento social, Cataluña, crisis de las instituciones, una deuda fiscal que crece imparable, la factura de la luz por las nubes, Messi deja el Barsa, y Pedro Sánchez sustituye a Adriana Lastra por Héctor Gómez. Yo no veo ningún motivo para el optimismo y la euforia. Quizá es verdad que también tengo que cogerme vacaciones.

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