FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Vencedores y vencidos | Francisco Pomares

FOTO: RTVE

Desde que Madrid ha dejado de ser la tumba del fascismo para serlo de la Federación Socialista Madrileña, la derecha se nos ha subido a la parra y de qué manera. Abascal incluso le está agradecido a Ayuso por no dejarle rascar ni un voto. Es como si la victoria de Ayuso (y la retirada compungida de Pablo Iglesias) les hubiera hinchado la moral y predispuesto a cambiarlo todo.

La derecha ha empezado una reconquista cultural en la que el primer hito es descubrirnos que Isabel de Castilla era una mujer de lo más limpia y aseada, que no sólo cambiaba de camisa varias veces al año, sino que además utilizaba perjúmenes de todo tipo y agua de murta, el fruto de una mirtácea europea que le venía de perillas como desodorante. Hasta El País se hacía ayer eco de la nueva sobre la higiene de la muy Católica, que tira por tierra cinco siglos de difamaciones y leyenda espesa, más que negra. Que El País renuncie (siquiera por un día) a ser vocero de las vilezas de los rojos es ya de por sí una victoria comparable a la de la nueva monarca del Madrid castizo. Total, que tras el ayusazo, la derecha sin complejos quiere recuperar uno a uno sus viejos mitos y va a por todas: lo próximo será poner a los emigrantes a vender LP’s de Raphael en los semáforos del Paseo del Prado.

A la izquierda se le está poniendo la cosa complicada: lo del PSOE es de caseta de tiro en una feria. Están resolviendo su particular desastre devorándose unos a otros como suelen: han empezado por liquidar los restos del fracaso madrileño, sin esperar siquiera a que el profesor Gabilondo se recuperara del flato, que afortunadamente quedó sólo en susto. Sánchez podía haber hecho un esfuercito para visitarle en el hospital, pero el hombre no quiere que se le pegue más la peste a fracaso: ha mandado a Redondo y Tezanos a comprar un bidón de agua de murta para bañarse en ella, a ver si el olor se disimula. Mientras, sigue escondido en Moncloa, vigilando el horizonte, por si se acerca en lontananza algún fondo europeo. Iglesias es mucho más listo que eso: a él le pone mucho el sudor proletario, por lo menos cuando no pace sus días de asueto refrescándose en la piscina impenetrable de Galapagar. Después de su sobreactuación multiplicadora de las balas y los peces, ha conseguido un buen contrato para seguir ofreciéndonos más espectáculo del bueno en la tele de Roures, donde se especula que su programa cuente con una sección con las mamachichos de antaño encerradas con el en una isla tropical y algún juguete. Hay que quitarse el gorro cuando Iglesias pasa: joven, sobradamente preparado y con su sonrisa telegénica, es imposible que no triunfe en el show bussines. Acabará de gran demiurgo de la izquierda exquisita, al estilo de un intelectual francés de la gauche divine, pero con su punto garbancero, que es lo que aquí nos pone.

En cuanto a Ciudadanos: parece que doña Inés ha interiorizado ya la derrota, y después de zamparse los riñones de Edmundo Bal como un Lecter cualquiera, regándolos con un buen jerez, ha premiado a su momificado cadáver con el segundo puesto en la nada. Lo sorprendente es que el animoso Bal lo haya aceptado, vaya tragaderas tiene este hombre. Ahora ambos recorrerán la geografía española buscando liberales debajo de las piedras para suicidarlos en las próximas listas.

¿Y Errejón? Nos faltaba Errejón, triunfador vicario en la derrota de la izquierda masculina. Dicen que espera crear una nueva izquierda nacional, negociando en las regiones con mareas, anticapitalistas, damnificados por Pablo y hasta algún indepe arrepentido. Pedro Quevedo lleva dos días haciéndole ojitos desde su escaño, que pronto le toca dejarlo y está ya el hombre de los nervios

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