FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Parar la mentira | Francisco Pomares

La capacidad de expresar libremente nuestras ideas es una de las libertades fundamentales para la democracia, que no es viable sin el contraste de pareceres, incluso de ideas controvertidas, expresadas a veces de forma también polémica.

La libertad de expresión no protege sólo las ideas o informaciones que nos son favorables, también ampara a las que nos molestan y ofenden. La verdad es muchas veces poliédrica e interpretable, o fruto de consensos que no todo el mundo comparte. Por eso no se debe abusar del recurso a los tribunales.

En toda mi vida como periodista, sólo he ejercido mi derecho a demandar en los tribunales en una ocasión. Lo hice desde la convicción de que tenía que hacerlo, y con la duda razonable que se tiene siempre, que es la de si los jueces te darán la razón o no. Aquella vez gané, y he ganado también siempre que he sido demandado por alguna información –¡toco madera!–, y han sido unas cuantas veces: dirigí un periódico durante ocho años, y el director del periódico es responsable de todo lo que se publica en él.

Hay quien piensa que la libertad de expresión ampara la mentira en los medios. No es así: hay hechos que son objetivamente y contrastablemente ciertos. O falsos. Hechos que son verdad o mentira. Y la difusión de mentiras está recogida en el Código Penal –en sus artículos 173, sobre delitos contra la integridad moral; 206 y 209, sobre la calumnia y la injuria; 510, sobre los delitos de odio; y en su generalidad en los artículos 561 y 564–.

También tenemos dos leyes orgánicas que nos protegen de la mentira: la 1/1982, reguladora del derecho al honor, y la 1/1984, que regula el derecho de rectificación. Son las dos principales herramientas jurídicas para defenderse de la falsedad, aunque la justicia es una institución humana e imperfecta: es lenta, y a veces sus resoluciones se producen demasiado tarde.

En un mundo donde la mentira se amplifica en las redes sociales, desde perfiles falsos, la justicia a veces resulta ineficiente y muy costosa. En tiempos de internet meterse en juicios implica no sólo costes económicos por la deslocalización de las emisiones, también un extraordinario desgaste emocional y de tiempo.

Aún así, Salman Rushdie, perseguido durante años por la mentira y por las amenazas de muerte, decía que hay que llamar basura a la basura, porque no hacerlo, es legitimarla. Hoy cedemos con frecuencia a la tentación de no responder a las mentiras, las falsedades, los insultos y el odio de las redes, precisamente porque son basura. Quizá por eso deberíamos responder siempre: y hacerlo no entrando en el juego de las descalificaciones ‘ad hominem’, sino tirando del recurso de la mentalidad crítica y la dialéctica.

Por desgracia, no hay dialéctica que proteja del axioma goebblesiano de que «una mentira repetida mil veces se convierte en verdad». Hay partidos –no necesariamente fascistas– que se suman alegremente a la mentira ajena si eso les conviene, partidos que ponen sus recursos del lado de la falsedad y el linchamiento, hasta el extremo –lo denunciaba Hannah Arendt– de llegar a interiorizar como ciertas sus propias mentiras. Por eso, frente a las tácticas del periodismo basura, la complicidad de política y la cacofonía de las redes, la mejor manera de vencer a la mentira es dejar que la verdad se abra paso. A veces eso requiere de tiempo, tiempo para que las fuentes desmientan en sus informes a quienes las citan, tiempo para que hablen los expertos y –desde luego– para que los tribunales sentencien. En un mundo perfecto, sería ideal dejar a los tribunales hacer su papel. Pero en este mundo nuestro, tan dado a las garantías y los controles, los tribunales suelen llegar tarde. A veces demasiado tarde para impedir que se produzcan las fechorías.

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