FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Los dos Torres | Francisco Pomares

Lo más interesante del debate mañanero fue descubrir la capacidad del presidente Torres para fabricar morcillas. Se trata de una técnica parlamentaria que consiste en colar en un discurso aparentemente anodino fiambres más o menos bien amarrados por ambos lados, rellenos de justificaciones o himnos patrióticos de distinta clase.

Los más llamativos fueron la celebración de su floral pacto –“más cohesionado que nunca”, según dijo–, la defensa numantina de la gestión en Derechos Sociales, y una cierta trapisonda dialéctica, destinada a convertir a la Comunidad Europea en responsable principal de la catástrofe que ha supuesto la respuesta del Gobierno Sánchez a la crisis migratoria.

Al margen de esas morcillas, el discurso de Torres resultó –como suelen ser todos los discursos sobre el estado de Canarias– aburrido, plomizo, plagado de datos, escaso de propuestas, y bajo de vuelo, quizá con la excepción de la parte en que dibujó un futuro verde con las cubiertas de los edificios públicos y los colegios forradas de placas fotovoltaicas. Una hermosa imagen de un tiempo deseado, que se nos promete desde hace legislaturas, sin que las placas lleguen, en fin.

Podría decirse que en su intervención mañanera, ni sorprendió ni irritó, ni entusiasmó, ni decepcionó en exceso. Sacó a pasear ante el público –el suyo y el otro– al Torres alcalde de pueblo, cercano a la gente, pedagógico y discreto, respetuoso, confiado en haberlo hecho bien, pidiendo colaboración, y hablando para Canarias.

Pero debió sentarle mal la comida: a la vuelta de la tarde, inmediatamente después de una comedida intervención de José Miguel Barragán en la que el nacionalista le criticó lo mínimo que se estila en estos casos, y puso en valor la voluntad de Coalición de no crear problemas al Gobierno y colaborar en lo que haga falta (una oferta poco frecuente en la oposición canaria y española los últimos años), Torres sufrió una extraña mutación. Se convirtió a ratos en un remedo de medianías del demonio de Tasmania, faltón, cabreado, a ratos fullero, y buscando más el aplauso de los suyos que la aprobación general. Dejó de ser el presidente que amagaba ser por la mañana para imitar el estilo Sánchez y ejercer de aguerrido secretario de su partido.

Faltó incluso a la cortesía parlamentaria al burlarse de Barragán y el resto de la oposición, a la que –tras leer él cincuenta folios preparados por sus asesores– acusó de traer sus discursos de réplica ya escritos a máquina desde casa. María Australia Navarro le sacó los colores preguntándole qué prefería, que le leyera las notas manuscritas tomadas tras la intervención de la mañana, o las ya pasadas a máquina al mediodía… Acabaron embroncados, con Navarro muy dura, y Torres aplicando el guión Sánchez y emparejando al PP con Vox. Que por cierto, en Canarias no existe aún, y digo yo que para qué invocarlo.

Terminó el debate con la intervención de Vidina Espino, que –ella sí– se trajo sin disimulo alguno parte de la tarea grabada de casa: un puñado de testimonios de la Canarias real, ésa que ni está en la pelea política, ni se cree las milongas triunfalistas de los gobiernos. Una idea potente, la de dar voz a los que no suelen hablar en Teobaldo Power. Torres estuvo algo más amigable (más remilgado) en su respuesta a la diputada, ni siquiera se enfadó con ella por haber usado la tele del Parlamento para darle en las bembas durante diez minutos.

A fin de cuentas, la tele de verdad, la de los informativos que dan votos, es otra. Y de esa, el mando lo controla él.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario