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VIAJES | Poniente. Por Asturias y Galicia…Villaviciosa y Foz

Cudillero, Asturias. FOTOS: Guillermo Ariza

EBFNoticias | Willy Slow Gin |

Mi intención al salir de Ribadesella es poner rumbo a Lastres, continuar por la costa cruzando Asturias, para al final del día entrar en Galicia.

La cosa se complica meteorológicamente hablando. Saliendo de Lastres, decido que lo mejor que puedo hacer es desviarme hacia Villaviciosa, hacer noche allí y partir al día siguiente, seguro de que el tiempo difícilmente puede ir a peor.

He reservado habitación en un hotel céntrico y de aspecto decimonónico. Me recibe amabilísimo su dueño. Luego me enteré que era la única persona a cargo del establecimiento.  (Algo tendrá que ver la llamada temporada baja y, a lo peor, toda esa parentela del riesgo, que de un tiempo a esta parte tiene su adalid en una prima, que se ha hecho famosísima y que no deja de enseñarnos los dientes).

Buen día paso en Villaviciosa, recordando y poniendo en orden mis primeros días de viaje.

Pretendo salir mañana en cuanto amanezca.

Mi despertar en el hotel fue extraño.

No parecía estar muy concurrido. A esas horas, tampoco encuentras gente por el pueblo. Aceptas entonces la dificultad que entraña desayunar por estas tierras a eso de las siete de la mañana…

Habiendo pagado la noche anterior, es evidente que el responsable del hotel estará durmiendo a pierna suelta y que no tiene la más mínima intención de aparecer por su negocio hasta las nueve y media por lo menos.

Así que de tomar algo aquí, nada de nada.

Todavía de noche y a la caza de un café, entablo distintas conversaciones con otras tantas personas de buen vivir que trabajan a estas horas intempestivas.

Cuatro o cinco barrenderos, una pareja de municipales, un lechero que iba y dos panaderos que volvían…

Me dicen todos que no hay nada abierto.

Cuando por fin tomo café y consigo salir hacia Tazones, ha pasado hora y media. Hora y media de paseos al amanecer y de charlas enriquecedoras.

La próxima noche voy a pasarla en Foz.

Va a ser otra historia.

Costear por Asturias es impresionante.

Sus pueblos, playas y bosques me producen una sensación de bienestar y paz indescriptibles.

En ésto ando imbuido, cuando hacia las seis de la tarde pasando Ribadeo, ya en Galicia, entro en Foz.

Resulta ser una “ciudad lineal”.

Gran avenida central con todas sus construcciones a derecha e izquierda. Parece que estas ciudades lineales estén inspiradas en aquel concepto que hizo proliferar innumerables pueblos en el Oeste Americano. La diferencia fundamental entre la patria del Virginiano y Foz es, que en el Oeste, lo primero que se veía en las películas era el Saloon.

Donde acabo de entrar, ni Saloon, ni hotel, ni gaitas.

A punto de tirar la toalla y seguir treinta kilómetros más, encuentro alojamiento. Resulta ser una Casa Rural a las afueras del pueblo. Es, y hay que decirlo en justicia, un oasis en este lugar.

Anda la dueña atareada atendiendo el final de la celebración de una boda que está teniendo lugar desde las doce de la mañana. Ana, que así se llama la señora  y a la sazón el Hotel, me cuenta que los invitados están a punto de marcharse. Cree, que en cuanto se terminen el enésimo “aguafuerte del país”, darán por finalizado el evento.

Mientras espero fumándome un cigarrillo, reparo en el  volumen ensordecedor de lo que debe ser un televisor que tienen en el interior. Lo entiendo al poco…

BMW R 1200 NineT Pure.

Anfitriones e invitados dan por finalizada la fiesta. Salen en manada y veo que la novia y el novio son sordos. Los invitados de la novia, sordos, los del novio, otro tanto. Desconozco si el cura oye o no. De hecho y como no está o no le veo, no sé por qué presupongo que ha habido ceremonia religiosa.

Se les ve a todos encantados haciéndose retratos en todas las posturas posibles y gesticulando como sólo saben hacerlo ellos.

(Qué mas dará, pienso después, si se han casado por la Iglesia, por lo Civil o por lo Criminal…)

Una vez hecha la reservación, que dicen allá por Venezuela, salgo a darme un paseo por el pueblo. Estoy como a tres kilómetros de Foz al este y a otros tantos de una gasolinera al oeste. Estoy en fin, en mitad de ningún sitio.

Como todavía no ha anochecido, me importa poco. La vuelta al hotel resulta distinta. Es de noche.

No hay una sola farola, un alma, un Saloon , ni una de las citadas gaitas en el camino. Me acuerdo entonces de la soledad de la noche anterior en Villaviciosa. Así, zapateando tres cuartos de hora por lo menos, llego a la Casa Rural.

Anita, (ya no se llama Ana), me está esperando con cierta cara de preocupación. Piensa y no sin razón, que a lo peor no he encontrado sitio para cenar. Amabilísima y aunque ya se ha ido el servicio, me ofrece un rape a la plancha. Se me cambia la cara.

No será el mejor que he comido pero será difícil que lo olvide en mucho tiempo. Nos tomamos un digestivo después de cenar. Se conoce que los de la boda no han reparado en la botella de vodka.

Y así charlando, me cuenta cosas de su pueblo, de Galicia, de su abuela Ana,  del Camino de Santiago…

Yo por mi parte, le cuento lo que ando haciendo así como por encima. Y lo primero que le casco es lo vivido en Villaviciosa la noche anterior en aquel lugar solitario. También el  desasosiego que sentí al despertar y ver todo aquello vacío.

Sin mover una ceja y luego de darle un buen buche al cubata, me dice que hoy me va a ocurrir lo mismo. Soy el único huésped del hotel. Pasa lo que nos queda de copa dándome todo tipo de instrucciones sobre el funcionamiento de la Casa.

Si hubiera habido alguien de mantenimiento, todas estas explicaciones hubieran resultado superfluas. Se despide y se va a su casa en Foz. (No tengo ganas de seguir hablando del pueblo…)

Subiendo a mi habitación por una escalera de madera, que al pisarla, emitía todos los sonidos posibles, empiezo a sentirme como la esposa de Jack Nicholson en “El Resplandor”.

Esa noche no escribí.

cementerio de Luarca.

Me encerré en mi cuarto asegurándome de que todos los pestillos de la puerta estuvieran correctamente cerrados. Por si acaso, puse una mesa obstaculizando la citada puerta, encendí todas las luces, incluyendo la del baño y para evitar cualquier tipo de sobresalto, elegí lo más aséptico que pude en la televisión, lo menos dramático posible.

Dormí asustado y asqueado.

Asustado por todo lo anterior y por los innumerables ruidos que emanaba el hotel. Todos ellos desconocidos para mí. Y asqueado por que el único canal que no me hizo temblar, fue uno de aquellos que durante  horas, explica el funcionamiento de una fregona, que ahora llaman mopa. A cada rato intercalan otro comercial, donde un cocinero gordo, explica y demuestra el manejo, no menos complejo, de un set de cuchillos que lo mismo sirven para cortar pan que para rebanar un tomate.

Cada vez que me acordaba de Kubrick me tapaba la cabeza con las mantas.

Policía en Cudillero

Que no se debe bajar la guardia, es una máxima que hay que observar en todo momento. Digo ésto, porque pasando por Avilés y poco antes de llegar a Cudillero, me abrí la visera del casco para poder disfrutar mejor de la brisa y de una temperatura perfecta.

El único insecto volador asturiano, que andaba por allí, se me estampó en el ojo izquierdo con verdadera maldad. El bicho, que era bien gordo, volaba hacia mí a eso de veinte kilómetros por hora. Yo, por mi parte avanzaba hacia el lepidóptero a unos ochenta. No hay que ser doctor en física para entender que el tortazo resulta brutal.

Se me empezó a pasar el dolor más allá de Lisboa, cinco días más tarde.

De esta guisa entro en Cudillero. Todo perfecto menos el ojo, que lo llevo a la funerala. Aparco la moto en una de las innumerables tabernas que hay en el paseo del puerto. Reparo en la cara de pasmo de los asturianos que andan por allí al quitarme el casco.

Se me ha puesto el ojo, que parezco un reclamo para cazar “Nosferatus”. Como además soy hipocondríaco, no consigo dejar de pensar, en que el bicho, seguro era bicha y que me da debido largar todos sus huevos en el cristalino.

Cabo de Peñas.

Pensando en ésto y bebiéndome una cerveza sin alcohol, veo que se aproxima un coche de la policía municipal. Resulta ser una chica de unos veintitantos años y vestida como lo hacían “Los Hombres de Harrelson”. Además es guapa la condenada…

Se cerciora de que ando de Ramadán,  y sólo me advierte de que allí no puedo dejar la moto, que lo mismo estorba. Me lo dice antes de verme la cara. Cuando repara en el ojo cambia de actitud al instante.

Vuelve a su coche, saca un botiquín que ya lo quisiera algún amigo mío, y me ordena muy amablemente que me siente. Tiene intención de hacerme una cura allí mismo.

A lo visto, la moto ya no estorba. Su coche tampoco…

A base de bañarme media cara en suero fisiológico, largarme una píldora de Urbasón, y endiñarme catorce o quince gasas esterilizadas, se queda la municipala más tranquila.

El ojo sigue igual de mal.

Al ver que la cosa mejora poco, me aclara que los insectos en Cudillero vienen siendo nobles, nada que ver con los de Avilés, que son de la piel de Barrabás.

No discuto.

Ya hemos agarrado confianza, de modo que la invito a una consumición. Algo tendrá que ver que llevo más de media hora guiñándole un ojo.

Se pide otra Laiker.

Tomándonos las birrias de birras, le cuento que ando buscando un faro que está un poco más allá. Un poco triste le confieso, que si con los dos ojos no he sido capaz de encontrarlo, con uno, la cosa se va a complicar sobremanera.

Sin problema. Me escolta, con sirena y todo, hasta el siguiente pueblo y a su faro. Al despedirse, vuelve a advertirme de que si los insectos voladores de Avilés son chungos, los de Luarca son criminales.

De los de Cudillero, ni una sola palabra.