FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | 22 ángeles | Francisco Pomares

Ángel Víctor Torres y la ministra Carolina Darias presentaron ayer una campaña para incentivar a la gente a vacunarse, bajo el título de ‘22 ángeles’, en referencia a los huérfanos que un médico de la corte de Carlos IV, Francisco Javier Balmis, responsable de la ‘Real Expedición Filantrópica de la Vacuna’, recogió en distintos hospicios españoles para inocularles la viruela vacuna. La expedición Balmis, considerada la primera gran expedición sanitaria, salió de la Coruña e hizo su primera escala en Tenerife, llegando a dar la vuelta al mundo en una travesía que duró hasta el año 1806 y logró salvar la vida de decenas de miles de niños. Los niños, de edades comprendidas entre los tres y los ocho años, y a los que se sumó primero el hijo de la rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, Isabel Zendal, y luego otros recogidos en América, fueron sucesivamente infectados de viruela y utilizarlos como portadores para que la ‘vacuna’ pudiera atravesar los mares.

Hoy puede resultar bastante horripilante que esos huérfanos fueran contagiados intencionadamente para poder salvar gracias a ellos miles de vidas –fundamentalmente de otros niños, en los que la viruela era letal- y no sólo en los territorios del imperio, también en zonas bajo dominio británico o portugués, o en la misma China, lugares en los que la corbeta María Pita recaló en su navegación. Pero lo que en este tiempo de ahora puede ser considerado abusar de niños indefensos, a finales de 1803, sólo siete años después de que el médico rural Edward Jenner descubriera en las vacas una variante más benigna de la viruela humana, fue una bendición para toda la población infantil del planeta. Jenner desarrolló una técnica, también experimentada en niños huérfanos -la variolación- que consistía en extraer líquido de las pústulas de un infectado de viruela e inocularlo a una persona sana, que se contagiaba, pero muy frecuentemente sobrevivía al contagio. Lo más complicado, en un tiempo en el que no existían las neveras, era mantener el suero activo. A pesar de desarrollar distintos sistemas para su conservación y transporte, Jenner constató que dejaba de ser efectivo a partir de los nueve o diez días.

Cruzar los océanos con el virus activo en los recipientes de linfa, era absolutamente imposible, y además en América no había vacas. Por eso el ‘filántropo’ Balmis optó por inocularlo en niños huérfanos y sanos, a los que se infectaba cada ocho o nueve días por parejas.

La expedición llegó a Santa Cruz de Tenerife, y se vacunó a grupos de niños de todas las islas, que luego volvieron a sus casas para continuar el proceso hasta el último pueblo de Canarias. La María Pita estuvo un mes vacunando, y salió de Canarias el 6 de enero de 1804. El viaje fue un éxito absoluto: sólo falleció uno de los 23 niños inicialmente inoculados –el único del que hoy no se conserva el nombre- y se llevó la ‘vacuna’ a todo el imperio, salvando probablemente centenares de miles de vidas. Ninguno de los niños infectados –ni siquiera el hijo de Zendal- regresó a España.

Esa es la historia de los 22 (o 23) ángeles, que el Gobierno –copiando el título de una peli de Miguel Bardem sobre la expedición, basada en la novela de Almudena Arteaga- ha convertido en leit motiv de esta campaña de fomento de la vacunación, probablemente innecesaria. Porque aquí el problema no es que la gente no quiera vacunarse, ocurre justo lo contrario. Por cierto, también es innecesario el ñoño falseamiento histórico que nos presenta a esos ángeles pidiendo tierna y alegremente a la gente que se vacune. Es fácil intuir que lo que realmente habrían pedido (si hubieran podido hacerlo) es que no los hubieran elegido a ellos para vacunarlos a la fuerza…

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