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OPINIÓN | Fonsalía | Francisco Pomares

La mayor parte de los responsables políticos a los que se pregunta por el futuro del puerto de Fonsalía a micrófono cerrado, contestan que están convencidos de que esa infraestructura no se construirá nunca. Es una respuesta tan categórica como pesimista: lo que demuestra es la sumisa aceptación de que las decisiones políticas tienes muy poco peso frente al efecto combinado de las burocracias y el ruido de las asociaciones del No a todo.

Solo hay tres políticos que siguen confiando plenamente en que el puerto acabará por hacerse, a pesar de la oposición ecologista, los artículos del ‘National Grographic’, la negativa de Podemos y el retraso intencionado y las pegas de Fomento y Medio Ambiente. Son Pedro Martín, presidente del Cabildo de Tenerife y ex alcalde de Guía de Isora, Casimiro Curbelo, presidente del Cabildo de La Gomera, y Jose Julián Mena, alcalde de Arona. Los tres son políticos socialistas, y además enfrentados entre ellos, aunque en este particular asunto podría decirse que han hecho causa común. Supongo que lo fácil será decir que a los tres les mueven intereses en relación con la obra, pero lo cierto es que lo que les mueve es la certeza de que el puerto de Fonsalía –si llega a hacerse– puede cambiar el futuro económico de ese triángulo marítimo-terrestre que forman Arona, Guía de Isora y La Gomera. Lo de Guia y La Gomera lo suelen entender la mayor parte de quienes no tienen prejuicios previos sobre la obra. Es obvio que acelerar la comunicación entre Tenerife y La Gomera reportará extraordinarios beneficios al Sur tinerfeño y a toda La Gomera, reforzando el turismo en una isla que recibe todos los años centenares de miles de visitantes, de los que la mayoría solo se quedan un día, y que podrían ser muchísimos más. La mejora de los accesos al futuro puerto sería también una bendición para miles de viajeros. Y para Los Cristianos, librarse de la presión de una infraestructura encajada dentro de la propia ciudad, supondría una importante mejoría en la calidad de vida de sus vecinos, sin renunciar a las ventajas de un puerto pesquero, deportivo y dedicado al cabotaje turístico.

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Fonsalía, respaldada en el Cabildo de Tenerife y con la boca chica por la totalidad de los partidos tinerfeños -excepto Podemos, por supuesto- debiera ser una reclamacion masiva del conjunto de las instituciones de Tenerife, de sus asociaciones empresariales y de los grupos y entidades a los que les preocupa seriamente sostener el desarrollo de esta isla.

Si no ocurre así, es porque vivimos un tiempo en el que nadie se arriesga a decir lo que de verdad piensa, por temor a ser tachado de antiecologista. Un tiempo en el que apostar por el desarrollo supone asumir la acusación de preferir el negocio a la conservación del medio. Otra falsedad instalada sin respuesta en el imaginario colectivo: porque esta isla ha soportado sin respuesta gigantescas campañas de descrédito contra el tranvía (un proyecto de transporte guiado que ha hecho más por la movilidad y el ahorro en combustibles fósiles que todo el palabreo de nuestros radicales de salón), contra la mejora del tendido eléctrico al Sur (que concluyó con la catástrofe estética que hoy soportamos), contra la red de depuradoras, las obras hidráulicas, la instalación de granjas de fotovoltaica o molinos, o la sustitución del fuel por gas en la producción eléctrica de nuestras centrales.

Ya va siendo hora de abandonar el silencio.

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