FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Alarmas | Francisco Pomares

No siempre lo importante es acertar. A veces el acierto consiste en acertar a tiempo: Ángel Víctor Torres no cree que haya llegado todavía el momento de pedirle a su jefe que decrete el estado de alarma en las islas. Opina el presidente que aún existe margen suficiente para ‘doblegar’ la curva de contagios y que para lograrlo hay que reforzar la vigilancia, persiguiendo los botellones, las fiestas en las casas y el incumplimiento de las normas por parte de los jóvenes.

Esa es la receta de Torres, y no voy a decir yo que no tenga razón, especialmente si la receta se aplica y se persiguen los incumplimientos, algo que no está ocurriendo: en Canarias se han realizado ya 60.000 intervenciones policiales contra personas incumplidoras de las normas, pero no se han cobrado ni un uno por ciento de las sanciones impuestas. Y ayer, en las plazas con terrazas de Santa Cruz se amontonaban miles de vecinos deseosos de seguir el resultado del partido de España contra Suiza. En los momentos de mayor alegría daba miedo ver a la gente, absolutamente eufórica, pasándose las normas de prevención por debajo del ombligo.

Abrazos, besos y restregones a piel descubierta, sin mascarillas ni protección alguna, fueron la norma en el jolgorio improvisado por el triunfo español. A pesar del evidente incumplimiento continuado de las medidas de protección por centenares de ciudadanos, no se produjeron detenciones ni intervenciones policiales.

Es verdad que con peores datos que los nuestros, otras regiones aún no han pedido el retorno a la situación de excepcionalidad, aunque también es muy cierto que la expansión de la enfermedad en Tenerife –y en los últimos días también en Gran Canaria–, es ahora más rápida que en la mayoría de las regiones, aunque los datos acumulados de Canarias –los de Canarias, no los de Tenerife– estén por debajo de la media nacional. A juzgar por la información de que se dispone, parece que la causa principal de este desparrame de contagios es que los más jóvenes le han perdido el miedo al virus.

Un persistente cansancio pandémico tras año y medio de restricciones, al que se suma la recuperación del espacio público por los estudiantes, una vez acabadas las clases, están disparando de nuevo los datos de la pandemia, cuando la vacunación masiva apuntaba que las cosas iban a empezar por fin a cambiar. No es un fenómeno exclusivo de Tenerife. Se produce en toda España, en las ciudades de Europa y también en África, donde los contagios se han disparado como nunca antes, provocando una extraordinaria mortandad, desconocida hasta ahora en el vecino continente.

Esta cuarta ola que comienza a recorrer el mundo, cabalga sobre la mayor contagiosidad de la variante Delta, pero también sobre el relajamiento creciente de las medidas. Los jóvenes creen que esta guerra no va con ellos (se equivocan), y los mayores vacunados se consideran inmunizados frente al contagio, cuando sólo lo están frente a las consecuencias más graves de la enfermedad. Estadísticamente, la vacuna protege a las sociedades y reduce los internamientos hospitalarios y las muertes, pero la enfermedad sigue siendo una lotería peligrosa para quien la coge. Por desgracia, algunas de las decisiones sanitarias que se adoptan responden al deseo de congraciarse con los ciudadanos, o de tapar otras decisiones conflictivas. Autorizar el relajamiento de las medidas de protección, suprimiendo la obligatoriedad de protegerse y proteger a los demás portando mascarillas al aire libre, es probablemente una medida precipitada y con poco sentido, cuando aún estamos lejos de conseguir la inmunidad de grupo que se nos dijo –y aún se nos sigue diciendo– llegará a finales de este mes. No va a ser así. Ojalá, al menos, no llegue una cuarta ola descontrolada. Hagamos lo posible para evitarlo. Manteniendo nuestro propio y personal ‘estado de alarma’.

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