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VIAJES | Un argentino en Albufeira (El Algarve)

Hacia el Algarbe. FOTOS: Guillermo Ariza

EBFNoticias | Willy Sloe Gin |

Nada más pisar Portugal descubres que el funcionamiento de sus carreteras, autovías y autopistas es bien distinto al nuestro.

En las autopistas de peaje españolas, entras, pagas y a otra cosa.

Los portugueses en cambio, han perfeccionado la técnica para cobrar hasta en caminos de cabras. Y lo cierto es que se lo han trabajado más que ningún otro pueblo de Europa.

Cruzas la frontera y un cartelón, escrito en un castellano perfecto, te avisa de que si eres extranjero debes agarrar el carril derecho.

Allí puesta al efecto,  una máquina muy simpática te solicita que introduzcas en sus entrañas cualquier tarjeta de crédito. Da igual la marca. Las de débito, las de El Corte Inglés o las del Blockbuster, no te hacen el avío.

De este modo ya tienen controladas todas las piruletas que quieras darte por el país vecino. Como andan justos de dineros y por lo tanto, no tienen suficientes agentes para supervisar a tanto extranjero, se han gastado un pastizal en un sistema, combinación de cámaras infrarrojas y localizadores vía satélite, dispuestos al efecto a lo largo de todas sus autovías.

Palacio de Mateus.

Cada cinco minutos pasas por unos arcos que te leen la matrícula, descifran el color de tu casco, saben de tu estado de ánimo y lo que es peor, te cargan en la tarjeta  el importe del peaje que a ellos les da la gana.

¡Pobre de ti como evites identificarte a la entrada del país!

Entonces las cámaras en cuestión, incapaces de asociar la matrícula con tarjeta alguna, ponen sobre aviso a los civiles lusitanos.

No se escapa nadie…

En España, si se quiere, pueden evitarse autovías y autopistas.

En Portugal en cambio, están dispuestas para que no consigas eludir en un mismo día, catorce o quince, vayas a donde vayas.

Portugal.

En la “resepsao” del hotel que disfruté en Albufeira, coincidí con un argentino que, a lo visto, quiso ser más listo que las autoridades portuguesas. Resultó llamarse el citado individuo, Luis Oscár Whasington Ventolini.

(Cada cual se llama como quiere, faltaría más…)

Entró en el país sin introducir tarjeta alguna en las tripas de aquellas máquinas, que para eso era oriundo de algo próximo al Mar del Plata. (Omito cualquier comentario sobre estos seres prodigiosos…).

Andaba Luis Oscár regateándole el desayuno al recepcionista del hotel cuando aparecieron dos guardias que, a lo visto, habían identificado la matrícula del vehículo de este genio de la Pampa.

Venían los gendarmes en unas motocicletas extrañísimas. Más tarde me enteré de que eran de procedencia norteamericana. (Jarlyn Funson o algo parecido, se llamaban las máquinas…) Las estudié bien, y llegué a la conclusión de que para perseguir al Lute antaño, quizá sirvieran, pero hoy día se me antojan poco competitivas para controlar a tanto macarra que anda suelto por estas carreteras de Dios…

Intentó el señor Ventolini explicar por qué no había cumplido con sus obligaciones aeroportuarias en las autovías lusitanas.

Todo fue inútil.

Por ahorrarse veinte euros le cascaron cuatrocientos de multa. Pasó además, un día y dos noches en comisaría. Se lo llevaron esposado con las manos a la altura de sus posaderas.

Pidió refuerzos la Autoridad para trasladar al temido delincuente a Jefatura.

Ahora sí apareció un vehículo en condiciones, con sirena y mil luces en el techo. Tampoco lo había visto nunca. Se llamaba algo parecido a Dacia Flogan…

 

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