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OPINIÓN | Esperpento | Agustín Gajate Barahona

La pasada semana me ha tocado ser testigo de una situación para la que no encuentro otra palabra con que definirla mejor que la de esperpéntica. Todo comienza con el mensaje de un amigo compañero de profesión a través de un grupo de whatsapp que compartimos, en el que me adjunta una imagen de un tuit de un periodista en el que pide que la Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife (APT) intervenga en una polémica entre otro periodista y un concejal de la capital tinerfeña.

En concreto, el primero de los periodistas pide en ese tuit que la APT exprese su apoyo al segundo periodista y condene las amenazas del concejal hacia esta última persona. Y añade textualmente: “Estaría muy bien, porque lo contrario es normalizar que gente con poder pueda intimidar a periodistas por expresar su opinión. Y no podemos permitirlo.”

Después de esta frase, pensé que el asunto era grave, pero, sin tiempo a reflexionar, mi amigo me remite otra imagen con un titular de un periódico digital difundido también a través de la misma red social: “Un concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife amenaza a un periodista local por una crítica en Twitter”.

Como no me he dado de alta en esta red social, voy al digital para enterarme sobre lo que ha pasado y me encuentro que el periodista afectado por las presuntas amenazas había escrito, en relación a una información sobre pobreza y exclusión social titulada “Los bajos del puente de la Acidalio, en Santa Cruz, se llenan de colchones”, el siguiente tuit: “Esto no debe gustarle mucho al concejal de @saludlasalle y subconcejal de @deportesctfe @carlostarife. Menos Twitter, más trabajo”. A lo que responde el edil en cuestión: «Cuando quieras tenemos una reunión con la dirección del Diario de Avisos y así me aclaras, mirándome a los ojos, eso de subconcejal. Salvo que lleves temas personales a lo profesional». Y en otro tuit posterior añadió: «Mensaje claro a raíz de las opiniones que algunos vierten desde sus redes. Aquellos que piensen que ante los menosprecios y descalificaciones permanentes, me quedo quieto, no. No soy de los que se quedan en silencio ante las injusticias. Y ya está bien».

No voy a entrar en los comentarios posteriores de apoyo al periodista y al concejal que incrementaron la polémica, porque soy de la opinión de que, como sucede sobre el terreno de juego o en la cancha en la práctica de muchos deportes, “lo que pasa en Twitter, se queda en Twitter”, salvo cuando las expresiones que se viertan sean constitutivas de delito.

Llegado a este punto, me pregunto: ¿Las expresiones del concejal constituyen una amenaza real para el periodista? Según el Código Penal, el delito de amenazas se define como la acción o expresión con la que se anticipa la pretensión de hacer daño o poner en peligro a otra persona. Este delito consiste en expresar el propósito de ocasionar un daño futuro a una persona o a sus familiares. El Código Penal distingue además entre varios tipos de amenazas: Las de mal constitutivo de delito (artículo 169); las de mal constitutivo de delito cuando se dirigen contra un colectivo, es decir, las modalidades agravadas (artículo 170); las condicionales de mal no constitutivo de delito (artículo 171.1); el chantaje (artículo 171.2 y 171.3) y las amenazas leves consideradas como delito leve (artículo 171.4 a 171.7 del Código Penal).

En mi modesta opinión, creo que si el periodista afectado se ha sentido amenazado por el político debe denunciarlo donde corresponda jurídicamente como deber ciudadano. Pero si el periodista no se siente amenazado entonces nos encontramos ante una polémica más de tantas. ¿Debería terciar la APT en la disputa o apoyar al periodista? En esta tesitura, la APT puede amparar a cualquier periodista asociado o a un colectivo cuando éste lo solicite o esté en riesgo la libertad de expresión o el honor de las personas afectadas, al margen de las acciones legales que puedan emprender en defensa de su honor o de sus derechos, pero se trata de un amparo moral público de carácter solidario y no tiene efectos jurídicos.

En el caso que nos ocupa, en mi humilde apreciación, considero que el honor del periodista no sólo se encuentra intacto, sino que además ha salido reforzado por la actitud desafiante del concejal, y que la polémica no pone en riesgo la libertad de expresión del periodista (todos en algún momento de nuestra trayectoria profesional hemos sufrido quejas externas ante nuestros superiores, que en la mayoría de los casos nos han defendido o abroncado si nuestro proceder no ha sido el correcto, porque en esta profesión, como en todas, nadie es perfecto), salvo que tenga consecuencias en su puesto de trabajo, lo que sí sería grave y motivo de intervención y de valoración jurídica sobre la posibilidad de delito.

Lo que no es de recibo es que cada vez que se produce una polémica, periodistas que no creen en la labor que desarrolla la APT (porque no quieren formar parte de ésta para fortalecer su actividad), junto a intrusos profesionales, pidan a esta Asociación que intervenga. No conozco ninguna profesión (a excepción de los periodistas, por lo que se ve, porque somos así de fantásticos) cuyos integrantes consideren que la defienden mejor desde fuera que desde dentro de organizaciones colectivas, que tratan de sumar cuantas más voluntades mejor para un adecuado ejercicio de la actividad que desarrollan en beneficio de la sociedad, en base al conocimiento obtenido a través de la formación académica, la experiencia y el compromiso ético con los principios deontológicos.

Como tampoco es de recibo que un concejal responda a una ironía de un periodista como lo ha hecho el edil santacrucero. Parece como si no hubiera salido todavía del patio del colegio o de una tertulia de ‘Sálvame’. Sus expresiones no parecen las de una persona adulta consecuente con su posición, sino a las de un chiquillo enrabietado al que le han dicho que su pelota es fea y a la salida de la escuela va a chivarse al padre del alumno que se lo ha dicho.

A este político, como a otros de parecida ideología (y también a los de ideologías opuestas), les recomendaría que leyeran a alguien tan conservador como ellos aunque mucho más lúcido, para que intenten aprender algo: Sir Winston Churchill. A una ironía se le responde con otra o con un sarcasmo y la crítica se acepta o se refuta de forma razonada con datos o hechos que la desmonten, pero no de la manera que lo ha hecho el concejal santacrucero. Y si no encuentra una expresión apropiada o inteligente, (para lo que igual se necesitan más de doscientos caracteres) lo mejor es callarse, que de eso saben mucho los asesores de imagen, que nunca ponen en las fotos de los carteles electorales a un candidato hablando. Porque, y esto es de manual, muchos políticos calladitos están mas guapos. Comiencen a valorar que el silencio, cuando lo que se expresa resulta prescindible (lo que requiere de una reflexión previa a soltar cualquier exabrupto), se convierte en una virtud.

Y lo que es más importante: ¿Ha servido todo este ruido para resolver los problemas de las personas que duermen debajo del puente cercano a la piscina municipal?

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