FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | Virus de la malcriadez | Salvador García Llanos

Un taxista cuenta las exigencias de una cliente, casi a cajas destempladas, para que la dejara unos cuantos metros antes del lugar que había indicado previamente. Un usuario de TITSA eleva la voz notablemente y acredita enfado cuando va a abonar en efectivo y el conductor le dice nones, que obtenga la tarjeta. Dos personas discuten por un quítame allá el puesto en una cola en el aeropuerto de Los Rodeos. Otra cliente, no muy educadamente que digamos, reprocha una subida del precio de la mantequilla en el supermercado.

¿Qué está pasando? Pareciera que la pandemia ha encrespado los ánimos y las reacciones del personal no han sido las pacientes y resignadas de toda la vida. Es como si, de pronto, hubiera brotado otro virus, el de la malcriadez o la destemplanza que, en los servicios públicos, se aprecia visiblemente.

Nos estamos volviendo más radicales o más intransigentes, como si cualquier cosa o cualquier anomalía se saliera del guion y haya que lidiar a base de capotazos bruscos y maleducados. Que eso se notara en las redes sociales, con expresiones que van desde la descalificación al insulto, vale (sin que eso signifique otorgar razón); pero que nos encontremos con situaciones de éstas en cualquier punto por donde transitamos, revela que la sociedad o muchos componentes de la misma están cambiando.

Y no para bien. Hace unos cuantos años, mucho antes del virus, por supuesto, estas cosas en Canarias se resolvían hasta con gracia o con alguna espontánea ocurrencia. Hay alguna célebre: en el Puerto de la Cruz, cuando escaseaba el azúcar y se despachaba en las ventas de ultramarinos en gramos o cantidades muy reducidas, una cliente entró y exclamó tajante al ventero:

-¡Me da dos kilos de azúcar!

Y otra cliente, de las numerosas que guardaba turno en la venta, replicó, ante el regocijo del personal que la llenaba:

-¡Jesús! Ni que fuera a hacer tachones.

Los tiempos han cambiado, claro que sí, y ahora hay impuestos a las bebidas edulcoradas en busca de consumos responsables, cuidados dietéticos y hasta prevención de patologías, pero valga el ejemplo para entender la evolución de cierta parte del cuerpo social: no parece que la sociedad de la comunicación nos haya traído más valores de convivencia. Al revés, especialmente el último año y pico, ha despertado una mayor intolerancia, una reacción más agresiva y menos amable. Y eso que no hay escasez de productos, prácticamente de nada: al contrario, suben (gente que hace lo que sea para ganarse la vida) los sacos de papas o las bolsas de naranjas y aguacates en bloques de viviendas no hay ascensor

Hay que preocuparse, por supuesto. Que esas formas y gestos no hayan llegado para quedarse. Que la afabilidad y la tolerancia son cualidades muy apreciables. Que convivamos con respeto, sin necesidad de alterarse o conducirse con respuestas y réplicas que traspasan la mesura y el equilibrio. Sobre todo, en espacios públicos. No puede ser que otro virus haya aparecido para fastidiar y quebrar los valores de toda la vida, aquellos que hicieron del canario un ser amigable, comprensivo y condescendiente sin necesidad de incurrir en la mansedumbre.

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