FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Viaje a Ñameland | Salvador García Llanos

Ñameland es el paraíso de la ternura, reino de abundancia y de bondad. Hombres y mujeres conviven en un mundo alejado de todo dolor y sufrimiento. Todos los días por la mañana, el sol se levanta tras el inmenso mar y saluda a sus habitantes, anunciando que un nuevo día lleno de prosperidad ha llegado”.

Así comienza este primer libro de Carlos Marrero, una suerte de paraíso, dichas esas frases a las que siguen las remembranzas de la infancia que configuran un relato inspirado en el enamoramiento de un territorio, en el que se funden vida y arte y donde “existe una delicada y esmerada atención por la belleza”.

Hay que trasladarse hasta San Andrés y Sauces, en La Palma, para entender que la vegetación exuberante armoniza con el carácter de las personas y con su idiosincrasia. Allí, la imaginación del escritor exprimió las características de esos “lugares especiales, llenos de encanto, de carisma, de nostalgia”. Y les dio nombre propio, fundiendo o fusionando, la voz de un peculiar tubérculo, comestible, ñame, con otra inglesa, land, que se traduce por tierra o incluso país, con un derivado castellano, landia, un sufijo que junto a la raíz germánica landa, viene a significar lo mismo, país o tierra. La Real Academia Española de la Lengua (RAE) menciona que “significa ‘sitio de’, ‘lugar de’, generalmente en nombres propios». Este sufijo es muy común en la toponimia de lugares donde se hablan lenguas de origen germánico, como el alemán y el inglés.

En este sitio, en esta tierra del ñame –perdonen la digresión anterior- vivió el autor, que ahora rescata los episodios de su infancia para construir un relato lleno de sugerencias como son las que habitan, las que se quedaron en ese territorio de la memoria y que tienen la particularidad de no borrarse o de no alejarse del todo.

Su pasión por descubrir el pasado le hizo renunciar a la música, su vocación, a favor de las bellas artes. Se sentía extraño al acabar la carrera pero el azar quiso que cruzara su camino con otro amante del arte que le animó para una primera exposición, titulada Seres vivientes, con la que condensó el conflicto entre lo natural y lo social. Surgía el artista, claro, pero también el gestor cultural que, según su propia definición, es lo que mejor se le da. Tras su debut literario, habrá de contrastar el rumbo y deducir lo más conveniente para esa constante que anida en el interior o en el alma de cada artista

Como si el mundo de lo onírico y de la fantasía quisieran abrazarse con lo lírico, Carlos Marrero va desgranando textos que parecen lanzados en busca de moraleja. Este es, de alguna manera, un libro de memorias en el que vuelca una visión del mundo, de su mundo. En Ñameland quedaron las raíces que brotaron, miren por donde, durante el confinamiento, cuando reunió a amigos de la infancia para revivir -y recuperar- la amistad que había entre los de su generación, entre los leales o fraternales de entonces.

Aquello comenzó como si de un juego se tratara. Seleccionó a cuatro, las reglas eran bastante simples y todos fueron dejando testimonio de una cultura, si se quiere, rural. Rescataron episodios, momentos, apenas flashes que, debidamente procesados, habrían de servir para una configuración pretérita real, que existió, quiere decirse, no para refugiarse en el refranero, ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’, sino para revivir lo que en cierto modo fue un aprendizaje, «en aquel reino de abundancia y de bondad».

Allí estaban Carlos y los suyos, los sauceros que llaman ñameros, en su particular ‘paraíso perdido’. Si John Milton basó su epopeya en los hechos bíblicos, Marrero, salvando las distancias físicas literarias, desglosa los caminitos, el paseo, las mascaritas, los cumpleaños felices, el juego de voley, la cadena y los seres iracundos, títulos de aquellos elementos de Ñameland, donde sus hijos, «dulces e inocentes, humildes y generosos», conviven conscientes de las obligaciones, siempre con ánimo de diversión.

Es el universo perfecto, envuelto en felicidad, la que se adivina incluso por las noches, «en los bancos de las plazas cubiertas de palmeras y flores exóticas». Entonces, cuentan historias entre ellos, bromean unos con otros «en un ambiente de eterna fraternidad». Y jugaban a la cadena. Aquella infancia rescatada ahora por Marrero es la sublimación del juego, del desenfado, del canto y de la risa -otra forma de aprender- porque no conocen la tristeza y porque «todos conviven alegres y felices en el reino de Ñameland».

Destaca en algunos pasajes de la obra, la altura descriptiva del autor que se refiere, por ejemplo, a los lugares que recorría, cerca del infinito y vasto mar. Lo hacía «rodeado de rocas puntiagudas, rocas planas y grandes acantilados». Allí estaba «aquella hermosa cueva natural, escarbada durante tantos años por el mar». Pero lo más importante era que aquella niñez afortunada ponía a su alcance todo aquel tiempo y espacio libres.

Los niños de Ñameland vieron crecer y cómo se transformaba aquel lugar. «Aparecieron los paraguas de hierro con hoja de palmeras, las escaleras de cemento, las plazoletas… Pude ver -relata Carlos Marrero- cómo aquel entorno natural, donde la gente corría descalza por encima de las piedras y comía cobijada en una cueva, se convirtió en un lugar domesticado, turístico; quizás por suerte, alejado de la muchedumbre insensible y esperpéntica que aún visita muchos lugares del mundo».

En el espejo de su infancia, en suma, se refleja el autor que dedica los últimos relatos del libro a sus familiares y allegados más directos. Es una secuencia coherente pues cada relato es como una lección de vida, orientada a la reconexión con la naturaleza, mediante una educación de la sensibilidad.

Y es que en aquel lugar natural y mágico, rústico y poderoso como es Ñameland, en estas sus páginas, quedaron pasajes y vivencias de una época que, sencillamente, fue feliz.

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