La primera persona que nos recordó que somos tan poca cosa –en términos comparativos y absolutos– fue Manuel Fernández, entonces diputado popular y segundo de Manuel Soria en Canarias. Lo hizo antes de sumarse con renqueante entusiasmo a la unánime votación del Parlamento de Canarias para crear una rimbombante Agencia de Desarrollo Sostenible y Cambio Climático, que el presidente Rivero se sacó del manguito hace una tira de años. Manuel Fernández recordó nuestra insignificancia para pedir a la nonata Agencia que no se tomara su trabajo muy en serio. El herreño Fernández no se creía entonces (ni creo que se crea mucho ahora) lo del calentamiento global: era el hombre de la escuela Aznar, que ya saben ustedes que lo del calentamiento solo le afectó cuando cuatro gendarmes marroquíes montaron tienda en Perejil.

Hay como una clara tendencia de la derecha –de la derecha patria y de las otras– a no darle mucho crédito a lo de que el clima se nos ponga gamberro tenga algo que ver con nosotros. La tesis más generalizada en la diestra –insistía de nuevo ayer en las redes, precisamente, el último segundo de Soria, Juan Santana– es que esto de los calores extremos ha ocurrido siempre. Colgaba don Juan una portada de un periódico de 1950, hablando de las temperaturas más altas de la historia.

Pero, en realidad, no hace falta que se pongan científicos para llevarle la contraria a la ONU. La derecha no es que no crea en el calentamiento, es que no cree que a su público electoral ese asunto le importe. Actúan como los miembros de una secta fatalista: eso no va a pasar, pero si fuera a pasar, tampoco podemos hacer nada por evitarlo (somos solo el 0,002), y si nos cae encima el infierno, lo importante es que seamos nosotros los que tengamos el mando del aire acondicionado bajo control.

Así funciona la derecha, y la otra –por desgracia– tampoco se toma lo del calor muy en serio. El pánel ese de Naciones Unidas ha dejado claro que vamos camino de ser cenizas –pasadas por agua, por la pérdida de millones de kilómetros cuadrados de litoral–, pero la izquierda está por el marketing, las medidas 30-30, o 30-50 o 30-50-30, y por ganar el discurso. Políticas, las justas. Tenemos un Ministerio que no ha presentado ni una sola propuesta de contención del calentamiento y una presidencia del Gobierno que para una idea decente de Podemos –defender un menor consumo de carne– va y se lo toma a coña.

En cuanto a Canarias, tampoco nuestra tradición en calentología es para estar orgullosos. Rivero creó la Agencia para el Cambio Climático y otras yerbas y prometió convertirla en un instrumento para una política sostenible. Quizá alguien recuerde aún que Faustino García Márquez –un ecologista serio, poco dado a la cosmética, que fue nombrado por Rivero director de la Agencia– dimitió antes, incluso, de que la Agencia empezara a andar. Fue otro más de los muchos fenómenos paranormales del paulinato. Y del calentamiento no hemos vuelto a acordarnos desde entonces en el Gobierno regional del 0,002 por ciento de la humanidad.